En la luna.

En la luna la lunática lúcida que vive en la isla lunar. En la luna, desde lo alto. Desconfiando hasta de su sombra. Se ahueca un cratercito, un soco entre la vid, y se acurruca, asomando sólo un ojo y una oreja de soplillo.

Y allí estaba yo, en el pasado carnaval, erotizada por la sensualidad del misterio y de la máscara, por todo lo que tiene tan especial esta fiesta únicamente canaria, hasta el punto de ser necesario vivirlo junto a ellos para entender cuánto lo aman y por qué lo han hecho tan suyo, entrando el factor de la sensual seducción del autóctono de este archipiélago, hecho de fuego y lava, del Atlántico africano.

Este año estaba ya decidida a sacudirme la carga de la enfermedad limitante, y con aún demasiado optimismo pero venciendo la timidez que me caracteriza,- gracias al pelucón y la purpurina,- me propuse desfasar en el carnaval número undécimo de 2019. Tres disfraces, tres: la cantante época ABBA/Tony Manero, en tonos azules, la gatita heroína de verde y la viuda de negro y púrpura con pamelón. Todas esas imágenes en la retina, de unos maravillosos carnavales en los que de nuevo intenté recuperar la chispa de mi matrimonio, triste e infructuosamente, ya que él estaba, a mis espaldas, inmerso en una desconocida rueda de entrevistas en las que se le estaban rifando, como a los estrellas de la Champions League en periodo de fichajes. Cuánto lo intenté, durante los últimos tres años, lo sabemos él y yo y es más que suficiente.
La cuestión es que me sentí derrotada. Empecé a ser más consciente que nunca de lo lejos que estábamos y a ser consciente de lo que eso supondría en la vida de mis hijas. No soporto la hipocresía. Evidentemente había llegado el momento de tomar el toro por los cuernos… definitivamente. En otras dos ocasiones lo había pensado ya, desde 2017, año malo donde los haya, en el que aparecieron los parásitos intestinales y el subidón, en consecuencia, de la ansiedad. Cuando empecé a perder peso, hasta los treinta kilos menos con los que me he quedado ahora.
Es escalofriante pensar en la trayectoria de mi salud, en los factores genéticos, en los descubrimientos sobre la relación de la bacteria gástrica con los linfomas intestinales y el cáncer de cólon. Estas dos patologías se llevaron por delante a mi madre y a mi abuelo, respectivamente. Los resultados de factores mutagénicos salieron negativos pero se han tardado un año y medio en hacerme esa prueba. Mi madre vivió uno escaso desde que la diagnosticaron. Sí, corría 1999, ha habido un montón de avances en oncología e investigación y muchas nuevas tecnologías están ahora a nuestro servicio que en esa época no. Pero creo que se puede comprender que hasta junio de este año, después de recibir en la consulta del especialista los resultados de la analítica, de la gastro y el resto de puebas funcionales indicadas, yo estuviera cagada viva. Literal y figuradamente, sí. Y con unos problemas gástricos que me impedían trabajar por la mañana, la dispepsia y el malestar eran lo peor que he pasado en la vida en cuanto a molestias y problemas de salud. Y se incrementa con el estrés y la ansiedad, lo que hizo del problema un círculo vicioso insidioso del que es complicado salir. El insomnio ya llevaba un tiempo instalado, también, por esta época.
Mientras tanto, mis hijas han estado sufriendo mi mal humor de enferma enfurruñada, siendo unas chinijas… podré sacudirme la culpa alguna vez, espero, es necesario, pero nunca olvidar por lo que han pasado. Se lo debo.
Todas estas casualidades y factores me empujaron a volver allí donde no me gustaba nada estar, empezar a flirtear y a hacer el idiota con gente que de repente me reía mis estúpidas gracietas. De ahí salieron las dos personas nuevas en mi vida que hacen que 2019 marque la diferencia.
No la política, aunque también estos dos amores que se han colado en mi pecho son gente sensible a la situación social que vivimos por este panorama político tan triste y grave, más en unos sitios que otros, claro. Porque la ironía es que la política insular va mejor cuanto peor va mi vida de pareja, joder. Rota, ya. Pero salvada de las llamas del odio, afortunadamente, gracias a la sinceridad.

Creo que a quien me conoce bien y nos conoce y ha conocido juntos, que sabe todo lo que nos ha unido y nos une, aún, que nos ha visto querernos sin complejos y ante todos, llevando a gala nuestro amor sin tabúes, no hace falta que le explique nada de mi conducta de rabia incontenida en redes y de lengua suelta. Obvio que los buenos se interesan sin dar la nota ni hacer un pregón en Facebook, de manera privada.
Saben bien como yo, que él no ha leído, ni me lee. Quizá algún día lo haga. Pero será ya tan lejano y secundario como lo es para mi hoy, que lo que trato es de sacar al dragón a pasear por las noches, cuando las mambitas herederas del arrojo duermen.

Tarde, quizá a veces, pero sincera, al fin y al cabo.