Los príncipes azules no existen. Sé feliz, mujer.

De dónde venimos y hacia dónde vamos.

A mediados de los sesenta, dejó de asistir al colegio.
Cuando su madre iba a lavar al río, ella debía quedarse en casa, preparando la comida y haciendo las tareas típicas diarias de los hogares pobres, en la posguerra española.
Empezó así, faltando de vez en cuando a clase. Con doce años ya no volvió.
Era la segunda de cinco hermanos en el seno de una familia de pastores.
En realidad, ella se sentía primogénita. A su hermano mayor “le temía más que a un nublao”, no había una relación de cariño fraternal. La daba órdenes y “la volvía la mano” si le llevaba la contraria.
Los privilegios que otorgaba el machismo, eran observados, impasible, por su madre. De hecho la infancia que ella tuvo fue aún más dura, era la disculpa recurrente.

Recibió tantos palos ya de niña, que con quince decidió salir del pueblo. Como tantas muchachas de…

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