Mala mujer.

Y no me importa ser mala mujer entre tus brazos. Es más: soy buena. Entre tus brazos estoy segura de que a nadie hacemos mal por amarnos a lametones.

A distancia. El vello de la nuca de punta, pasar las yemas de los dedos sobre la piel del cuello, con el cabello recogido en un moño con pasador…

¿Cómo es posible que me está hablando de estimular la zona anal para hacerme estremecer, me lo escribe, y a miles de kilómetros de distancia sientas un latido en el coño y tengas de pronto erectos los pezones?

Pezones duros, hiper-reactivos al roce, que anhelan tu boca y contacto. Al tocar mi cuerpo transportarme a la conexión de saber que quieres que lo haga e imagine que son tus manos las que recorren, tus dedos los que entran y se mojan. Y que me inunde el placer con ese pensamiento dulce, al compás de mis latidos.

Del mismo modo que yo ansío tu tacto, tu boca, tu lengua, sexo y saliva, en paralelo o perpendicular, horizontal o vertical, quiero yo que al otro lado del ‘mundo-red‘ que nos sostiene, imagines tú que mi cuerpo necesita imperiosamente acogerte, de nalgas o de frente, cuanto antes, mi amor.

Lo que me inspiras en un instante, desde que me saludaste, hace menos de una hora…

Notas en la playa, de ayer tarde.

Están impregnadas de rabia, no las puedo transcribir. Soy yo, en versión Hyde, muy dolida y desbocada.

Hablando de lo que no me incumbe. Nunca me incumbió ella. Eso también era cosa de dos. Pero las mentiras, Rai. ¿Hasta dónde era cierto lo que él contaba? Quien engaña una vez, engaña ciento.

¿Quién es ese? No. Mejor te lo digo a ti. Como una carta que por fin te escribo de tú a tú.

Empiezo otra vez:

¿Quién eres?

No eres la persona que hablaba conmigo.

No eres la persona que reía conmigo.

Ya no te hablo en tu lengua, que era una sólida demostración de amor, como bien sabes. Pero porque siento que no hablo con la misma persona.

Ahí no tienes personalidad. Te la han pintado. Te ajustas a algo. No sé definirlo… Es una especie de personaje, creado a partir de tu evidente encanto personal.

¿Sabes que eché la vista atrás? Pero no desde la atalaya antigua sino desde la nueva. O mejor dicho: desde la atalaya antigua que es la actual y perduró y sobrevivió a la erosión mejor, que la de la zorra traviesa que se juntaba con orcos, que duró un año y algo y se desmoronó junto con la cordura.
Sabía que nos habíamos cruzado antes. Y así era. Estos pequeños triunfos de mi memoria, cuando los datos registrados en el soporte que sea, afloran y corroboran la reminiscencia fugaz que mi coco ha guardado por ahí. De años atrás. Lo último de hace tres años. Y una interacción en 2012, con Llamazares de por medio, y en una multi. A la contra en las opiniones, íbamos ya.
Pero lo que me jode de todo esto es que sí, que hay un blanco y un negro con una escala de grises en medio. El blanco es tener casi toda la razón yo y que seas un personaje, un fraude en el antro y distinto fuera o conmigo. El negro lo contrario: que esté completamente equivocada y que te hice un traje con hilos de oro, te vestí y te puse en un pedestal. Viendo lo que quería ver porque me encoñé en un chat en Internet.

Y de los grises no hablamos. Para qué. Necesito olvidar y soy una persona con serias dificultades para eso, por mi capacidad de retener datos y de interrelacionarlos.

Todo es cuestión de interpretación personal y subjetiva.

El olvido y la humildad.

Es lo que toca. Mirarse al espejo. Decirme a mí misma: “No pasa nada porque te lo hayas flipado y malinterpretado las cosas. Es perfectamente normal, por todo lo pasado y de donde venías, y los comportamientos excéntricos, derivados de un enamoramiento tardío, cuando se entra en los cuarenta rompiendo tu matrimonio fallido, de una relación de 18 años totales. Y hay reacciones químicas y revoluciones hormonales. Todo lo que te ha sucedido es lo más natural del mundo”.
Pero sigo siendo idiota. Porque te hice un traje y ahora, caída la venda, resulta que te sienta fatal, te va grandísimo.
Y es una lección apoteósica de humildad haberse equivocado tanto, tantísimo como yo lo he hecho, al tomarte las medidas. El sopapo y esta bajada de humos de mi perenne arrogancia que representas, como ente idealizado que se tira pedos como todos los mortales, son condiciones necesarias para el olvido. Para no volver ni a trolear ni a cavar fosas en el desierto. Para el olvido, que tanto le cuesta a esta cabecita mía.

Lo bueno es que esa misma medida de traje, que retuve en mi mente, me sirve para el patrón de la persona de mis sueños. El que me acaricia el alma y me enseña sus cielos y viajes.

Sal en la herida.

Me muerdo las uñas y me hago heridas. Eso tiene como consecuencia que, cuando voy a cocinar y cojo una pizca del condimento conocido como sal común, vea las estrellas en ocasiones. He aquí una posible explicación a mi masoquismo. Voy a empezar a ponerlo en práctica para el placer que no sea el del buche. Porque además cocino que me salgo del mapa y por ahí también me sé ganar a los amantes, si quiero. Tengo que querer pero tampoco me gusta nada esto de tirarse el moco on line. De las pocas cosas que me parece inaceptable, tirarse el moco de algo evidentemente indemostrable, incluso haciendo una rigurosa descripción de la receta del plato. Y esto es así. Por muy buen aspecto que tenga el resultado final. Así que, efectivamente, desconfío de todo manjar que me muestren en foto o me cuenten con palabras que lea u oiga. Ni gusto ni olfato son posibles y no me creo casi ni a los que tienen restaurante para ir a comprobar. Salvo honrosas excepciones, claro. Entre las que están, por poner un ejemplo clarísimo, para mí, Pedro Larumbe. He probado chorradas tan vistosas como la reacción exotérmica de la disolución de sal fría en las gambas. Que encima eran de La Santa, un productazo de lujo, ¡qué desperdicio y qué pena de carmela con sal gorda, como las han hecho aquí toda la vida! Vaya puta mierda, no nos las comimos todas. Y me da vergüenza escribir esto, pero a la vez, qué ganas de escribir esto, desde que las comí, el día de mi cumple pasado.
Aunque ya se habían encargado de joderme la velada, para esa noche con mi hermana, los dos hombres que en ese momento estaban en mi cabeza y en mi corazón, en distinto modo.

Así son. Los hombres ombligo. También a ella le jodió el suyo, tres meses después, aquél otro. De la manera más vil que en mi vida haya visto.

No se conforman con no estar a la altura, con quererte mal, con darte migajas y, si llegan, además tarde. Tienen que joderte días señalados, hacerte papilla en fechas especiales. Remarcar que lo suyo siempre es más importante que tus sentimientos.

Pero esa sal es la que avisa. Saca la mano del salero, pon tus dedos bajo el grifo.

Y de la otra sal, la de las imágenes impostadas que no son para ti, sino para demostración a otras, porque de ti no sabe nada, aunque tenga el atrevimiento de hablar, es fácil sacudirse.

En cuanto piensas que se sacudió de sus obligaciones de enmendar cagadas acudiendo a tu propio feminismo. No al de él mismo. Y por supuesto tampoco al de ella.

Lástima de lenguaje no verbal. Pero gracias a él que lo veo todo transparente, como las cristalinas aguas de la islita.