Cartas sin destino, letras para nadie (IX)

Mucho vino mediocre, poco de añada excelente muy escaso vino del mejor.

Tanto en el año de nacimiento de la benjamina como en el año de la marcha de la matriarca, diez años mediante, hubo una excelente cosecha de Ribera de Duero. No fue tan buena el año de nacimiento de las chinijas, obvio: ese año ellas abonaron el Malvasía del volcán conejero y les salió un caldo excelente, también, a los bodegueros de la Geria en la islita, al asomar las dos últimas pequeñas mambas por el rofe. No han sido nunca chiquitas, ni chiquitinas, sino chinijas. Y así serán por siempre, al menos aquí adentro.

De junio del ’99 a junio de este 2019: veinte años. Cuatrocientos ochenta meses equivalentes o siete mil trescientos días de vida. De maduración.
Desde una deslealtad, haciendo una trazada con tiralíneas, a la otra: tiempo debería haber dado a saber distinguir dos o tres cosas importantes acerca del latir de la patata y las perturbaciones en el entorno.

Tan difícil, tan sencillo. Tan enredado en el silbido del viento, tan complicado como la nostalgia. Las personas que se olvidan y las que no se sacan, ni a medias ni enteras, que no saldrán y aún no se sabe por cuánto más estarán ahí doliendo, escociendo la rozadura. Esa gota de limón inoportuna que te saltó al ojo y te dejó ciego los cinco minutos del mini reportaje de tu ídolo en las noticias de la tele.
Ya no pasa nada porque lo miras en Youtube o en diferido en el canal web o en tu red social favorita, seguro que de nuevo lo comparten.

Cuántas veces pasará ante nuestras narices aquello que marca la diferencia, pero que no estemos preparados para percibir ni concentrados. Ni siquiera orientados. Vamos y venimos de nuestras historias amorosas y afectivas, familiares y amistosas o de estrechar el vínculo por el roce cotidiano en el curro o en la frutería de enfrente.
Absortos, en nuestro intento de salir adelante, nos vemos pero no nos miramos, como oír sin escuchar un tema que contiene la letra de tu vida. Sin que se den casualidades fatídicas, condenados al desencuentro.

¿Cuántos seres solitarios ciegos habrá de estos?

Ha de ser que, como con el vino, hay que catar más néctar para desarrollar el gusto por los que tienen más cuerpo.

Piensa que tengo buen paladar.

Y que me empalagan los crianzas y tengo lengua viperina.

Y un olfato tan fino que, sin fumar, moriría del asco con el hedor que se desprende de sórdidos amores celópatas, que viene en oleadas y se hace mareante, insoportable, golpea, noquea. Se disipa y de nuevo se concentra.
Ese amor ajado antes de madurar que usurpa la libertad a los corazones terrón. Ese que no deja vivir ni vive, lejos, rápido.

Y seguir yendo a vendimiar, a celebrar regando con el zumo de dioses. Retomar, retornar.

Dos tintos reserva Ribera del Duero del tiempo, por favor.

O eso o…
Pan, vino y azúcar. Queso y vino. Uvas con queso, mi manjar favorito. Ella con sardina arenque y partido de fútbol en la radio.

Opiniones relevantes o totalmente intrascendentes. Razón aquí.

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