Negro, el mirar.

Las miradas que lo dicen todo.

Las palabras que, calladas, están detrás de unos ojos tristes. Sedientos. O encendidos o apagados. Con brillo, con sombra de lágrima o cegados por la luz del sol. Hablan en un perfecto idioma sin audio. En ocasiones mienten. Porque las palabras que brotan de una mirada también pueden ser embusteras. No son más difíciles en realidad de interpretar que algunos endiablados textos, si el que mira es transparente. Tantas almas hay que hablan o escriben y mucha otra gente no les entiende…
Hay miradas esquivas, las del dolo y la culpa.
Hay miradas limpias y profundas, las del amor.
Hay miradas ensayadas, ante el espejo.
Hay miradas burlonas, las de los bufones burlados.
Hay miradas de hielo y también de fuego. Una es la indiferencia. La otra ira o pasión. O ambas.
Hay miradas de refilón, las de la suspicacia y la sospecha, de reojo, furtivas, con curiosidad cotilla. Esas se distinguen también, como las miradas altivas, las humildes, las amigables.

Es un idioma y nos reconocemos. Buscamos un deseo oculto en los ojos de alguien que nos roza, queriendo o no. Es simple juego de pícaros. Pícaras miradas, juegos de deseo, de revancha, competencia. Juegos silenciosos entremezclados con sinceras o deshonestas manifestaciones verbales, orales y escritas, que la mente prepara y moldea antes de dejar salir al mundo, si es que llegan a salir.

Mírame a los ojos. No hay trampa ni cartón. Hablan más que mis letras. Dicen que una chispa de luz no fue suficiente. Que desconfían de los halagos que les hacen esas miradas que acaban desapareciendo en la oscuridad. Halagos, descripciones trilladas. Qué boba, si es mejor que te digan que digan que te quieren follar que que ven tus ojos… y ya lo sabías.
Siempre ha sido una trampa, siempre. Volver a caer en eso como veinte años atrás, ¿quién mejor que tú va a saber lo que hay detrás de tus ojos? Si luego nunca quieren implicarse en el drama, salen corriendo despavoridos, al ver que eres cien mil veces más fuerte que ellos, por mucho que vengan en plan héroe salvador, a quitarte la espinita que piensan que es ese tronco de marasmos arraigado, que cada vez que le brota una rama es para desgarrar el tejido escaso aún virgen, sin cicatriz.

Las miradas hablan y engañan igual que los labios y los periódicos y la gente en el antro, cuando habla con segundas intenciones y escribe con otras aún peores que esas. Y te malean. Te moldean, afectan, hieren y dan aire para respirar también.

Esa crueldad. No volver a ver. Sin miradas que hablan y se clavan. Sin saber qué quería de mi. No saber y al pensar en ello, que te inunde la tristeza, no poder controlar los dedos sobre las teclas que vuelven atrás una y otra vez.

Cómo no buscar otra mirada linda, limpia, sincera, que rellene ese agujero negro hondo, profundo, de lo que la embustera malogró en el centro del pecho.

Y ven esos ojos, igualmente. Las magulladuras. Pero no se arrogan sapiencia en estas lides de dos. Son curiosos, sagaces y listos. Pero no dejan de observar y captar todo lo que hay entre ellos. Con la mirada de la realidad, de los momentos vitales que no tienen desperdicio, porque son un regalo de la vida, entre brega y golpes bajos. La mente clara, las trabas, las ventajas los inconvenientes. El secreto.

Sigo pensando que ha habido cantos de sirenas y miedo a lo desconocido, prejuicios y temor. Nunca confianza. Nunca cariño sincero. Nunca la verdad sobre esos ojos clavados.

Si no puedo olvidar esa mirada, tendré que inventar a un vampiro nuevo.

Una mirada que esconde vida vivida y perdida, la mía. No sabes nada, Nadie. Ni quieres saber, te pusiste una venda.

Ni ves ni te veo.

Porque no hay luz, siempre es, que no se ve.

Espontáneo.

Es una chispa. Que siento en la nuca y me recorre la columna vertebral, la espina dorsal del dragón que se contrae justo antes de escupir fuego.

En la tele hay un programa de crónica y reportaje sobre cine de finales del siglo XX. Muy interesante, pero denso, para mi gusto. Ella está en pijama, con ese atuendo desenfadado que tanto le favorece a su pelo rojizo revuelto en un moño de andar por casa. El tirante fino de la camiseta resbalando por el antebrazo, al descubierto la línea del hombro con el cuello. La miro desde la puerta, apoyado en el marco, cruzado de brazos. La observo mirar la pantalla con ojos chispeantes de curiosidad. Hablan de alguna anécdota entre Mira Sorvino y Woody Allen durante el rodaje de “Poderosa Afrodita” y a ella le encanta el cine del neoyorquino. Ríe. No se ha dado cuenta de que estoy viéndola en secreto, en su esencia. Me está poniendo cachondo sin hacer nada, podría decirse.

Me ha pillado. Salgo de mi propia ensoñación, mientras notaba el estado de inquietud y el calor en los bajos y, al mirar hacia el sofá de nuevo, tiene sus ojos clavados en mi…

¿Qué haces ahí parado…?
Mirarte.
¿Qué mirabas?
Tu cuello.
Bobo… ven conmigo aquí.

Tres pasos, un salto, cinco segundos y los dos juntos en el sofá. Con mantita. Me abraza. Apoyo la espalda en el tresillo y ella la suya en mi pecho, acurrucándose como gato enroscado. En un principio pienso en calmar el ansia que se encendió hace escasos minutos, de pie, mirando sin permiso su cara íntima, la más bonita y reservada para los privilegiados. Ese candor que me hizo desear follarla sobre todos los muebles de la casa. “No, así no te lo sacas de la cabeza…¡relax! Ay.”

Ella tiene otros planes distintos que yo, al parecer y de repente, pero no son ver el programa de Gasset, como yo pensaba. Sin más preámbulo que una mirada de reojo y una risita pícara, suspira y se toca por dentro de la camiseta, da un pellizquito en el pezón, se muerde el labio inferior. Y ahora me restriega su culo por mi entrepierna.

<<Ha habido un inesperado giro de guión…>>

Pierdo el tiempo dos segundos, los que me lleva chuparme dos dedos y meterlos dentro de sus bragas, ¡uf! ¡cómo está! ¡cómo me gusta su humedad caliente en cero coma dos!

“Yo pensando que no me veías…”
Y no te veía… pero te noté el temblor en la espalda al abrazarme. ¡Vamos! ¡¿Dime qué te estabas imaginando ahí de pie, sin yo hacer nada para ponértela así?!
“No te voy a decir nada, acércate que te lo explico sin hablar…”

Volver a la marea.

La admisión en Químicas, el aprobado heroico y las buenas notas de selectividad. La primera de la familia y Agustina hinchada como un pavo, cada vez que lo contaba a cada una de las muchas personas con las que compartió su alegría. Lo que no pudo ella.

La apertura del Resbalón, el “Día del Orgullo del Turista gay” y todas las payasadas, los eventos y buenos ratos y risas pasados en la primera aventura como autónoma con socia (y última) en el negocio de ‘Otros bares y restaurantes‘. Muchos sinsabores pero también una cena con sopa de marisco muy especial. Deudas y pavadas de novata que hoy te hacen sonreír con ternura, –“¡Y quién tuviera de nuevo esa edad…!”-. El balance es que saliste airosa y guardas buen recuerdo.

Tus compañeras. Con mayúsculas. Las guerreras, mayoría mujeres, claro: Gisela, Leti, las primeras, de ahí ya a Marta, la cocinera más amorosa, Merchi y Marino. Hace poco, de casualidad, hablaste con él por teléfono. Son cinco nada más, de los que puedas decir grandes compañeros, de los que no te dejan en la estacada. Es curioso, pensabas que más, en tanto tiempo, pero ves que no, claro, porque muy joven ya fuiste autónoma dos veces.

La apertura del ‘CAFÉ Zanetti, también. Todo lo que supuso y lo mal que estuve hasta que vi que salía a flote y por mi mano en la cocina, además. Fue una época muy bonita, llenando para dar menús a los currantes, en una pequeña cafetería de barrio orientada a las últimas promociones en construcción de VPO. Hasta que, entrando en 2007, la crisis acabó con el bonito sueño hecho realidad.

El Puerto de la Luz, de Las Palmas, iluminado en la noche, llegando en el ferry desde Algeciras.

Aquel primer polvo en el sofá de nuestro primer hogar en la isla, cuando acabábamos de cerrar la puerta en la cara casi al encargado de llevarnos hasta ella, porque era de la empresa para la que él trabajaría…

Senderos caminados con Audrey y baños desnudos en la marea, ganas de sentir la vida en cada poro. Que llegara la mambita, el primer verano a compartir. Compartir, con todo aquel que lo quiso, nuestra vida aquí. Los primeros atardeceres de asadero, con amigos.

Cuando dejó la empresa y emprendimos el otro viaje, ilusionadísimos. Y lo orgullosos que estábamos de los logros y las buenas críticas y acogida.

El positivo del predictor de 2013. Qué locura de sentimiento indescriptible, por más que tratara de hacerlo.

Los ojos de Candela, “Fueguito”, enfrente de mí, recién descubiertos para ella los de su mamá.