Haciendo trampa.

No escuches. Ni esas canciones ni los cantos satánicos de esa tribu. Quieres renegar, en eso estabas. Ni queso, ni vino, ni rock sensual. Se acabó.

Los acústicos no suenan como en el tiempo del vendaval… pero está el Jefe invadiendo el sonido de tus sentidos, por eso no vale. O sí, tal vez. No te desprendes del todo de lo que te dio vida, pero no está la potencia sonora que te exalta. Están las letras. Ves que con muchas de ellas sigues sin estar en sintonía. Discrepas, en lo fundamental, lo tienes claro. Ves una vida disoluta y que promueve las letras cínicas sobre el amor. Ves que no has conocido ese lado de la vida, tal vez. Sólo desde el otro lado de la barra.

Recuerdas los garitos en los que trabajaste, unos pequeños antros como los que se promueven en esas selvas sociales de ansia y salseo, de hablar de lo del otro que no tienes tú o de lo que es capaz nosequién que tú no. Aniquilando la competencia con palabras dardo. Que denigran. Y un día viste que tú no buscabas eso. Y te sentiste excluida una y otra vez. Ácido, agrio, sabores que amas y los llevas a tu vida social en redes. Cuando el juicio sibilino de la connotación está ahí. Para ti es evidente muchas veces. Y otras te despistas y no te enteras de una referencia a la actualidad vertiginosa. O lo contrario; algún puto snob te está vacilando con una referencia cultural que no pillas. Y tú feliz, en tu babia particular, que te da igual que se rían personas así, vamos, que no se enteran. Y así, alternando con esta peña, llegas a la conclusión de que el reservado de los locos outsiders está de puta madre, que qué se te ha perdido ahí a ti, en esa pista de baile en la que sólo hacen el bobo en un improvisado pogo, imponiendo los temas que les gustan a ellos al pinchadiscos. Que les hace más caso porque van hasta el culo del whisky que tú aborreces. Por sabor y por precio. Eres calimochera de vino y ron de caña. Y estabas al otro lado de la barra, en el viejo ‘Charol’, de la Plaza Roma, cuando los que arreglaban el mundo echando la tarde entera mamando cervezas, hacían lo mismo que los que ahora desbarramos en la red social, desde el sofá. Desde que el mundo es mundo, siempre los mediocres se quedan a ver cómo acaba la pelea, animando a uno de los contrincantes y sujetando de la chaqueta a los que quieren poner fin.

Tener muy vistas las peleas de bares. Los baños sin luces para dificultar las rayas de merca. Los que siempre la montan. Los que las matan callando, que pinchan y luego se lavan las manos de la que se ha liado. El guapo, el gracioso, el chino de la cuadrilla, el pesado baboso. La que liga más, la gordita enrollada y simpática, la del colegio de monjas descarada y la introvertida observadora…

Mejor paralelismo no pudo hacer ese día, sobre el sitio en que se conocieron. Pero no se dio cuenta de que a quien metía fichas era a la camarera del lindo escote. Él era especial, sin duda. Pero estaba muy ciego e interpretaba las cosas al revés de cómo eran, exactamente como ella ya había visto cientos de veces hacer. El prejuicio. En aquel primer pub cutre en que trabajó, la de manos al culo no autorizadas que tuvo que quitar. Un par de meses escasos desde la pérdida. Aún no había cumplido los veintidós.

<<Y pensaban que ella bailaba con todos…>>

Opiniones relevantes o totalmente intrascendentes. Razón aquí.

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