Mangostas acechando.

En la copa de un arbol. En lo alto de los cerros. Enroscada observando y conservadora, en el desierto, escarcha de noche, aprieta durante el día el sol cegador, aún más contra los muros encalados.
Contiene el potente neurotóxico, a la espera de la caza de una presa, para alimentarse. Reservorio de defensa, ante un ataque depredador, es el as en la manga del silencio que la envuelve. Porque ni reprimiendo el siseo estará siempre a salvo, pero lo hace, en la medida de lo posible. La serpiente solo quiere vivir su vida y lucir sus escamas, que mudan, caen, crean un mosaico de vida e historias cruzadas. Pero su nobleza huidiza y salvaje bella estampa no importan; tiene mala prensa aunque nunca tuvo una puesta de largo ni se contoneó, graciosa, como sí lo hizo la ratita presumida con su lazo en el rabo.

Ella no presumía, ni contaba, ni daba por hecho las cosas, puesto que la temeridad de bajar de la copa despreocupada e ingenua, sin el traje que camufla, para el lucimiento descarado, no es lo conveniente y lo lleva en el genotipo grabado, es innato. Si hubiera sido un individuo de su estirpe, vanidoso y coqueto, puede ser que atisbase ya las consecuencias nefastas.

Sin embargo un día pondrá huevos y dejará de ser la pequeña mamba. Habrá de hacer un hueco en su cabeza y en su corazón, para las crías. De nuevo imperfectamente ingenuas y bellas. Atractivas en su ingenuidad y su estrenada pielecita, de resbalosas escamas. Ahora alguien tiene que ocuparse, crecer. Ocupar un sitio en la cadena del que reniega por miedo a lo desconocido.

Y no son negras sólo. También las habrá verdes, un poco menos venenosas, pero hábiles reptadoras por el polvo y la hierba seca, al alcance de hambrientos enemigos que pueden incluso ser acérrimos, pero que buscan rezagados, ocultos cobardes o quizá aprovechados estrategas, tras la piel dura de las mangostas. Una asociación, buscan. Porque la mamba saltará a la defensiva en cuanto sienta el acecho y a los que quieren llevarse los huevos.

Variadas formas y ocasiones en las que una acobardada y joven mamba negra, presenció desde arriba el desastre, por primera vez en aquel lugar a cielo abierto que era el infierno. El modus operandi del verdugo, insólita. Que rodea y se mueve rápido, igualando incluso la agilidad de serpiente suya. E intentar inocular. Aterrada, sin salir del asombro e impregnada del miedo de quien ve a alguien que estaba cerca y no pudo evitarlo.

Otras muchas cosas, más escenas de terror. Sobre la boca negra con sus colmillos inoculadores.

Qué expresión de ternura y a la vez de pánico que se antoja insalvable en la faceta del dolor.

El siseo elegante y la personalidad dual, ahora me escondo y camuflo, ahora ataco.
De las mangostas, ávidas de delicioso bocado y con la ventaja de la inmunidad al neurotóxico de la mamba, lo primero…

Los ratones se los come, sin esfuerzo, se desintegran los hilos de ternura y la curiosidad por como roerá la siguiente en la siguiente etapa.

A la mamba hubo varios topillos que le cayeron muy bien; no quería morder ni asfixiar. Pero empezó a trazar un plan, tenía por delante proyectos y uno de los más decisivos rasgos para este menester.

Pero nada que hacer con la mangosta y su piel dura, dada su naturaleza agresiva y su ansiedad por cazar de un salto a la presa, La amaba y lo ve perpleja.

Decía que un buen día, mientras desayunara, desde arriba, contenta de haber pasado el bache, todo quedaría atrás. Pero no está segura, nunca lo estará.

Seguirá siseando canciones del verdugo que la amó pero nunca lo dijo. Y ya nunca sabrá por qué.

AKA LA SENSIBILIDAD.

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