Pandora (1ª parte)

Socrática hasta la médula, si hay algo que me cuesta en esta vida es zanjar discusiones en las que veo interminables cuestiones que aclarar, con sus correspondientes ramificaciones cada una de ellas. Eternas dudas sobre el porqué o cómo se ha llegado a un sitio. Sobre qué o quienes influyeron en la trayectoria.

Filtrando de manera matemática, cuantificando, esto se me antoja aún más difícil de detener en mi mente, alcanzando proporciones de progresión geométrica, lo que pone en marcha la angustia vital. La imposibilidad de control sobre las cosas que no están en nuestra mano. Es así como funciona la ansiedad. Explicado de una manera simple, se trata de una respuesta emocional inadecuada ante un riesgo o peligro inminente. Y mi respuesta de pánico en estas situaciones es la de Sandro Rey. Como lo leen: rollo vidente, sólo que de bastante menos éxito, ¡ejem!

Lo que asusta a cada cual dependerá de su interpretación del mundo que le rodea, de su más inmediato entorno social. Pero lo cierto es que, dejando las bromas magufas a parte, y sin estar segura de si no se deberá a la cantidad (otra vez las mates…) de años que me he tirado anticipándome a cosas negativas que sí han sucedido, así como también, por qué no decirlo, a la de marrones solucionados en positivo por esa capacidad de previsión.

En un fugaz flashback, recuerdo de dónde vienen esas enseñanzas, que se entremezclan con las primeras lecciones de lógica y ética en el bachillerato. Y recuerdo a Rafa, el profesor de Filosofía que más me marcó de los tres que tuve, contando como tal al de ética de 1ºBUP.
Y entonces pasa. Y recuerdo a mi madre, ocultando remanentes de dinero que nos descubría, -por si fuera necesario, para pagar una factura de luz que fueran a cortar, por ejemplo-, a mi hermano mayor y a mi, cuando alcancé los quince o dieciséis años. Se los ocultaba a mi padre. También, evidentemente, para una necesidad acuciante de cualquiera de nosotros cinco, zapatos rotos, material escolar, urgencias médicas, etc. No de ella, que se tiraba años con el mismo abrigo, de las pocas cosas heredadas del carácter de mi abuela y que a mi me irritaba, esa auto austeridad.
La ética de mamá era la responsabilidad de sacar adelante a quien trajo al mundo, por encima de la transparencia con el compadre, ya que, en cuestiones monetarias, su incapacidad para establecer prioridades en un hogar de siete miembros, daba como resultado continuas bancarrotas y problemas económicos. No había manera de ahorrar. Como decía ella. No era este un problema poco habitual en un hogar de clase obrera de esa época, pero la evidencia de que esto era así en mucho mayor grado en nuestro núcleo, más que en casa de mis tíos o de mis amigos, que es con quienes comparas cuando eres un polluelo, nos estalló en la cara con la ausencia de mamá, en los dos años posteriores a su muerte.

De aquellos días que marcaron la vida de mis hermanos, en especial la de los pequeños, ahora queda un remanente de rencores adormecidos. Porque en su momento no afrontamos el conflicto previsible. Tan previsible que estoy convencida de que ella no descansó al cerrar los ojos. Lo anticipó y verbalizó escasos días antes de su marcha. Expiró ante mi y aún estaba en shock cuando mi padre, recién llegado al hospital, me abrazó y dijo unas palabras al oído. Las más duras que nadie me haya dicho nunca.

Es muy duro odiar a quien te ha dado sus genes.

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