Las manos de mi vida.

Tengo un grave problema que me hace empatizar con Ego, el crítico gastronómico de la peli Ratatouille, mi malo favorito de Disney. Cómo lo comprendí de bien en la secuencia en la que el amargado personaje da cuenta del plato que da nombre a la cinta. Una genialidad esa parte concreta de la peli por su gran poder evocador, de una manera universalmente reconocible para cualquiera.
{Espero haber sorteado hábilmente el spoiler…}

Hay en este blog, un post antiguo que trata de que olfato fino y capacidad gustativa son cuestiones que se heredan en el genoma. Lo que llamaban antaño “la mano de nuestras abuelas“, cuando los hombres chef ni existían ni se llevaban los vivas y bravos del buen hacer de estas mujeres, que daban mucho y bien de comer, a cualquier regimiento que se le presentara de repente en el umbral de su puerta. Son esas heroínas que sentaron las bases del buen yantar sin reconocimiento de méritos, como sí hacemos con la influencia en otras actividades humanas culturales de siglos de tradición, de lo antiguo sobre lo nuevo.
Consciente soy de lo espinoso del asunto y de que habrá gente que discrepará de mi. Pero como este es un rincón web personal en el que se cuenta la vida pasada por un filtro particular, el único rigor habría de ser el de la honestidad. El de no pintar un personaje muy alejado de quien eres, o crees ser, mientras te vas conociendo un poquitito más con cada palabra, frase, que expresa un pensamiento.

De modo que tengo un grave problema con no haber superado la añoranza de lo que las delicias de mi madre provocaban en mi paladar. Y dirán ustedes que vaya cosa, que lo más normal del mundo.
El problema es que me educó bien, también, a valorar el pan encima de la mesa y a no rechazar nunca lo que buenamente te ofrecen, para saciar tu hambre. Y me he comido no pocas veces a la fuerza, por educación y consideración con la(s) persona(s) a los mandos de los fogones, “preparaciones” que me repugnaban, daban arcadas y una serie de inconvenientes que me hacen pensar: ¿por qué corazón, esto es lo único con lo que eres diplomática, si no es de confianza el receptor de la crítica, claro (dos personas)? Con lo mal que le sienta y el daño que ha hecho eso a tu salud digestiva.
En ocasiones por escrúpulo con la higiene, al ver manipular a la persona, no siempre por el sabor. Esto obviamente en mi caso se ha dado con frecuencia por mi vida laboral. Muchito asquito. Vamos a dejarlo en eso.
En otras ocasiones por ser equivocadamente ahorrativos con ingredientes, condimentos… la sosez, para que nos entendamos rápido. Aquí entra una amplia variedad de garitos “gastro-algo” que llevan cuatro pijos modernos que no se han hecho ni un bocadillo de chorizo en su casa, pero que emprenden y eso. Hostia asegurada con penca de millonada y llama a papi-mami otra vez. O a Chicote si ya los has arruinado también a ellos.

Y como decía antes que si el filtro personal, mi madre enseñó a un primo a cocinar. A él le fue muy bien profesionalmente después, muchos años en un hotel de solera de la capital burgalesa como Jefe de cocina, premios, viajes y becas para formarse fuera… Prestigio. Es súper buen tío, hijo de la hermana de mi abuelo. Se lo merece. Pero en esa época, ya sabemos por qué Agus no siguió la estela. Él detrás de ella, más bien.

Hilando con el Ego de Ratatouille, recuerdo otra de las ocasiones en las que, trabajando de camareta en el cotillón de fin de año en el hotel en que cocinaba mi primo segundo, los días previos, montando las barras y la decoración, pasábamos allí todo el día. Comíamos juntos, todo el personal. El de la organización del evento y los currelas que dábamos el callo para que aquello funcionase y vendieran más entradas al año siguiente. En el acuerdo de alquiler de las instalaciones se incluían las dietas de los montadores, a cargo del hotel.
Dos primeros y dos segundos, para escoger: Purrusalda y Bistec plancha con guarnición fue uno de los días mi elección.
Qué viaje, ya solo el olor. Llorar de gusto, impactada. Dudar de que sea él porque el jefe de cocina es raro que esté atendiendo a unos chavalucos, que comen en una mesa corrida, entre rollos de papel burbuja y plata para cubrir espejos y paredes. Preguntar entonces, por si era él, a un compañero que nos sirve a la mesa. Asentir y amablemente ofrecerse para guiarme hasta sus dominios, y saludarlo, emocionada:

– ¡Jo! primo, la mano… ¡¡esa mano!! Hasta el filete me ha sabido a madre. Cuánto tiempo sin vernos pero sabía que eras tú…

– Sí que hace, sí, casi desde que falleció que no te veo… ¡cómo la echareis en falta en casa, que la echo yo…! ¿Qué tal estáis todos, bonita? ¿Y la peque?

Y MAMÁ CANTANDO “ME GUSTAS MUCHO”, “JUNTOS”, “SE ME ENAMORA EL ALMA”, MIENTRAS LIMPIA LOS CRISTALES…

Opiniones relevantes o totalmente intrascendentes. Razón aquí.

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