Cartas sin destino, letras para nadie (XI).

Y canta, aferrando el último recital de vida el sentimental ruiseñor: “mensajes de texto que no eran mejor que nada”

Dormir enredados. Envueltos en intercambiados fluidos corporales, una vez exhaustos después de exprimir el jugo de la pasión, que tamizado por el tiempo de espera hasta el reencuentro, es ahora un licor dulce, embriagador, que acompasa una corriente eléctrica continua de piel erizada… Deslizarse ella entre las piernas, notarle erecto, sin despertar del todo, emitir un suspiro entre risas. Subirse de nuevo para amar, con un rápido movimiento de caderas atrapar lento, suave, el tacto que es el elixir del amor, en éxtasis de deseo ya sin freno. El baile de los esclavos del placer reanuda su coreografía, otra vez más. Como un remolino en la arena de la orilla.
No habrá tiempo que perder, en cada segundo de fusión de sus anatomías excitadas y temblorosas hay una nota que vibra: El corazón de ella se desboca con facilidad y él acaricia con ternura la curva de su cuello y su pelo, la frena, detiene la marcha. La gira y entra de nuevo en ella, que ahora gime largo y feliz, como felina mimosa…
Y se enlazan los cuerpos… ¡Ay!
Ya no sueña sentir el ritmo de sus latidos en sincronía con las curvas acogedoras de ella, son uno. Navegando en las olas de los sentidos, agudos y vivos, ya despiertos por completo, se han olvidado del mundo y de todos y ya no hay vuelta atrás.
La musculatura se tensa y las miradas se encuentran y clavan el aguijón de nuevo. Dulcemente lamer las heridas del otro, morder el anzuelo, en un clímax inabarcable, intenso y -querría- eterno, deseando que nunca jamás acabe pero sabiendo que se acabará. El aguijón hace sangrar…
Quizá en una certeza así se presume la mano futura de la melancolía amarga. De igual manera que el shock por la impresión de sus ojos mirándola y deseando poseerla, perturbó los cimientos de seguridad de ella esa noche, impresionada por la confirmación tangible de que no era un espejismo absurdo.
Vencida de antemano (había tanto desamor helador pasado) por el yugo inconsciente que se salió con la suya. Estaba fuera de juego, se olvidó de entregarse por completo. Ahí el ogro ganaba tiempo… ¿cómo lo iba a saber?

La intensidad del dolor de no tener su olor en las sábanas, al amanecer.
Es sueño insistente de ella, en la doma de su ansia herida, que quedó en un rincón del desván, olvidada como un trasto viejo.
Es anhelo de un imposible y es rabia. Se enoja chillonamente, porque se irá pronto y cree que él no entiende la broma malvada del destino. De no poder disfrutar igual de las cosas que te brinda la vida por sorpresa.

Mientras, callaron casi todo, los dos callaron, el miedo malicioso, la venenosa vida. El desperdicio de ambos, el azar puteando; todo a destiempo: el Cosmos inabarcable.

Y el vino del mejor escasea.


“Lo que surgió entre nosotros habría surgido igual”

Separada, soy materia inerte.

Aprendiste muy pronto a guardarte las cosas.
La primera vez que te dio fuerte por un chico, ya se había enamorado de él primero tu mejor amiga. Desde entonces sabes también, de la existencia de personas para las que su propio reflejo en el espejo es más importante, por ejemplo, que la amistad de dos chicas, quienes, irremediablemente, quedarán marcadas y heridas, desde el paseo por sus vidas de estos narcisistas incurables.
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Le dijiste que habías vuelto a la adolescencia. Un mensaje breve que encerraba muchas incógnitas por desvelarle. Él parece tener un desánimo especial por el tema de la distancia.
Eso no tendría ningún sentido si supiera que te sientes así porque tuviste tres amores, entre los trece y los dieciséis años, a bastantes kilómetros de casa. Te carteabas por correo ordinario con los dos primeros y con la hermana del tercero, guapísimo, de los tíos más guapos con quien has estado y el único que te parece así de atractivo, siendo rubio de ojos claros, y que era más sencillo que un ocho, el tío. Majísimo.

Obviamente, en esa época ibas aún de vacaciones, en Semana Santa, Navidades, puentes, quincenas, en verano, al pueblo, el último en el que vivieron los abuelos, donde nacieron los tíos pequeños y pastoreó él por penúltima vez. La última fue ya trasladado a Burgos, en Villafría
Murió teniendo tú once años y no llegó a conocer a la benjamina. Entre los nueve y los doce estuviste tiempo sin volver. Y cuando lo hiciste, ibas invitada por la mejor amiga de mamá, Juli, que a su vez era la madre de tu mejor amiga. Estaba enamorada del que te putearía por coquetear con ambas y confundirte. Te retiraste, claro, como no podía ser de otra manera.

Ese año, en verano, la hormona ya no aguantaba, efervescente. Antes de cumplir los trece, organizasteis una acampada y perdiste la inocencia. Con el hermano. Mucho y bien. No sólo nunca te arrepentiste, aunque era un poco cabroncete, como el otro de la saga, sino que crees que ha sido clave en esa des-inhibición tuya de serie. Lo vio, lo aprovechó y te enseñó bien lo aprendido en los primeros lances sensuales y sexuales.

Eran vascos los tres, los dos primeros hermanos, de la periferia de Bilbo.
El “Julen guapérrimo”, de una zona rural industrial bastante abertzale, donde tenéis familia de la extensa, migrantes “desertores del arado”, como los llama otro amigo tuyo, con el que estudiaste (también a sí mismo, jajaja, ¡ay! ♥ Jesu).
Los tres muy espabilados, en contra del tópico, siempre cuentas. No sabes si será aplicable más a las vascas, pero no lo crees. Al menos las que tú conoces, tienen bien poquito de monjas. Y si acaso, las afincadas en Burgos, serían. Alguna hay, SÍ.

Al “Julen” lo conociste yendo a Bizkaia en fiestas, era hermano de una chica de la cuadrilla de tu prima vasca, de tu edad, hija del primo segundo de mamá, que era un clon del abuelo Raimundo, pero en joven. Te da un vuelco al corazón cálido, cuando recuerdas.
Cuando llegabas a Zaldi, te recibían en casa y te ponías a merendar con Ni. y Yo., –a veces también estaban ya Da. y Ja., llegados de trabajar-, poniéndote al día de todas las novedades desde el último año que les visitaste en fiestas y también contando tú cómo crecía la peque y os iban las cosas por “Mordor City“.
Y entonces aparecía Vi., Q.E.P.D.: Te miraba desde la puerta con el lagrimal medio inundado, con su sonrisota en la boca y sus brazos esperándote abiertos de par en par, para soltarte a bocajarro emocionado que eras “la viva imagen de tu madre con la niña bonita”, los quince años, como les gustaba a ellos llamarlos. Y enseguida recordar sus andanzas de quintos en las verbenas de su propia juventud.

Esa calidad humana, cuánto la echas de menos, ¡joder!
Ese primo favorito de mamá que siempre supiste tan especial para ella porque se entendían fabulosamente bien, igual que, es curioso, tus hermanos y tú adorabais a los hijos de Vi. y Ni., y ellos a vosotros.

Saber que no siempre está cerca lo que te hace feliz o tener miedo de perder su cercanía, ese monstruo que te pisa los talones.

Que te mataría en vida.

No se repetirá, que esperen las hienas.

Ahora te toca. Sigue adelante.

“Que alguien me recuerde,
cuando me despierte…
dónde deposité mi otra parte…
que al alba encendido

y al calor perdido
separado soy materia inerte…


separado soy materia inerte…
separado soy materia inerte… “
Autoterapia. Izal 2018.

Cartas sin destino, letras para nadie (X).

UNA CORAZONADA FUE ESTA VEZ, LO PUSO EN RUTA, ‘BYE-BYE’

Lo sé porque no puedo parar de escribirte. Cuando tengo que ser buena y brotan las palabras, incontenibles, vengo aquí, a teclear lo que me pasa por la cabeza. Las cosas que están ahí, para siempre o por un rato más o menos fugaz. Las convierto en párrafos de intención introspectiva, intentando describir y enumerar todas las cosas que veo que forman parte de un mosaico mío particular. Ahora estoy en una parte linda, con las teselas de colores muy vivos; veníamos de otra zona de gran desgaste, que precisa de restauración. Llevará su tiempo.
El paso de las estaciones ha hecho mella en la piel y en los tejidos. Pero no hay freno para el deseo irremediable, que golpea con fuerza la carcasa de la nave.

UN KILLER REEF EN SU CONTESTADOR…

Sueño que vienes. Sueño que regreso al mismo lugar pero esta vez te seco y no permito el desperdicio. El sobresalto, la exaltación de la niña indomable, ya los conoces un poco, el salto al vacío…

Siempre me gustó la noria, las atracciones fuertes, las de mayor descarga de adrenalina de la feria.
También quise siempre lanzarme en paracaídas. En sentido figurado lo he hecho ya tantas veces que he perdido la cuenta. Soy muy temeraria y hay que rebajar. ¡YA!
Son las menos las que salió bien, en el saldo de la mitad de la vida, con suerte y sin miedo a que se me escape antes de tiempo, pues pocas personas conozco a parte de mí misma tan conscientes de que muerte es una colega que llevamos al hombro, porque va en el pack.

La intensidad en los sentimientos no es una opción para mi, ya. Es una obligación, se lo debo al que late aquí dentro, reclamando su turno, soltándose de sus cadenas de años, que negaron mi naturaleza original. No hace tanto creía que aquel cambio experimentado era para bien.

Me siento una muñeca de cera, a imagen y semejanza de una especie de florero sonriente, una negra de textos colaboradora administrativa de recursos, una usurpadora de titulíticos, algo bueno tenía que tener, observada con recelo por los logros que ridiculizan a otros que se tiraron media vida empollando entre juerga y juerga que ahora niegan por los profesionales del ramo.
Ahora el figurín está derritiéndose porque otro astro prendió la mecha medio oculta, el plan B de la vida: que brote la conciencia propia del origen digno. De los objetivos y sacrificios de quien estaría muy enfadada y triste por verme sometida al yugo de la infelicidad.
Es por ella y es por todas nosotras. Las mambitas y todas las demás, las que vendrán luego.

Quiero enredar mis dedos en tu cabello, besar tus ojos mientras nos fundimos. Eso quiero.

Y recuerdo en la letanía [“algún día será esta vida hermosa y me someto por eso a tu voluntad”]