Reencuentro.

Entras y estaba en el taburete sentado a la barra del antro. Ya hacía tiempo que no buscabas su cara al fondo o en los rincones del local.
Se hace llamar de otro modo. Tiene otro lema y otra banda de cabecera. Pero va retomando las viejas amistades del tugurio, por eso ha vuelto, seis meses después y ya no se esconde, no lleva máscara ni avatar de juventud. Lleva mascarilla, eso sí, claro.

Pero ahí está. Cuando menos te lo esperas. Cruzas tus fechas y datos, bendita memoria en estos momentos, esa que ayer detestabas por volverte a recordar fechas pasadas en las que te creíste alguien especial para él.

Y cuando el desengaño estaba casi completo, tuviste esa última recaída en la que hiciste la bobería de pasar una nota por debajo de la puerta del antiguo domicilio, con una declaración de intenciones que no se materializarán. Algo que has hecho que te ha llevado de pronto a una ola de melancolía difusa. Te ha afectado. Y se lo has negado a los que te quieren, has vuelto a esa opacidad terca del “está todo bien” y era mentira.

De manera que es algo muy conveniente y propicio, que aparezca de la nada, de repente, porque volviste a buscar sus ojos, “un momento, nada más” te dijiste en la puerta, antes de echar una ojeada por las mesas en las que se sentaba, con su gente. Y resulta que te lo das de bruces. Nada más entrar. En la barra. No podía quedar así, has ido a tocarle con dos dedos a modo de timbrazo en el hombro. Pero luego te has arrepentido de hacerlo, pensando en el miedo que te dan esos ojos, y has salido corriendo, antes de que se girara completamente.

Pero sus ojos ya no tienen el poder de borrar todo lo que el tiempo te ha enseñado de él. El tiempo, inexorable, tu aliado, no hace más que darte las cartas buenas en la partida, para que ganes con cuarenta de últimas, incluso. Ahora ya sí puedes ver que te mentía, claramente. Ahora sabes que sí dejó el antro por ti. Por su falta de honestidad, por su irresponsabilidad y narcisismo. Sabes que le importa mucho su reputación. Muchísimo. Es un fraude, como el Jefe del amor cínico. No, ya nunca serás de esa tribu, como nunca lo fuiste.

Tú eres capaz de quitarte de todo.

Y eres capaz de amar grande, ya sabes que él y ella no lo son. No han merecido nada ninguno. Ni él tu amor ni ella tu empatía y sufrimiento por tu mala conciencia. Es el punto final, sin vuelta atrás.

Y llega cuando tiene que llegar. Cuando ya no es justo que dedique pensamientos a quien no me quiso ni me merece, teniendo el manantial y el amor de otros esperando. Que me sostienen y miman.

Y tú me hablaste mal. No es cosa de comparar grados de expresiones hirientes.

Siempre lo que dije: 12 de mayo, el día que no debí responder más.

Las fechas, siempre las fechas. Y los martinis y los tafiroles.

Opiniones relevantes o totalmente intrascendentes. Razón aquí.

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