Pandora. 3ª parte. Prólogo.

Ocho meses. De hipoteca. Seis de alquiler del piso en el antiguo barrio, también sin pagar, de todo el tiempo que lo mantuvo de picadero secreto, sólo quedaban los muebles de la habitación principal en el piso. Los que no trasladaba con la excusa de falta de tiempo o con ninguna excusa, pues no aparecía por casa a dormir y no daba explicaciones. Algún día nos levantábamos por la mañana y estaba sobando en el sofá. Los menos. Pero no sabías qué era peor. Bueno, sí. Para mí lo peor fue la hipocresía que se gastó durante cuatro largos meses, desde el sepelio. A la mínima oportunidad y sin venir a cuento te soltaba que mamá había sido el amor de su vida y se iba con lágrimas de cocodrilo hasta el aparador del salón comedor, para agarrar un marco de 12×10, con una fotografía de ella colocado en una estantería y exagerar aún más su dolor, para el mío tremendamente ofensivo, pues no hacía otra cosa que victimizarse por su ya preocupante dejación de funciones afectivas y educativas de la más pequeña, en especial, y el resto de deterioro evidente de organización económica y del hogar, con cortes de luz y de gas en pleno otoño a 5ºC de media, y con la nevera casi vacía. Si no lo estaba del todo era porque mi hermano y yo ya empezamos por entonces a ir al súper con nuestro dinero de currar para nuestros gastos (carné de conducir, ropa y ocio, salir aunque poco, etc) para que a la menor no le faltara alimento y que no hubiera que lamentar una visita de los servicios sociales, avisados por el centro docente, por ejemplo, que estaban al corriente de la situación anómala en casa.

En resumen, que en poco más de un año, desde la muerte de madre, el banco nos echaba a la puta calle a mis dos hermanos pequeños y a mí, porque los dos mayores estaban ya emancipados, y los cinco (padre y los cuatro mayores) estábamos en un marrón con la entidad. Nosotros por avalar con nuestras nóminas la operación financiera, que pensamos conveniente para que fuera dando una seguridad a la pequeña, aún menor, si él faltaba. El único que ya tenía hipoteca antes que padre, rehipotecó para obtener líquido que solucionara la deuda con el banco, abonándose así el terreno para previsibles disputas fraternales, en las que, por supuesto, hubo culpabilización y reproches, de pequeños a mayores y también de los mayores a los pequeños… De uno de ellos, siendo justos, en el sentido de no haber velado por nuestro progenitor viudo, como debe ser. No sé exactamente ni nunca se explicó, en esas trágicas y heladoras reuniones, cómo se hace eso con un adulto que es previamente responsable de ti por ley, pero el caso es que en esa época vimos claramente las premoniciones agustinas. Incluidas estas últimas, la semilla de la discordia entre cinco hermanos que estaban desunidos, desde que madre enfermó y no pudo darles sus cuidados a ellos. La distancia fue el microclima previo ideal para que esa semilla pegara en el huerto de un hogar. En el hogar de ellos y de mucha otra gente, que igual que los propios, “los de casa”, como decía ella, obtenían de mamá su acogedor guiso, la charla que necesitaban, el favor que sólo podía hacer alguien como ella. Una riquísima red social, de amigos, socios, vecindad, pueblo, curro, etc.

Pero ella sabía, no era nada ingenua, como su hija mayor, que siempre pensó que no se daba cuenta de lo interesadas que eran las personas.
De hecho esa era la base de su temor, cuando ella no estuviera. Sabía que los favores se los devolvían a ella. En cuanto ella faltase, pocos responderían con lealtad y echarían una mano a sus hijos, si lo necesitaban. Total: huérfanos no quedarían. Estaba el padre.
Pero él no era ella. Indudablemente.
Desprotegidos. Así se fue pensando que nos dejaba.

Y no se equivocó ni un milímetro.

Opiniones relevantes o totalmente intrascendentes. Razón aquí.

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