El montañero insomne.

Bajo su ruda apariencia, todo. En la superficie, nada.

Pero la superficie. Camisas rudas, tejanas o de cuadros y franela. Debajo de ellas la camiseta térmica, imprescindible para patear en invierno el bosque frondoso, a veces a bajo cero de temperatura, en grados celsius. Y aún así, él llevaba desabotonado el cuello, como desubicado en el espacio y el tiempo.

La rutina diaria de los habitantes giraba en torno a la madera, la ganadería y, en los últimos tiempos, también ocupándose del turismo rural, en aquel pueblo de la Demanda. En comunión todas las actividades con aquel hermoso e imponente paisaje que lo enmarcaba, de monte frondoso, haya, roble, pino albar, acebo. Inabarcable el sentimiento de majestuosidad de esas cumbres, antaño acogedoras de glaciares, que terminarían formando las afamadas lagunas de la zona y que, año tras año, acogían miles de visitantes.

Callado. Reserva era todo, como aquel paraje, pero en verdad, no de flamante título de parque natural. La jugada del destino, vivir allí donde se desheló el glaciar y llegarse de la mano de otro. Pensando que así era la vida, lo que toca. Su merecido final al lado de una laguna negra y fría.

Y así era que transcurrían los días, viendo la vida pasar y compartiendo con los lugareños. Activo y enérgico, de no parar un segundo el culo inquieto. Llegaban los veranos y el par de establecimientos que hacían el agosto con los turistas, hervían en muchedumbre de variada procedencia, edad, clase social. Lo evitaba todo lo posible, pero algún vecino en ocasiones lo animaba a tomar “un cacharro”, estando de paso por la plaza. Entonces accedía, para no resultar más raro de lo que ya sabía que pensaban que era, y escuchaba conversaciones en silencio, apoyando un codo en la rústica barra.
Con una oreja hacia el parroquiano conocido, que desarrollaba hilarantes teorías serranas o anécdotas de sus baños en las lagunas de mozo, y otra orientada a las salidas de pata de banco de los atractivos muchachos forasteros, con treinta años menos, quizá. Tomaban sus refrigerios a escasos metros de los del pueblo; juntos pero sin mezclarse, la gran mayoría de los que había visto las pocas veces que entraba a la tasca en temporada alta vacacional. Añoraba. Envidiaba esa edad. Pero al momento lo invadía un rubor. Aquél día unos intentaban ligar con las muchachas del grupo de amigos reunido, que alguna semana atrás habrían planeado aquella excursión de puente estival. Habían optado por alojarse en una casa rural del pueblo más cercano y ahora hacían mofa de la recia labriega que los había recibido y enseñado dónde estaba cada cosa. “Mercedes“, se dijo para sus adentros. Una gran mujer que estaba seguro de que se había desvivido por resultar una anfitriona accesible y amable.

A veces pensaba que no entendía el mundo. Aquellos niños grandes, que no sabían respetar a una mujer para ganarse a otras, algo tan elemental. Tres reían como hienas bobas, haciendo ojitos todas al mismo ejemplar bien parecido del grupo, mientras otros tres le daban cera, aplaudiendo su socarronería, como monos imitadores. Había una cuarta, con ojos muy grandes que no reía. Al contrario, empachada del cortejo del pavo, se acercó sola a la barra a pedir otra bebida y se sentó después con una guía sobre el parque en una mesa al lado de la ventana. Eso le gustó. Y otra vez para sí mismo: “Un verso libre siempre hay, por fortuna. Aunque el cruel azar lo descarte porque no hay hueco para él en el soneto de la vida”, pensó mientras decidía quedarse con ese sabor de boca. Dio las gracias al tabernero y despidió al compañero, enfilando hacia la puerta de la calle: “Hoy voy con prisa, pero otro día me toca a mi la ronda, da recuerdos a Nines”.

Opiniones relevantes o totalmente intrascendentes. Razón aquí.

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