El queso en la ratonera.

El viento aullaba, a través de las rendijas de las ventanas, mal aisladas. Siempre el alisio, soplando su corazón solitario, hacía ver las cosas de diferentes maneras. En parte porque entraba en ese trance de perder la mirada al horizonte lejano, o entre las nubes que se movían más rápido. También sus ojos, vidriosos, se detenían en las copas de los recios dragos, cuyo leñoso tronco y robustas ramas resistían bien los soplidos, sujetando con terquedad las bailarinas y gruesas hojas.

Meses allí encerrada, sin noticias del final de aquello, sin poder hacer otra cosa que echar a volar la imaginación, oteando a lo lejos la isla vecina, que en días claros recibía la luz del sol y se dejaba ver ribeteada por el blanco de su litoral, las playas de arena blanca y fina y las imponentes dunas al Norte, al otro lado del río de mar, que separaba lo que antiguamente fue una sola porción de tierra unida y rodeada por el océano. Ansiaba volver a dejarse revolcar por la marea en la orilla, en días de oleaje medio. Era la mejor manera de entrar al agua, decía. “Así no cuesta: antes de que te lo pienses dos veces, que qué fría y no me baño ahora, ya estás remojada hasta la cintura por una ola traviesa”

El mar sanador. Y la puta agorafobia, como amante entrometida que te separa de tu dios. La luz, también, que colorea de turquesa el agua y permite ver el fondo marino a bastante profundidad. Y los meros, los peje-verdes, las viejas, las chopas, las rayadas e incluso las mantas. Los pulpos, las estrellas de mar… incluso las medusas. O el pólipo azulón de bonito nombre pero no tan bonita la consecuencia, si rozas sus urticantes tentáculos: la carabela portuguesa. Que maravilla el medio marino y cómo le gustaría a ella vestir de hombre… bueno, mejor dicho, de mujer rana.

Habrá desazón. Fuego sin remojar la hoguera, para que no hubiese quedado ni una chispa de pasión, tras la elección que la partió en dos y a la que él tenía no solo su derecho, sino que hoy asoma la posibilidad de una madurez muy superior, como superlativo fue un flash de amor irremediable, intenso y mareante. Que le hizo perder la cabeza por no haberlo expresado en el momento que debía aprovechar.

Pero: ¡qué provecho para un alma noble, si lo es, de colarse por el flanco débil, como es la evidencia de la soledad y el desamor en un momento de flaquear las fuerzas y mostrar sus quejíos, sus saetas de currante leal.

Consuela en la distancia. Y renuncia a ver más allá de los bosques.

Pero ya no queda nada en este lado, Poniente llama. Hay que buscar cumbre, cardón, más altura con laurisilva o quizá el volcán activo. Porque los apagados están cada vez más tibios, no se puede olvidar que hay otros fondos que explorar, la miseria acecha en este malpaís. No es el lugar, aunque lo fuera antes.

Un jameo escondido del dolor y del cierzo que llega hasta ti, estés donde estés. Que ha ahogado finalmente el deseo y se ha tragado la intensa luz, como un agujero negro. Por eso ya no sirve y ya no asomas la cabeza ni para sumergirte en la marea que te daba la vida.

Las sensaciones a flor de piel, tras la eclosión de los huevos de mamba, empujan hacia la búsqueda de nuevos seres que calmen la irritación, tras muchas alergias nuevas que se han sumado a la blanca piel, antes sana y tersa. Ahora son muchos surcos y enrojecimientos. Dermatitis y arrugas. Escuece y no hay cura, aquí.

Hace ya mucho que renunciar a los propios sueños está pasando factura.

Y es ahora o nunca. El siroco ha cambiado de dirección, de nuevo. No probará el queso, pero tampoco se quedará en la ratonera.

El amor en los tiempos del COVID-19.

Confinados, asustados, reflexivos corazones, En realidad no son los corazones lo que reflexionan. Sino las cabezas. Esas cabezas…
Y desde la cabeza, por los ojos, los oídos, incluso el olfato sobre el ambiente. Putrefacto. Una sociedad que se caracteriza por un individualismo cada vez más feroz. Que pisa muertos en cuerpo presente, de quien nadie se han despedido, de entre los rostros conocidos, ninguno.

Y cuando no has podido despedirte nada más que en una dirección, porque parte de tu alma se moría sin saberlo. Tú sí. Porque te lo dijeron. No se lo dijeron, no se lo dijisteis. La alternativa escogida, que no supiera de lo cercano de su final en el paso por este mundo. Tampoco la entrada en coma, en la que tampoco estaba allí ella ya. No sabías, en aquel momento, no alcanzabas a imaginar, cuán duro se te haría aquello. No la muerte, compañera inevitable de la vida. No su juventud y partida prematura. Lo que no concebiste en su dimensión siquiera aproximada, era ese peso insoportable, esa piedra atada al cuello, de no decirle “Adiós, mamá, te quiero con toda mi alma, gracias, infinitas gracias”.

Era despedirse de los restos para los restos. Pero cuando eso sucediera, ella cruzaría el umbral. Sin un agradecimiento por su entregado amor y sus enseñanzas. Sin alabanzas por los valores que dio en vida y sigue dando, a través de una memoria nada piadosa, aún. Gracias por su lucha incansable, y perdón porque no lo valoraseis.
No sabes por qué ese dolor no se calma, tanto tiempo después. Tan sencillo, tan complicado… a través de las letras, pretendiendo dibujar una despedida borrosa, que empaña los cristales de vaho, que te hace escaldarte, pensando en la ducha, dormitando en la playa que no vio ni visitó. En aquellos días. Tratas de ver con benevolencia el estar ahí, no fallarle cuando más necesitó de tu hombro y tu mimo contenido. Pero sin loas, no sospechara demasiado de un cambio en ese carácter. Aún adolescente y egoísta.

Y sin embargo es un sentimiento profundamente desasosegante.
Y ahora, en nuestros días, nos sacude una epidemia de un patógeno tan contagioso y puñetero que nos tiene encerrados a todos. Miles de personas que no han podido decir adiós, sin ser lo mismo, porque estuviste a su lado hasta el último aliento. Pudiste tocar y llorar su cuerpo inerte. Pero no decir adiós de palabra. Aunque a priori fuera un dulce final, de inocente durmiente, para ti fue muy amargo. Como la hiel. Aún sientes el sabor en la boca. La desazón de no saber, con lo lista que era, si fingió aquella tarde, antes de entrar en el limbo del coma…
Todos los indicios de ser su hora estaban. Aquella habitación destinada a terminales en la planta a la que acudía a tratarse con quimioterapia. El sospechoso desfile de todos los suyos y más cercanos en la habitación. Sin faltar uno. En pocas horas y hasta rozar el ocaso. Y lo que más te obsesiona, sin duda, y te hace pensar en que sí, efectivamente, sabía que se iba y calló: vuestras caras. Las de tus hermanos y la tuya. Y la ausencia de la benjamina. ¿Qué pensaba? No preguntasteis. Todo el mundo participó de los falsos planes para las fiestas inminentes. En increíblemente bien coordinada estampa, todos a una, con las pretensiones de salir a divertirse como años atrás no hacía. Tu tío el músico, prometiendo abono para los toros y asistencia en primera fila a los espectáculos que el Ayuntamiento contrató con él. Su hermano favorito, tu padrino. Él, por eso mismo, por su alegría vital y su capacidad para ser jovial y divertido, haciendo de tripas corazón en el peor momento. Haciendo el paripé de que todo iba a ir bien. Que saldría de aquella, por enésima vez.

Así de desgarrador, pero aún peor, es el amor en tiempos de pandemia. Y todos estamos en un barco fantasma, con los seres que nos llenan, a los que amamos, antes, ahora, mañana… lejos.

Y las redes. Ese instrumento de nuestros días, la comunicación online, que propicia lo que antes no era posible. Conectar nodos y personas. Seleccionar más y mejor. Separar el grano de la paja. La afinidad íntima, sensual, amorosa, que se cuela, siendo a través de frías e impersonales pantallas. Se cuela, se te ha colado. Si él creía que era un problema conocerte en el antro, no le faltaba parte de razón. Pero en absoluto comprendió. Y después del primer escarceo, menos. Todavía menos aún sabía que no eras nueva, lo dio por hecho, porque tu perfil para aquel entonces; debió parecerle de ingenua y novata. Y era cierto que poco habías departido en esa casa de hienas hijas de puta que son las redes.

Amor y odio.
Porque hay cosas que son como un pico del Himalaya, jodidas de progresar, avanzar, solo, desde el campamento base, escalada hasta la cumbre. La ventisca en la cara, los pies congelados, que amenazan gangrena. la incertidumbre de la avalancha, haciendo el esfuerzo en vano, caminando hacia una muerte segura y desafiándola.

Cuándo, por qué. Quién lo sabe.

Pero estás en el puro hielo, debajo, en un agua mortal. Y un día, verbigracia de este invento que sirve para poner a los ojos del que anhela vilmente poseer y como no puede, odia, en tu camino se cruza un brillo en la distancia. El destello de un rayo de sol se cuela por el agujero que un pescador perforó en el suelo. Y allí, a kilómetros de distancia, alguien te salva. Es inalcanzable. Inaccesible porque está lejos, lejísimos y ahora no puedes recorrer el trecho. Sea porque está prohibido, por la salud de todos, sea porque no tienes los medios, -estás atrapado, en tu propia miseria y precariedad-, o sea porque aquello que viste está abrumado por el hielo que rodea su corazón. Y no lo sabe y no se lo has dicho, que es lo que opinas. Ni desde la ventana de las selvas de Internet ni de viva voz, cuando hiciste lo imposible por llegarte.

Y siendo a quien buscabas, quien te devolvió el calor y la vida, a pesar de su fría estampa, en un sueño de amor cálido y pasional que se permitió, en medio del auto-castigo, no habrá nada que hacer. Ya no sabes si es bueno o malo, como antes pensabas. La inmediatez de una conexión, con su veto a la piel indisoluble, macabro, torturador…

Siniestro.

Otros pescadores se llegarán a perforar el hielo del lago de nuevo. Tal vez.

Mangostas acechando.

En la copa de un arbol. En lo alto de los cerros. Enroscada observando y conservadora, en el desierto, escarcha de noche, aprieta durante el día el sol cegador, aún más contra los muros encalados.
Contiene el potente neurotóxico, a la espera de la caza de una presa, para alimentarse. Reservorio de defensa, ante un ataque depredador, es el as en la manga del silencio que la envuelve. Porque ni reprimiendo el siseo estará siempre a salvo, pero lo hace, en la medida de lo posible. La serpiente solo quiere vivir su vida y lucir sus escamas, que mudan, caen, crean un mosaico de vida e historias cruzadas. Pero su nobleza huidiza y salvaje bella estampa no importan; tiene mala prensa aunque nunca tuvo una puesta de largo ni se contoneó, graciosa, como sí lo hizo la ratita presumida con su lazo en el rabo.

Ella no presumía, ni contaba, ni daba por hecho las cosas, puesto que la temeridad de bajar de la copa despreocupada e ingenua, sin el traje que camufla, para el lucimiento descarado, no es lo conveniente y lo lleva en el genotipo grabado, es innato. Si hubiera sido un individuo de su estirpe, vanidoso y coqueto, puede ser que atisbase ya las consecuencias nefastas.

Sin embargo un día pondrá huevos y dejará de ser la pequeña mamba. Habrá de hacer un hueco en su cabeza y en su corazón, para las crías. De nuevo imperfectamente ingenuas y bellas. Atractivas en su ingenuidad y su estrenada pielecita, de resbalosas escamas. Ahora alguien tiene que ocuparse, crecer. Ocupar un sitio en la cadena del que reniega por miedo a lo desconocido.

Y no son negras sólo. También las habrá verdes, un poco menos venenosas, pero hábiles reptadoras por el polvo y la hierba seca, al alcance de hambrientos enemigos que pueden incluso ser acérrimos, pero que buscan rezagados, ocultos cobardes o quizá aprovechados estrategas, tras la piel dura de las mangostas. Una asociación, buscan. Porque la mamba saltará a la defensiva en cuanto sienta el acecho y a los que quieren llevarse los huevos.

Variadas formas y ocasiones en las que una acobardada y joven mamba negra, presenció desde arriba el desastre, por primera vez en aquel lugar a cielo abierto que era el infierno. El modus operandi del verdugo, insólita. Que rodea y se mueve rápido, igualando incluso la agilidad de serpiente suya. E intentar inocular. Aterrada, sin salir del asombro e impregnada del miedo de quien ve a alguien que estaba cerca y no pudo evitarlo.

Otras muchas cosas, más escenas de terror. Sobre la boca negra con sus colmillos inoculadores.

Qué expresión de ternura y a la vez de pánico que se antoja insalvable en la faceta del dolor.

El siseo elegante y la personalidad dual, ahora me escondo y camuflo, ahora ataco.
De las mangostas, ávidas de delicioso bocado y con la ventaja de la inmunidad al neurotóxico de la mamba, lo primero…

Los ratones se los come, sin esfuerzo, se desintegran los hilos de ternura y la curiosidad por como roerá la siguiente en la siguiente etapa.

A la mamba hubo varios topillos que le cayeron muy bien; no quería morder ni asfixiar. Pero empezó a trazar un plan, tenía por delante proyectos y uno de los más decisivos rasgos para este menester.

Pero nada que hacer con la mangosta y su piel dura, dada su naturaleza agresiva y su ansiedad por cazar de un salto a la presa, La amaba y lo ve perpleja.

Decía que un buen día, mientras desayunara, desde arriba, contenta de haber pasado el bache, todo quedaría atrás. Pero no está segura, nunca lo estará.

Seguirá siseando canciones del verdugo que la amó pero nunca lo dijo. Y ya nunca sabrá por qué.

AKA LA SENSIBILIDAD.