Tsunami.

No puedo dormir. No puedo comer. No puedo dejar de llorar. Mis hijas lo están viendo. Me doy asco, soy un despojo. No queda nada de la templanza adquirida meses atrás. Ya no me siento más libre, como hace poco, sino todo lo contrario. Enjaulada sin barrotes, pero no puedo moverme de donde estoy. Avanzo, giro, ruedo, cojo velocidad… pero ahí está de nuevo el muro.

El muro era maravilloso. Tenía colores alegres y una ventana con mucha luz a un patio repleto de flores y en el que sonaba la música. Pero llegó el día en que empezó a desconcharse la pared.
Me dije: “No pasa nada, bien sabes que hay que dar un par de manos de pintura de vez en cuando y recoger las faltas y grietas que provoca el paso del tiempo”.
Y me puse a ello.
Pero cuando aún no había terminado de dar la primera capa de pintura, las flores del patio se habían marchitado. Y la música a veces paraba de sonar y se podían escuchar los llantos de una niña desconsolada. Sin embargo, yo seguía con la restauración del muro, incansable, ya me ocuparía del patio y de la música después.

Traté con todas mis fuerzas de anticiparme a las inclemencias del tiempo, de resistir las lluvias y las tempestades que azotaban el muro y lo hacían temblar desde sus cimientos. Algunas de esas tormentas dejaron al descubierto, en ocasiones, el ladrillo bajo el yeso, lo que debilitó el muro de manera decisiva.
En el patio ya no había flores sino cactus y plantas resistentes a la escasez de riego y a la desatención prolongada. La música era poca y muy oscura, no recuerdo ni una sola melodía, las oía pero no las escuchaba. Había algo en esa música verdaderamente siniestro: quitaba las ganas de bailar. Y me ponía muy triste al escucharla. En ocasiones perdía la noción del tiempo, mientras me hacía un ovillo en un rincón, entumecida por el malestar que me causaban esas notas.

El muro había cambiado en un breve lapso de tiempo. Ya no había colores ni ventana. Un buen día apareció tapiada de ladrillos caravista, iguales que los del muro, ya completamente desnudos de yeso, pero más nuevos.

Así pude ver con claridad la chapuza. Del enlucido, de las capas purulentas de mentira. Del vestido que le debí yo dar al muro, pero que no recuerdo cuándo lo tejí. Sé que ese muro, lo sé ahora, nunca paró las tempestades ni me salvó de ninguna galerna. Al contrario: yo me ocupaba de que luciese siempre bonito. Lo reparaba, una y otra vez. Con la energía que me daba la luz que entraba por la antigua ventana.

Lo que pasó es que el muro dejó de darme música linda y su manera de protestar fue el silencio y la música oscura e ininteligible.

Al no comprender ni la naturaleza de los cambios ni aquel silencio atronador, un día tuve el atrevimiento de asomarme por la ventana, para ver el reverso del muro. Aquello que vi me congeló la sangre: por el otro lado, el muro estaba incólume. Perfecto y liso, sin una grieta, sin un pegote de pintura en exceso, por las manos absorbidas. Los colores no eran vivos ni alegres, sino que grisáceos y apagados. Y tenía colgados carteles. Secretos no confesados que no eran personales de él, puesto que me afectaban.

Mentiras, sin más. No sé quién pintó el reverso del muro, sólo sé que yo no fui.

Pero sí descubrí que todo el tiempo se había mantenido tal cual era. No había necesitado reparación, esa cara oculta. Aunque muy tarde, lo descubrí. Tanto como para que quien fuera que conservó así el reverso de mi muro maravilloso en desgracia, intuyera mis ganas de derribar el muro. O, al menos, escapar por la ventana. Tanto tardé que me ganaron.

Pusieron los ladrillos para tapar la ventana.

Me obligan a derribarlo a martillazos. Y ya no me quedan fuerzas.

Lo único que quiero es recuperar el sueño perdido. Dormir y no despertarme a cada hora, angustiada por los llantos de la niña.

Como agua en el desierto.

¿Qué necesitas? Enumera por orden de premura.

Los abrazos de mis hijas, besarlas y moder sus piececitos. Desde que nacieron siempre tengo una alerta a ralentí activada cuando no están conmigo, por el tiempo que sea. Por eso es necesario volver a ello cuanto antes cuando prescindo. Verdaderamente noto malestar digestivo muy rápido, en su ausencia los fines de semana. Porque tiene una fuerte relación este nivel base de estrés alterado y aumentado, con la maltrecha salud de mi estómago y mi flora intestinal, que he padecido en los últimos tiempos. Y va a hacer siete años, desde que empecé a vivir más rápido que el resto de la gente a mi alrededor. Digo esto porque son muchos años que le han pasado factura a mi organismo, tanto por lo bueno como por lo malo. Esta montaña rusa de emociones que soy, este saco de cambios hormonales desde hace ya casi ocho que soy , contando con las 37 semanas y media que me costó gestar a dos bebés, una de casi tres kilos y otra que los superaba. Y es realmente difícil encontrar empatía en una situación así. Sientes mucha soledad e incomprensión en lo que son tus miedos desde que te dijeron que venían dos. Mucha.

Necesito bailar y escuchar música y tener un objetivo claro: mi libertad e independencia. Necesito saber, distinguir entre quienes están de mi lado, para sumar y aportar, y quienes, incluso sin querer, me dañan con sus palabras, actos, silencios, actitudes frías e incluso culpándome por ser sincera amando.
Eso se ha de acabar, hay un cambio de rumbo en mi vida y un objetivo claro: educar a mis hijas en la tolerancia y la bondad, en el respeto a los derechos de todos los seres humanos, y en la ausencia de justicia aún hoy en día en este mundo cuando se habla de igualdad de oportunidades. Y, obviamente, a que luchen y se posicionen y mojen por esa igualdad, independientemente de si tienen más fortuna o menos en la vida, de si estudian más o menos o del camino que escojan, pero siempre desde la dignidad y la libertad, que habrán de reivindicarla aún ellas, al paso que va la burra. Yo, como su madre, soy la primera que ha de reconocérsela. Y educar con el ejemplo de la independencia, la responsabilidad y el amor. El objetivo. Que se marca, poco a poco, por etapas…

Me mata y produce una sed ansiosa no escribir. Por eso, previo a la publicación de los desnudos artísticos y la zona de pago de la eviesfera, he necesitado abrir esta caja de texto. Estoy abrumada por las peticiones y la cantidad de personas que me han dicho que quieren suscribirse.
Entre el shock de lo inesperado de esto, un poco de disgusto que tengo por algo muy privado que me ha dado una bajona de líbido preocupante en mí, sucedido estos días atrás, y problemas técnicos ya solventados pero que han retrasado la publicación del site, llegué al viernes con la ansiedad a tope y descontrolada. Debía haber hecho refuerzo, con valium o alprazolam, pero me parecía un retroceso y no me quería quedar groguie, tampoco, para poder seguir trabajando el diseño y la edición de imágenes del catálogo.

Y hoy ya no puedo más. Tengo que desbordarme en palabras, hace muchos días que no publico texto, un post, y esto ya me supera. Necesito disculparme por mis quejidos, estos, y prometer que no volverá a suceder.
Que nadie me apartará la vista del frente. De adonde voy. Que si necesito escribir porque en el antro hay mucha gente que está deseando ser “enemiga declarada en público” y otra tanta que se desentiende de las cosas que han hecho y el grano de arena que pusieron en la montaña, pues que no pasa nada. Vengo a mi rinconcito de serpiente, de toda la vida virtual que conozco, y vierto mis escamas aquí. Me mudo y paso a la siguiente fase y me dejo de esa gente.
Gente que no va de cara. Emisarios, esbirros, que se codean con personas importantes para mí. Asqueo. De repente ver que la masa se unifica. Que se utilizan siempre los mismos ataques mediocres pero indecentes, por la incoherencia que encierra atacar a quien dices que es más vulnerable, por una enfermedad mental: “Medícate” “No te hacemos caso, estás loca” “es tu versión, qué mala eres” “tómate la pastilla, no te alteres, tónter no es para tomárselo en serio” “Pide hora en el psicólogo” “Tranquila, señora” “la película que te has montado”

Y un largo etcétera. Doble moral. Cinismo. Cara A y cara B. En los públicos una persona y entre bamabalinas y en privado otra. En la cara principal, la sonrisa blanqueada. En el patio trasero, una personalidad secreta con gabardina y sombrero, que dice no poder dejar de leerte y te llega a asustar. Te asusta y molesta tanto esa actitud que pensaste en cerrar esa puerta con candado otra vez, la del antro. Ahora justo que no puedes. Que estás pensando en pedir a tus seguidores que ven tus hilos que colaboren con este teletrabajo en emprendimiento, rollo amateur.

Pero que iré invirtiendo y mejorando, porque soy una perfeccionista cansina de mierda, en la calidad del material, si va bien, no lo duden.

El éxito radica en tener buen producto y materia prima, como toda buena cocinera que se precie de serlo sabe de sobra. Espero que salga todo bien y les gusten, a mis seguidores y seguidoras interesados, los nuevos contenidos.

Yo lo que necesito es el amor de mis Chan, bailar, escribir y ser libre e independiente, para mejorar con lo de la ansiedad. Para vivir más a su lado, disfrutarlas más y para que alguien les hable de su abuela Agus.

Como agua en el desierto, la libertad.

Esencia.

En los recuerdos.

En los dilemas morales.

En las llagas que aún sangran.

En los secretos a medias que nunca gestionaste y que no te dejan vivir.
La sensación de injusticia en el trato de tu propia sangre. Y que la historia se repite, generación tras generación, aunque atenuada por el paso del tiempo con su intrínseco grado de progreso y evolución de la estirpe.

Humanos todos. Y aún hoy la lucha está en la conquista de la igualdad entre seres humanos, y lo que te rondaré. Siempre recuerdo ese “piano, pero avanzamos” de Fétido, comentando en el primer texto aquí en que traté con franqueza del origen de mis propias taritas, por la desestructuración del núcleo familiar, a la muerte de mi madre, contando aún la peque nueve años. Aquél 8 de marzo con los “PRÍNCIPES AZULES QUE NO EXISTEN”, que es mi esencia: el grito de sé feliz, mujer.
Por eso sé que no entienden cómo amo. En mi esencia no está el amor romántico con exclusividad y pertenencia, si no todo lo contrario: amar a todas y todos, más y de mejor manera, si se toleran pero saben poco de ellos entre sí. Y tienen sus relaciones también, más del día a día o convencionalmente estables; quizá alimentan sus perversiones ocultas, quizá sienten deudas, por prestar un gran apoyo presente o pasado, puede que sean solo picoteos ansiolíticos, incluso, en ocasiones concretas, pero saben que te tienen a ti.
La misma esencia de mi Silvi, a la que hace años que no puedo abrazar y echo mucho de menos. La primera mujer que me atrajo pero con la que nunca di el paso de besar la boca más bonita y perfecta que en mi vida vi.

Es tan irónico que hayan pasado tantos hombres heterosexuales por mi vida que pensaron presuntuosamente que amarlos significaba tenerme a sus pies, retenerme, o todo lo contrario, que tenían derecho a juzgarme o rechazarme con desprecio. Claro que también tengo mucho material para reírme, esa es la parte buena de esto. La mala es que he tenido que salir con portazo y mandando a la mierda muchas veces.

La independencia es mi esencia. Y es lo que perdí y por eso entré en fase marchita. Cometí tantos errores. Desde la idealización, diría alguien. Y que luego me machaco. Y que mi conducta terca y cabezota me aboca a intentar ganar una guerra que está perdida. Desde el momento en que me afecta por mi propio comportamiento. (Que luego aborrezco. Cuando no hay remedio).
Esta reflexión es incontestable, es un certero análisis. Y ha sido capaz de leerme muchas veces, pero lo que no estaba en el texto. Y venía a darme amor. Ya está. Me enternece que me conozcan así de bien y sepan calmarme y pasarme la mano balsámica, hacer la caricia verbal que una mujer del volcán necesita para templar. Y del enfado repentinamente prender la aulaga… (por eso te evitaré y no iré nunca, tramposos…)

La chispa de la ternura.

Esto ya lo había visto antes, mamá. Como dije, intergeneracional pero atenuado en mi caso. Tú dejaste la escuela a los nueve, te sacaron, mejor dicho. Yo habría seguido estudiando (y probablemente, también como escribí una vez, hoy sería tres veces más gilipollas, con título, y por ello, más mediocre)
o retomado Químicas, con mis Mates I aprobadas a la segunda*, de lo que siempre me he sentido muy orgullosa. Hay que conocer al nefasto narcisista que impartía un verdadero hueso de asignatura, en mi época de Plan Antiguo.
(*Agustina contando a medio Gamonal que su hija había aprobado la que dejan para el final y usan convocatorias de gracia para licenciarse, a la 2ª…)

Candelita y el pensamiento abstracto, a vista de pájaro…

Saber amar es un compendio de experiencias, en las que todas cuentan, no solo las relaciones de bodas de plata y las más estables, independientemente de la simetría en la reciprocidad y el deseo, y otras cuestiones básicas, como la dependencia económica que ata y pudre relaciones, sino también saber gestionar los procesos de ruptura, desde cualquier orilla del río, bahía, pantano, puente… seas quien más amaba y dependía del cariño del otro, sea equilibrado -y maravilloso- para las dos partes, y también, y la más importante para calificar como alma sensible, es cuando se rompe o estás en el lado del que menos expresa y siente las descargas de los dos. Ahí es cuando tu experiencia vital demuestra que has adquirido conciencia de lo que es el dolor de un corazón roto. Y no lo harás. No lo quieres hacer y eso es lo que cuenta.

La intención.

En esencia, echar de menos no es suficiente.