Es por ti.

Los aseos de la cafetería estaban al fondo del local. La planta era estrecha y alargada, con un modesto ensanchamiento al final de la barra con tres mesitas de café redondas y otras tantas cuadradas, un poco más amplias, ocupadas por gente pasando la tarde con juegos de mesa.

Regresaba de lavarme las manos y el sitio era estrecho. Llevaba su tiempo sortear las mesas apiñadas y los grupos grandes, que alternaban en corro a lo largo de la barra, de pie. Desde la otra punta del bar vi que mi madre, – ¡qué raro!-, ya había encontrado a alguien para sustituir mi compañía. Charlaba con un hombre de ojos claros que yo no conocía. Al menos no lo recordaba.

Sin embargo, la postura y aquella faz de ella no las olvidaré nunca. Conociendo a mi madre y su porte digno, siempre erguida y dicharachera, con ese salero con que se metía en el bolsillo a cualquiera, incluso echando broncas si fuera necesario, lo primero que me llamó la atención fue que estaba sentada en el taburete, con las piernas cruzadas y los codos apoyados en la barra. Y en la cara una expresión de niña pillada en falta, justo en el momento en que me sumé casi por sorpresa al dúo, tan inmersos en su burbuja que no me habían visto acercarme y llegar hasta ellos.

Como acto reflejo para disimular improvisó rápidamente un susto exagerado, empujándose teatralmente con los brazos que tenía apoyados en la barra hacia detrás. Tratando de bromear con el amago de caerse de la silla. Mi reacción más inmediata, a pesar del desconocido que nos acompañaba, fue enfadarme como si yo fuera la madre y ella la hija, intercambiando roles: “Mamá, por favor, ¡que te puedes caer y acabamos en el hospital”. Entonces miré al hombre y vi su cara de perplejidad al percatarse del estado de mamá. De pronto entendí la rara postura que ella adoptaba, sentada en extraña contorsión.

No podía disimular su turbación. Nerviosa, empezó con su explicación manida desde que el embarazo empezó a notarse en su abdomen. Lo del “penalti“, cuando estaba ya pensando más en preparar biberones a los futuros nietos (nietas, cuatro, que nunca llegó a cargar en los brazos) y en que por lo menos ya tenía a cuatro criados para echar una mano con la peque que venía. También contó que lo había llevado más o menos (en realidad lo había llevado fatal desde el positivo que anunció el sexto embarazo, después de casi doce años desde el último parto) hasta que hacía dos semanas habían confirmado que por lo menos no era otro niño, y que por fin yo iba a tener mi ansiada hermanita…

En la cara de él percibí un gesto mezcla de ternura y añoranza, mientras observaba el apuro de ella para contar su realidad cotidiana con guasa, como habitualmente hacía con quien preguntaba por la barriga y por su edad todo seguido. Siempre salía airosa. Ganaba a la bilis con sarcasmo e ironía. Ese día su gracia no se la creían ni ella NI ÉL. Yo no conocía a ese hombre, no recordaba haberlo visto nunca, pero él sí parecía conocer los pensamientos de mamá bastante bien. Sonriendo tímidamente, insistió en pagar la cuenta y se despidió con evidente prisa por desaparecer. Antes de salir definitivamente, se giró un momento y dijo “que vaya todo muy bien; enhorabuena”. Sonó a puro formalismo, rebuscado sobre la marcha para no aparecer frío ante una noticia que suele ser motivo de alegría y celebración, al menos de cara a la galería y por convención social.

Yo no conocía a ese hombre. Nada más lo conocía de historias y confidencias que mamá me hacía en la intimidad, sobre su adolescencia y juventud, sobre los primeros amores, sobre un novio músico, que tocaba en una orquesta… Sobre separaciones del destino.

Salíamos ya de la pausa de la infusión para continuar con las compras, el ajuar para la cuna estaba pendiente aún: – “¿Sabes quién era ese chico, hija?” -“Sí, mamá, sé quién era“, contesté sonriendo.

Mamá era una gran narradora de historias y fábulas. Las anécdotas divertidas tenía que volver a contarlas una y otra vez, porque se lo pedíamos. Sin embargo esta anécdota que cuento yo ahora quedó entre ella y yo, más o menos. Nunca volvió a mencionarme a aquel hombre ni aquel encuentro. Han pasado muchos años de aquello, treinta aproximadamente, que son los que cumple mi hermana en diciembre. Podría decirse que hasta prácticamente hoy no he entendido en su justa dimensión esta pieza en la historia de su vida. De la mía.

No he comprendido el alcance de la tristeza que arrastró la mayor parte de los días, meses y años, pocos, que le quedaban de vida.

Este duelo postergado, este duelo que no se hizo, no se hace, que me indigna y me vacía de compasión hacia el resto; que ya no quiero hacer, porque no hay nada que pueda hacer, salvo intentar sacarme de la mente su tristeza perpetua, salir de esta. De la tristeza de no escoger lo que tú quieres nunca. De cerrar las puertas.

Es por ti que despierto y nunca es tarde, mami. Yo no te seguiré.

Opiniones relevantes o totalmente intrascendentes. Razón aquí.

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