Enjambres.

La fragilidad auto percibida.

El ensimismamiento vil.

La huida hacia delante, el hielo, tras de él, el fuego, después la tormenta y una gran ola de destrucción masiva. Se retira y el arenal queda liso, virgen, a la espera de que lleguen las nuevas pisadas.

Tomar aire, respirar profundo, volver a caminar al lado de otros, que también están confusos entre tanta desolación.

Unos con más batallas que otros, algunos duros, otros flojos, varios son privilegiados y ni lo saben, muchos son zombies privados de libertad y tampoco se dan cuenta. Hay una parte que sí sabe de los límites impuestos. Esos pueden ver cómo, salir de la situación de represión en la que se hallan, no depende de ellos sólo. Ven el desequilibrio, la desigualdad. De oportunidades. De condiciones de salida.

Enjambres de personas, cuestiones sociales, entretenimiento vacuo e individuos que se independizan y se buscan la vida fuera del avispero. Porque no pocas veces se sintieron parte del enjambre que amargaba la merienda a una familia en el campo de descanso dominical. Pero también los zumbidos continuos de los demás, de todo el conjunto, tenían un efecto hipnotizador, sedante, por momentos de confusión, entre tanta ala y rayas amarillas de alerta biológica.

No dejas de ser, sin embargo, avispa que toma su rumbo, pero avispa al fin y al cabo. Y hay que aceptar que picas a la defensiva.

Y que puedes acabar aplastada de un manotazo al intentar morder.

Así pues, cuando empiecen los primeros intentos de apartarte del pastel de todos, con la palma de la mano abierta, vuela lejos.

La fragilidad auto percibida…

Los bucles de pensamiento y la ruptura, para salir del ensimismamiento.

Aún no se ha ido.

No se ha ido el miedo de romperme. No se va porque, roto ya por mil sitios, con una cantidad importante de cola entre los cachitos, veo que queda caída.

Que se puede estallar contra el suelo.
Y estoy cansada de levantarme continuamente.
Muy cansada; también de esta auto compasión de mierda, que me enciende de rabia.
Esa rabia que es inquina. Porque sabes que tus cosas, cuando las cuentas, hacen huir a la gente, de lo difícil que es imaginarse lo que hay detrás. Cuesta contar. Cuando cuentas, sucede eso. También hay quien cuestiona tus vivencias, como método para animar (sí, triste pero cierto), cuando confías una mínima parte de lo vivido.

Cómo coño va a comprender nadie ahora, con lo que llevo en la mochila a resguardo, que explote la magefesa. No lo esperas, aunque sea algo común divorciarse y tener ansiedad, algo tan convencional y poco especial como extendido, por desgracia, en lo que se refiere a la enfermedad, simplemente porque nadie sabe del recorrido, de la carrera de fondo y del desgaste.

Terminas por intentar reír y olvidar la mala onda. Pero hay entornos en los que se hace muy difícil.

Más blog, menos twitter, definitivamente.

 

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