La rabia.

Ella aún espera disculpas por cosas concretas que sabe él perfectamente la importancia que tienen. Episodios. Del chat de WhatsApp en el que hubo silencio de semanas de duración. Una de las ocasiones motivadas, o ahora así parecen indicarlo los hechos, por saber que podía ver lo que sucedía en el antro en torno a las hijas de ella. Es decir, que mientras ella libraba una batalla con personas que utilizaban a sus hijas como arma arrojadiza en una pugna de egos vomitiva, él decidió un día que un saludo de ella, pícaro con foto caliente, cuando pensaba que él estaba solo, era inaceptable porque le distraía con su hija. Aquello trajo como consecuencia una bronca entre los dos por un reproche sobre causar un problema anterior, también con la hija de él y que ella no recordaba y en ningún caso habría sido con esas intenciones.
Ella siempre pensó que él provocó la discusión para que se distanciara, y fue además una de las veces con propósito decidido de no volver, por bastantes días. En la actualidad, sabe a ciencia cierta que él tenía muchos otros entretenimientos en el móvil para que su prole se mosqueara por no dejar de mirarlo. Y ella, a esas alturas de la relación, desde luego no era uno de ellos, pero sí sus visitas de regreso al antro con disfraz.


Así de embustero te veo ahora…

La que no se cayó del cielo

No fueron episodios numerosos, sí muy dolorosos cuando sucedían. Ya dejaba traslucir él con esas conductas la incomodidad que le causaba la relación y la búsqueda de excusas en el comportamiento de enamorada de ella para romper. Incluso aunque no permitiera ese trato y reaccionara. Con lo cual él no se atrevía a dar la puntilla, se habría sentido miserable. Eso supone ella, como última balada…

Todo el devenir así lo ve ella, desde su prisma. Y es inmodificable, ya que las disculpas por tener una ventana, desconocida para ella, a su mundo de conflictos pueriles con los guays del antro, es lo de menos. Lo peor, lo que enciende su rabia y arranca lágrimas, es saber que conocía sus estados de ánimo por la vertiente del camaleón. Escondido y disfrazado, estaba ahí, viendo…
Es imperdonable. Pero ella necesita las disculpas para aplacar la ira que despertó tras descubrir el engaño. No para perdonar, sino porque se lo merece.

Y él lo sabe. Igual que yo. Así que no cuento con que lleguen, tampoco.

La que no se cayó del cielo.

Mala mujer.

Y no me importa ser mala mujer entre tus brazos. Es más: soy buena. Entre tus brazos estoy segura de que a nadie hacemos mal por amarnos a lametones.

A distancia. El vello de la nuca de punta, pasar las yemas de los dedos sobre la piel del cuello, con el cabello recogido en un moño con pasador…

¿Cómo es posible que me está hablando de estimular la zona anal para hacerme estremecer, me lo escribe, y a miles de kilómetros de distancia sientas un latido en el coño y tengas de pronto erectos los pezones?

Pezones duros, hiper-reactivos al roce, que anhelan tu boca y contacto. Al tocar mi cuerpo transportarme a la conexión de saber que quieres que lo haga e imagine que son tus manos las que recorren, tus dedos los que entran y se mojan. Y que me inunde el placer con ese pensamiento dulce, al compás de mis latidos.

Del mismo modo que yo ansío tu tacto, tu boca, tu lengua, sexo y saliva, en paralelo o perpendicular, horizontal o vertical, quiero yo que al otro lado del ‘mundo-red‘ que nos sostiene, imagines tú que mi cuerpo necesita imperiosamente acogerte, de nalgas o de frente, cuanto antes, mi amor.

Lo que me inspiras en un instante, desde que me saludaste, hace menos de una hora…

Notas en la playa, de ayer tarde.

Están impregnadas de rabia, no las puedo transcribir. Soy yo, en versión Hyde, muy dolida y desbocada.

Hablando de lo que no me incumbe. Nunca me incumbió ella. Eso también era cosa de dos. Pero las mentiras, Rai. ¿Hasta dónde era cierto lo que él contaba? Quien engaña una vez, engaña ciento.

¿Quién es ese? No. Mejor te lo digo a ti. Como una carta que por fin te escribo de tú a tú.

Empiezo otra vez:

¿Quién eres?

No eres la persona que hablaba conmigo.

No eres la persona que reía conmigo.

Ya no te hablo en tu lengua, que era una sólida demostración de amor, como bien sabes. Pero porque siento que no hablo con la misma persona.

Ahí no tienes personalidad. Te la han pintado. Te ajustas a algo. No sé definirlo… Es una especie de personaje, creado a partir de tu evidente encanto personal.

¿Sabes que eché la vista atrás? Pero no desde la atalaya antigua sino desde la nueva. O mejor dicho: desde la atalaya antigua que es la actual y perduró y sobrevivió a la erosión mejor, que la de la zorra traviesa que se juntaba con orcos, que duró un año y algo y se desmoronó junto con la cordura.
Sabía que nos habíamos cruzado antes. Y así era. Estos pequeños triunfos de mi memoria, cuando los datos registrados en el soporte que sea, afloran y corroboran la reminiscencia fugaz que mi coco ha guardado por ahí. De años atrás. Lo último de hace tres años. Y una interacción en 2012, con Llamazares de por medio, y en una multi. A la contra en las opiniones, íbamos ya.
Pero lo que me jode de todo esto es que sí, que hay un blanco y un negro con una escala de grises en medio. El blanco es tener casi toda la razón yo y que seas un personaje, un fraude en el antro y distinto fuera o conmigo. El negro lo contrario: que esté completamente equivocada y que te hice un traje con hilos de oro, te vestí y te puse en un pedestal. Viendo lo que quería ver porque me encoñé en un chat en Internet.

Y de los grises no hablamos. Para qué. Necesito olvidar y soy una persona con serias dificultades para eso, por mi capacidad de retener datos y de interrelacionarlos.

Todo es cuestión de interpretación personal y subjetiva.

El olvido y la humildad.

Es lo que toca. Mirarse al espejo. Decirme a mí misma: “No pasa nada porque te lo hayas flipado y malinterpretado las cosas. Es perfectamente normal, por todo lo pasado y de donde venías, y los comportamientos excéntricos, derivados de un enamoramiento tardío, cuando se entra en los cuarenta rompiendo tu matrimonio fallido, de una relación de 18 años totales. Y hay reacciones químicas y revoluciones hormonales. Todo lo que te ha sucedido es lo más natural del mundo”.
Pero sigo siendo idiota. Porque te hice un traje y ahora, caída la venda, resulta que te sienta fatal, te va grandísimo.
Y es una lección apoteósica de humildad haberse equivocado tanto, tantísimo como yo lo he hecho, al tomarte las medidas. El sopapo y esta bajada de humos de mi perenne arrogancia que representas, como ente idealizado que se tira pedos como todos los mortales, son condiciones necesarias para el olvido. Para no volver ni a trolear ni a cavar fosas en el desierto. Para el olvido, que tanto le cuesta a esta cabecita mía.

Lo bueno es que esa misma medida de traje, que retuve en mi mente, me sirve para el patrón de la persona de mis sueños. El que me acaricia el alma y me enseña sus cielos y viajes.