Cartas sin destino, letras para nadie (IV)

14 de noviembre de 2019: El caníbal amordazado.* (hilo publicado en twitter el 12 de noviembre)

Nostalgia de alguien, de algo, que ya no está, que ha cambiado. Resistencia a aceptarlo y finalmente duelo. Este camino, he perdido la cuenta de las veces que traté de recorrerlo completo en los últimos meses. Me siento perdida sin él. Pero también con él en silencio.

No me sirve no escucharle. Y no quiere dar ese paso. Escuchando a Millás, sobre que no hay certezas, en la noche del 20 de septiembre del programa de Ortega, siento lástima de las circunstancias en las que le he conocido. Sonrío cínicamente, en la soledad de mi sofá.

Recuerdo cómo nos confesamos lo solos y rechazados que nos sentíamos. Duele tanto todo. Pienso en entregarme a soñar. Soñar que cada noche me cuelo entre tus sábanas y por arte de magia todo desaparece, menos nosotros.
Que volando, con un salto a la luna, desde mi ventana, sea realizable llegar a ti, abandonarme en tus brazos a la verdadera entrega. La complacencia del deseado, los gemidos y el sudor. Las palabras…
Tres segundos eternos en mi memoria, tus susurros en mi oído, el más dulce despertar que alcanzo a recordar. Saber que para ti no es lo mismo. No saberlo. ¿No hay certezas? No. Mientras no lo digas. Mientras no aclares qué fue lo que callaste.
Lo que ibas a decir e interrumpiste.

Los tweets* que nunca leerás. El corazón roto por mil sitios. El miedo a estallar contra el suelo.

Opiniones relevantes o totalmente intrascendentes. Razón aquí.

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