Intencional.

A priori, no suponer mala intención. A priori, no suponer mala intención. A priori, no suponer mala intención. A priori, no suponer mala intención.

Ni siquiera a una reacción abrupta a unas palabras.

Hacer balance. ¿Con cuántas personas a lo largo de mi vida, la he cagado, pero con ganas, por presuponer lo que no era? De las apariencias o de las intenciones de los actos.

Aún así, estos dos mecanismos para poner en duda un juicio sobre alguien, a veces fallan. Muchas veces fallan. El rango de tolerancia al prejuicio es proporcional a lo desconocida que sea la persona sobre la que se emite. Cuanto más cerca o más afecto se le tenga, menos tolerables nos resultarán los prejuicios que le afectan.

Por eso reflexionas en todas las conversaciones que tuviste, en las palabras pronunciadas. En que a veces pensaste que fallaba el código. Y no. Ya has hecho la prueba con otros que tienen el mismo de origen y les pillas perfectamente. Y de otros sitios diversos también distinto al tuyo y tu entorno, lo que te rodea. Algo que siempre hay que tener muy presente. Lo que te rodea y lo que les rodea a los demás. Son varios filtros a tener en cuenta, antes de cagarla diciendo algo de lo que puedes arrepentirte.

Y llega un momento en el que te hermetizas. Te están hablando. Se interesan por ti pero tienes la actitud de quien no escucha ni oye nada.

Búsqueda de explicaciones y del mar de fondo en el océano de tempestades que una persona puede ser o haber sido. Comprender está mucho más allá de empatizar. Puedes empatizar con las lágrimas de un niño aunque no comprendas de dónde procede el llanto. Igual ni las ves. Sólo oyes que llora, pero te afecta. Comprender siempre está más allá. Al alcance de pocos de quienes nos rodean. A veces no está ni siquiera al alcance de uno mismo, comprender de dónde procede un sentimiento.

Y llega la indulgencia, de la mano de la duda en que haya una mala intención. En una palabra, en un gesto, en el silencio mismo. Hay que volver al hermetismo, para que no broten de manera impulsiva y sin control las preguntas en modo desesperado. Las que no tendrán respuesta.

Esa crueldad. De dejar a la otra persona con la eterna duda, con el bosque de suposiciones y conjeturas que conlleva no saber los porqués de algunas conductas.

Cuando quien hablaba de definir las cosas, meses después de que empezara todo, al cierre, para ser justo. No al principio, no, cuando la que definí los términos fui yo. Amiga especial. No reprimir mis sentimientos, no infravalorarlos, tampoco. Y ese día llamarle cínico, no aclarar el porqué cuando preguntó. Quizá el error fue mío ese día, justo, cuando vino a mi a las tantas en fin de semana, que no se podía, y contesté. Contesté a su requerimiento, primero de ser más extenso en sus explicaciones de las razones para ofenderme y herirme en la mañana del día anterior.

Quizá la intencionalidad era mía. Quizá no le quedó claro que estaba hasta las trancas y que ya había visto que él no y que además despreciaba la intensidad de estos sentimientos, en aquella misiva. La cuestión es que, durante el diálogo en el chat aquella madrugada de mayo (que, a sus ojos, hizo innecesarias las explicaciones de su comportamiento desagradable conmigo, en extenso y a mi mail), yo tuve un par de veces la tentación de decirle lo que pensaba de la situación con auténtica franqueza, para terminar lo que había comenzado en aquella misiva extensa que le hizo pensar “que yo me merecía una respuesta. Y él también que yo tuviera la oportunidad de leerla”.

Nunca en extenso. Pero el “cínico” dedicado era por los intentos de salir de las brasas con altivez. La ternura me la despertó el primer día del fuego. El primero. Por su creencia pueril de que su manera de entrar en contacto conmigo “a lo que surja”, no había denotado sus verdaderas intenciones.

Por eso me río tanto en el antro cuando empiezan con los tutoriales de tutelaje a las ‘pobres niñas tontas’ de lo que pretende un hombre si te piropea o hace la pelota. Como si a los sutiles no habría que tenerlos en cuenta. Sí. Los que van a ligar haciendo un rodeo cultural-sensible-chistoso-etc del asunto. Y que, como él, creen que no existimos las que sabemos por dónde van los tiros incluso viniendo a alabar el avatar inocentemente. Aunque él, además de eso, vino también de ‘héroe advertidor’ que no advirtió de nada. Y yo, como nadie sabe de nuestra relación, tampoco pude ser advertida por nadie, sobre él…

De que llegaría el día en el que, aunque enamorada, le viera renegar de haber venido él a mí. De que lo hizo reprochando el día en que me había devuelto a la vida. Y con temor, además. Y yo, que lo amaba, le mentí. Le tranquilicé y le dije que yo había sido quien lo empezó todo. No era cierto, pero no quería discutir más por eso, viendo que aún debía ganarme su confianza. Ese día es otro de los que debería haber roto para no volver más. Yo volvía, también. Una y otra vez. De eso soy culpable, así avanzaron los meses.

Estas son mis respuestas inventadas y mis conjeturas, como catarsis. No puedo hacer otra cosa.

Las palabras por escrito me ayudan con el ancla, para elevarla.

Si borro tu número.

He de hacerlo. Debería hacerlo también por la nueva lealtad. Porque en consecuencia no quiero dañarlo ni que sufra por verme penando por otro.
No debe pensar que no te alcanza porque, claramente, a distancia te ha superado hace mucho. Pero nos falta la prueba que tú y yo ya tuvimos. Y sé que, pase lo que pase, él no va a ser desagradable y distante, en la despedida. Y sé también que nos comeremos a besos, que las bocas se desearán y estarán presentes, sin límites auto impuestos. Sin situaciones tan dramáticas como llorar detrás de una puerta que se cierra.

Hoy sé que me enamoré un poquito del dolor. Y también sé que profundizo en el amor cuando me dan. No me inventé ni imaginé todo. Recuerdo las palabras. La reacción al contarle que me habían montado el pollo en el antro y estaba jodida, llorando. Recuerdo esa frase perfectamente, y que terminó en “te follo”.
Las cosas no son solo de uno, que avanzan y retroceden. Las búsquedas, las vueltas. Mi paciencia infinita y mis berrinches, también.

Necesitabas ser leal y ahí lo estabas diciendo todo. Pero no llamaste. Tantas cosas sin decir.

Aquello era el garito en el que nos conocimos, pero usaríamos otra vía de comunicación”.

Por eso ahora me convenzo a mí misma de que la manera de poner punto final y devolverlo todo al antro aquel en el que todo comenzó, -para que sea un rollo de una noche fugaz, con un tipo que malinterpretó todo y me mintió un año, para ahora verlo pasar y hacerme la sueca, cuando vaya a ver allí a mis amigos-, el modo, digo, es borrar tu número. Soltar anclas. Navegar hacia donde no me confundan, queriendo que haga reír pero deseándome más si estoy jodida. Que es eso lo que pasó, pero tampoco. Porque me faltaste, porque lo quise yo y fueron por eso los bloqueos aquellos que no entendías, en momentos muy difíciles para mí. Pero que eran asuntos míos. Viejos, muy viejos. Tú no podías saber, no puedo contar eso. Es lo mismo que lo de ella cuando no quería contar acerca de lo suyo. Pero recuerdo pedirte comprensión y pensar en el momento haberla obtenido. Ahora, ocultarme que estabas en un lugar del fondo, sin yo saber… ¿eso no es cosa mía también? No tuya solo.
Tengo que borrar tu número. Porque si voy a probar la piel de mi nuevo amanecer en el corazón, tengo que limitar las posibilidades, las tentaciones de hacerme más daño. Y de dar a cada cual lo que merece, repartir el tiempo de una manera justa. De cero a todo.
Lo pienso estos días. Porque me pesa que me dijeras que podía verte, si iba a estar a tu verita.
Tengo que borrar tu número para despejar esa incógnita.

Jugar, hacer el gamberro en el antro, despreocuparme al completo ya por lo que pienses de mí. Total, es cierto que siempre tuve la sospecha de que veía, de algún modo. No todo el tiempo, cierto es. Pero hubo un punto de inflexión. También aquí, en algún texto, me lo pregunté. Ahora me doy cuenta de que no he revisado esas letras, comparando de nuevo números, fechas, días. Momentos en los que estuviera cerca el fin o lejanos ya. La cuestión es que era una variable que tuve en cuenta. Más presente cuanto más despierta de mi tratamiento me hallo. Así ha sido como he caído en la cuenta, nunca mejor dicho. Porque lo había visto, tiempo atrás, me llamó la atención incluso, pero tenía un aspecto irreconocible para mí. No he estado atenta, evitando mirar a las zonas donde me hieren. Eso ha sido, simple y llanamente. Por auto-cuidarme no te vi.

Tengo que borrar tu número. Ha llegado el momento. Si algún día quisieras explicar por qué hiciste esto, (ya que solo contarme de la doble vida, en ese antro, habría provocado que te dejara yo, por mentirme, y lo sabes), supongo que encontrarás el modo.

Pero si borro tu número, no daré yo el paso para buscar las respuestas. Y aquí eres un ente online, del que ya he visto la cara oculta. Y cuando pude ver tus ojos, que se me clavaron, fue cuando empezó el verdadero sufrimiento.

Si borro tu número es otra pata del mueble desmontada.

Si borro tu número la telaraña se debilita más.

Si borro tu número, me quitaré la corona y la remera. Aunque nunca llegaran, yo las llevaba puestas.

Si borro tu número estamos llegando al final de una novela -de un año- para mí, un panfleto de “abierto las 24h” para ti.

Si borro tu número aún quedará parte de ti en mi alma, aunque no te vea nunca más.

Yo necesito dar pequeños pasitos, hacer cosas que me espoleen para seguir adelante y sentir el avance con el viento a favor. Y si ya he encontrado otra nave robusta, en la que navego segura, ¿por qué conservar el número de la galerna?

Triste, el mirar.

Voz rotunda. No pierdes el acento, tozuda de oído para eso. Y luego eres una pedorra que se indigna en cuanto se meten con el canario. O el español que no sea tu castellano mesetario indisoluble de tu persona. De cualquier manera, tu tono, no da la impresión de amistoso. Tampoco por escrito, si estás en una red social.

Y un humor raro, como el gusto musical, mucho barullo desclasificado y muy diverso. El tuyo, que haces con el sarcasmo hiperbólico y no lo pilla casi nadie; lo debes expresar como el culo o será necesario verte el jeto mientras estás escribiendo la barrabasada que no se entenderá. Generando incomprensión (más) o simplemente despertando antipatías. Y te resbala eso, crees que casi como a cualquiera. Por eso no ves más allá. No te percatas, en tu nube de tristeza y ensimismamiento gilipollas, de que hay siempre una cuota de hijos de puta en todo grupo humano que se precie. Que igual que a ti te cae mal alguien y pasas de él simplemente, como la mayoría, también hay una cuota de malnacidos, como digo, en minoría por fortuna aún (creo), que no pueden pasar de ti y se dedican a perder el tiempo de su vida en hacerte feliz. Felicísima, porque: ¿qué va a haber más importante en tu vida que dedicarle más de la mitad de las horas que tiene el día a peña súper maja? O a contar lo que desayunas, meriendas, cenas, “ánde vas de dónde vienes”, ¿has hecho las rutinas del gym? ¿de la dieta? el paseo ese que te hace tan feliz que te das, la foto al gato, al perro, al periquito o a tus tetas recién embardunadas de crema, lo culto que eres, lo lista que eres en aquello, lo salao que es el guasap de tu familia in law…”
¿Eso era lo que hacías antes, cuando sólo había fijo? ¿Llamar a una amiga para contarle los espaguetti-con-que-so que voy a hacer, o si voy de vientre bien, una al día, mínimo? Un marcaje muy jodido, en resumidas cuentas, to quisqui se entera si dejas de gorjear para hacerte un dedo. Follar ya menos, ahí sí que pocos ves presumir, del todo lógico.

Todo esto tan apasionante que hiciste, en temporadas de enganche al narcisismo y a la vanidad de los populares, por varios y diferentes motivos. Hasta que se te pasa. A mí se me pasó a hostias con dos eventos inesperados: un follón con una mal llamada amiga y enamorarme del hombre equivocado. De todo se sale, poco a poco. Y cerrando el buzón y cambiando de garito o pasando de los que consideran que la honestidad es solo una obligación en la vida pública.

Pero sale el sol cada mañana y por la noche puedo ver la luna. Las mareas siguen bañando esta tierra quemada.

Duele no estar en tu vida. Pero más duele que no quieras ser parte de la mía. Es en lo que se traduce tu legítima decisión: no querer hablar de nada. Para nada…
Y entonces, a veces, cuando apago la luz para hacer el esfuerzo de dejar de buscar entretenimientos, que me desvelan aún más y son la excusa para pensarte, consigo dormir un par de horas, tres, cuatro. O cuando se me juntan el finde, que también pienso mucho en cómo ha evolucionado todo en este año, y hago un sueño profundo que fabrica historias. Sí, así es. Se pone en marcha el material onírico, en el que todo es posible. Y entonces ese que está al fondo con sombrero, gafas de sol y que te habla detrás de un libro o un periódico, se esconde porque no quiere ser reconocido. Participa de vez en cuando, en tus pensamientos en voz alta, sobre la música. Y en ese bonito sueño es cierto que estás metida en su alma y que querría estar siempre a tu lado, sabiendo de ti y de tu vida, de tu propia voz. Y entonces despiertas. Y te abandonas. Lloras amargamente dos minutos. Coges aire, vas respirando, ubicando lo que es la realidad y lo que son los anhelos que tu corazón aún grita. Sabes que no. Que por ahí no es.

Sabes que estás amando a quien te ama y que es un privilegio. Y también que dolerse por ese, quien sea, el hombre o los hombres, que te han marcado así, es masoquista, no sirve. Y te enojas. Piensas en todas las ironías de las edades en el cuento. Hay un trasfondo que nadie puede imaginar. Ni atisbar, ni siquiera intuir, de traición a tus principios y de caer presa del enemigo. Y en caso de que así fuera ¿qué? Aunque supieran por las gamberradas dichas en el antro por dónde van los tiros, se dirán, como el resto, <<la loca, la que habla y no sabe lo que dice>>. Y caíste. Otra vez, se cae una y otra vez. En justificar las expresiones, en verbalizar con exuberante evidencia la inseguridad que provoca eso de callar, para no discutir porque ‘tú haces todo desde la bronca’, y estás contaminada por opiniones de personas que te hirieron. Estas cosas de mierda que hace años que sabes que no se pueden hacer ni se deben decir entre dos. Que los silencios, para arreglar las palabras dolientes, son lo más devastador que hay. Que si no se rompen cuando uno lo reclama, se está condenado a cambiar el rumbo de la calma hacia la tormenta. O un puerto para un desembarque imprevisto y precoz, en el mejor de los casos.

Hace tiempo que lo sé.

Los silencios juzgan, y no hay ojos tristes que valgan. Ni que echarse a la cara.

Calima vital, se disipa, con los alisios también, igual que la trajeron se la llevarán.