14 de marzo de 1924.

Nace mi abuelo Raimundo. Hoy cumpliría noventa y seis años.

Un hombre bueno. Recio, parco en palabras. Casado con una mujer con una triste infancia, que hace que tenga agarrada una amargura singular. Un sentido frío y férreo de la disciplina, hacia los hijos. Como era habitual en aquel tiempo, estaba arreglado de antemano. Tuvieron cinco hijos, una pérdida, igual que madre. Se quisieron, aunque no desde el principio. Y aquella arisca mujer fue virando su carácter con los años, aunque no lo suficiente ni a tiempo para que sus más directos descendientes sintieran el abrigo de su apoyo, ayuda o comprensión. Eso se debió a él, que en su sencillez y su calidad humana, la amó y comprendió de una manera admirable. Haciendo uso de los privilegios del machismo en momentos en que se podría decir era oportuno, necesario. Pero mi abuela mandaba, era una excepción en su generación, y no era por falta de carácter de mi abuelo.
Hoy cada día más le veo en mi hermano mayor. Son otros ojos, unos castaños oscuros y los del abu claros, como manantial, pero la misma mirada limpia. La de la empatía y la preocupación por los suyos.

Otra cosa que me duele, abuelo, y que recuerdo hoy en este cumpleaños tuyo, es el último día que te vi postrado en la cama y me miraste, pocas horas antes de que esos preciosos ojos perdieran noción de lo que los rodeaba. Y así me pasó también con mamá, es una pena exclusiva de esta nieta tuya querida, esa coincidencia fatal.
Son aún peores los momentos previos que recuerdo de la marcha de madre, pero esa mala pata tuve, escogida, pensando que resistiría a la primera noche en coma inducido, nos quedamos la tía Marifeli y yo con ella. Era poco más de la una de la madrugada cuando dejó de respirar.
Y una vez sucedió, avisamos a la familia, que se acababan de ir hacía unas horas del hospital.
Con el tío Enrique, mi padrino y favorito, el primero que llegó, bajé aún aturdida a las oficinas de la funeraria para dar los datos del seguro y que me explicaran cómo proceder. Al volver a planta ya habían llegado mis hermanos, mi padre… el resto que estaban informados de los íntimos.
El remate, abuelo, fue que se me acercara mi padre primero y me apartara para decirme qué era lo que le preocupaba de que estuviera mamá inerte pero caliente aún en la habitación.
Un duro golpe que provocó que le evitara lo máximo posible, en las siguientes horas. Hasta el punto de que la tía me reprendiera a la entrada del templo, para el funeral, por no hacer el paripé de agarrarle del brazo y acompañarlo yo. Mí tía es que es un dechado de sensibilidad, de toda la vida… Hablo de la hermana de madre, que es clavadita a la suya. A mí no me preguntó qué me sucedía. Dieron por hecho ya desde el minuto cero que tenía que adoptar un rol concreto en los restos del naufragio.
Todos estaban a una. Hasta mis hermanos. Así de sola me sentí, abuelo.

Pero me marché. Huí de allí y me alegro.

Y hoy que es tu cumpleaños hago una importante catarsis para mí y te hago este regalo, allá donde estés, de recordarte, a mi abuelo músico y pastor, en un texto que sé que te emocionaría de haber podido leer. Igual que a mamá.

Felicidades, Don Raimundo, le devuelvo el amor de aquellos días de verano, de aquellos zapatos, de los “¡estudia, hija, tú estudia mucho!“, de los besos robados con barba recia que pincha.

<<Tanto te quiero, abu, y te llevo dentro de mí y en mis letras viajas hasta aquí.>>

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