Don Celos se separó de Doña Amor.

Dijeron: “Estaba cantado“. En realidad desde el principio se murmuraba a sus espaldas: “Esa relación no iba a ningún sitio. Tarde o temprano, haría aguas por los cuatro costados”…
Así fue como duraron tres historias, con desigual lucha entre sus respectivas parejas de egos, casi veinte años una, superadas las dos décadas en las otras dos uniones. Y en cada una de ellas estaban descompensados amor y celos de distinta manera. Dos continúan su camino.
En una de ellas, los celos los tenía sólo una parte (D. Celos, desde aquí). La otra nada. Lo curioso de esta historia es que, la que no tenía celos (Dª.Amor, también desde aquí), ni necesidad de hacer escoger nada al otro, era, al parecer, según la gente, “la menos enamorada” de la historia. Ella lo amaba porque él deseaba estar con ella, en libertad, como parte fundamental en una relación de dos. Aún así, salvaron esas intromisiones. Se querían y transcurrían ya varios años de felicidad.
Entonces ocurrió que D.Celos tomó una decisión algo quizá precipitada, visto lo sucedido después. Ya que, a la desesperada porque no le dejara, -después de alguna diferencia seria sobre su futuro-, la embaucó en un viaje que él, por su formación y también posición social, pudo emprender antes que ella sola, por sus medios. Él comenzó ahí a maquinar sobre decisiones que no eran solamente de él.
Pero ilusionados emprendieron aquel viaje de sus vidas, con las circunstancias muy a favor, aunque un buen día ella se viera atrapada, pequeñita y triste. Él le dijo, entonces: “casémonos, Doña Amor. Y luego tendremos hijos, como siempre quisiste”
Y Doña Amor, que había perdido su arrojo y su seguridad en sí misma, sintió crecer el calor de nuevo y los motivos por los que había adorado a Don Celos. Que la había escogido a ella y que esto, para él, era una especie de manera de hacer respetar a Doña Amor a la extraña familia de Don Celos: Los EscarchaFonseca. Ellos pedían la formalidad de la relación en los papeles con insistencia. Nunca aquello a ella le importó, en realidad, y sin embargo no sospechó de ese afán de él de hacer show con su momento. Ella habría preferido más intimidad.
Aún así, accedió, y para allá que se fue la muchachita, a las nupcias que siempre se negó desde chiquitina. Todo eso se borró de la mente, en la felicidad del momento dorado de la relación con Don Celos, entregados a la concepción. Y se tardaron las mambitas de Doña Amor. Mucho.
Pero al final sí pudo sentir la felicidad del amor multiplicado inundándola el pecho, como su propia mamá describió que fue el sentimiento cuando la tuvo a ella, treinta y seis años atrás. Eso sí: la veterana Mamba Negra le habría dicho a Doña Amor Sí que te tardaste, niña mía, un poco más y no me dais nietas de hija”

Llegó el tiempo de criar, entonces, y fue que ellas eran mambitas lapa, tal que cayó el sol y la enfermedad acechó e hizo diana. Y con el hielo y el desapego de Don Celos, que se sintió desplazado por las mambas cría. Y fue todo en progresión geométrica de daño, a cada mentira, a cada callada por respuesta, pero tan lento y lineal, de tiempo tan interminable, de dolorosa vida gélida en el paraíso tropical, que Doña Amor sentía, rodeada de amor como estaba, pero la apatía dominando su día a día.
Estaba ya el corazón helado al borde del resquebrajamiento. La mujer herida y enferma, con parasitosis, consumida por la soledad y la sobrecarga de trabajo, gris en la casa…
Peor aún a veces, si sale afuera. Porque su timidez se ha vuelto patológica de nuevo, como la de una adolescente, como haber “inmadurado“. Y tiene ataques de pánico y, cuando vuelve en sí, en coherencia del espectáculo dado, torna en vergonzosa obsesión de que todos la han visto y todos la conocen:

“¿A mí? ¡¿a Dª Amor quién no la conoce?!” .- grita, ingenua, pensando que todo el mundo la vio alguna vez en su vida, creyendo que está ella allí, como Dios en la casa de todos…

Y de tanta atención que cree despertar, como verdaderamente es un animalillo asustado, que la mayor parte del tiempo ni es consciente (ni quiere serlo tampoco) ni se cree centro de las miradas, se aparta avergonzada por el show, Doña Amor. En la barandilla del paseo de la marina de la ciudad, se apoya y queda mirando la línea que separa el agua del cielo, a lo lejos. En babia, ya no atiende, se quedó con la mirada perdida y los pensamientos están rodando, a toda velocidad, para llegar a uno agradable, que la conecte de nuevo con la vida, que querría dejar en esos momentos de falta de aire… El tiempo imprescindible para volver en sí de este victimismo que acongoja, salir del shock de la última crisis en mitad de la calle… Para salir de esa autocompasión que paraliza el amor, y que es tan triste y dañina para la felicidad… Que abre la puerta de par en par al Miedo.

“¿Renuncia a mí para ser feliz?¿Es eso?¿Cómo es posible?”

Se pregunta Doña Amor, mientras sale de su estado zombie. Lo suficiente para activarse, salir rápido de allí, entre calles discretas y estrechas, caminando a buen ritmo, para volver a casa y que nadie la vea, o los mínimos posibles.

Y entonces ella, un día que estaba inspirada por conocerse a sí misma mejor, se dijo que los juicios hacia ella, – querer sin celos por amar menos-, son tan falaces como que quien te quiere con celos te quiere más.
Y eso es lo que debéis saber: que a la persona que amas, por encima del resto, la deseas por encima que al resto. Y si no es recíproco, no tienes celos de que, a quien él desea, esté a su lado. Y deseas, además que le follen como si no hubiera un mañana, aunque no puedas ser tú. Que lo hagan sentir deseado, que es el verdadero amor. El deseo.
Y de la misma manera, si te quieren con celos y saben que la han cagado y destrozado el deseo que era la expresión del amor, te destrozarán por esos celos, cuando se lo hagas saber, que no hay amor, y te quieran retener.

Amor y Celos no conviven: Se Destrozan. El Uno Al Otro.

Zzzzzzzzzz…

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