Mórdex.

Un día cualquiera. Pero están muy cuesta arriba; jornadas de luto y de devastador dolor que no se puede vivir a la manera de uno. Ahí en ese lugar infecto, te dicen hasta cómo ha de sangrar el corazón tuyo. Dolida vengo, desde hace días, y no sé explicar bien mis sentimientos. Diría que la perplejidad me tiene paralizada. Qué manera de arrancar entrañas ajenas.

Desempolvando las sonrisas. Las de emergencia. No hay certeza de un estado de ánimo que las acompañe. Sí hay, siempre la hubo, de tener disposición para la risa y la carcajada.

Las manos cada vez marcan más las venas. Con uñas largas y cuidadas serían más bonitas. Pero también más incómodas. Y no solo para teclear, limpiar el baño, fregar los platos. También puedes hacerte pupita al masturbarte con ellas.

“No te las muerdas, hija…”

Las dejé largas, mucho, para ese día. Nunca aguanté demasiado tiempo sin cortármelas, con rabia por estar harta de enganchármelas con todo. Y sin embargo, lo hice por ella. Entre todos los actos de homenaje, me quedé con el más absurdo. Pensaba que, de haber estado, le habrían gustado.

Qué tontería, mamá. De haber estado a mi lado en 2011, estoy escribiendo. No se habría celebrado esa traición a mí misma. Y recuerdo, ahora sí, sonriendo, cómo me divertía hacerte rabiar con eso: “Yo no me casaré nunca”

Y tus bromas: “Hija, tú cásate con un abogado, un ingeniero… alguien con posibles, que nos saque de pobres“. Mamá y su sarcasmo.

Tú sí que eras un ejemplo de entereza. Una cómica de barrio y una jabata en la lucha. Lo que me fastidiaba ir contigo a la compra. Mucho.
“Mamá, por favor, si te encuentras con gente no te pares media hora a hablar, que tengo examen de Historia esta semana y lo llevo fatal”
Y entender que le daba la vida, tantos años después. Que la tristeza era cruzar el umbral y esperar la monotonía de la incomprensión y los sueños rotos. Porque ni la tienda de él ni el restaurante tuyo. Pero se intentó solo lo primero.
Carcajadas.
Y media hora no, era hipérbole. Pero para uno solo de los encuentros casuales. En total, teniendo en cuenta que en la ida tres o cuatro y en la vuelta otros tantos, a diez minutos de media, raro era el día que te acompañaba y estábamos en casa antes de tres horas desde la salida. Sin embargo, a pesar de mis prisas, no te podías aburrir, era imposible contigo. La popularidad esa que yo rehuía, espantada por mi innata timidez, que te frustraba.
Pero no una popularidad frívola, sino todo lo contrario, de buena vecina. Interés y voluntad en ser alguien con quien todo el mundo quiere echar una charla, por rutinaria y anodina que fuera. Que en absoluto.
Carcajadas: “Ay, Agus, eres tremenda, qué cosas tienes. Ya te hiciste socia este año que hemos subido a 2ªB?”
Y yo cagándome en todo porque con el fútbol era previsible que se enrollara más la cosa. Otros diez minutos mínimo y el tocho de Historia Antigua a examen, con el profesor más pedante que tuve en mi vida, esperando en mi mesa de estudio. Porque además tenías confianza ciega en mí, como estudiante responsable.

Tienes una nieta que es como tú. Igualita, con sus ojos sonrientes desde que nació. También es como yo, en realidad, porque al final caló y es otra de mis dualidades. Tímida y desinhibida en privado, con gusto por el cambio rápido de registro. De la tristeza a la payasada en décimas de segundo.

La amargura de saberte hecha para el disfrute de todo lo que no has visto ni conocido. Y a la vez sentirme obligada a cambiar el chip. Pero no por ellas, eso no. Ellas no me obligan a cambiar el chip, lo que hacen es provocar el cambio con sus ocurrencias. Si no fuera por ellas… yo no sé, mamá.

No me gusta el antro de las vanidades porque, cada vez más, observo una creciente dificultad para ello. Y porque hay risa frívola. Malvada. Mofa hiriente de la que a ti no te gustaba un pelo. Y es mentira que quienes la practican tengan un sentido del humor mejor que el tuyo. Que el mío. Esa patraña de que se ríen de sí mismos, también. Eso no es posible si no viene todo en el mismo tarro de esencias, envuelto por un papel de estraza humilde. La importancia de entender que no se ríe uno de los demás mientras no sabes reírte de ti mismo. Y, aún así, comprender que hay un límite que nunca se traspasa. Humor negro, humor blanco… humor boomerang. Primero tus cagadas y luego, cuando te hayas asegurado de que no eres un mediocre que hace chistes de tópicos manidos, plagiados, bajando la testuz cuando así lo ordena el monarca de turno, aceptando guiones que no estaban previstos y que sobre la marcha van licuando la poca gracia del sombrero cascabelero, que tenía su propio, personal y jocoso estilo.

Amargura, mamá. Lo trae la depresión. La enfermedad no diagnosticada que interfirió en tu curación. Sin duda.

Y lo de las uñas, que te tenía desesperadita, se soluciona con un esmalte transparente que amarga mucho. Pero daba igual, no fue útil porque me costaba más estar sin practicar el mal hábito que chupar el mejunje para evitarlo. Y te chivaste a mi tutor, mamá. Para que intentara colaborar contigo en lo de que no me mordiera las uñas. Para que me llamara la atención si me veía echarme los dedos a la boca en sus clases. Y vaya que si lo hizo. Pero el mórdex siguió sin ser impedimento. Pasaron muchos años sin volver a utilizarlo.

Y cuando lo volví a usar, fue por recomendación de un pediatra, desesperada por destetar, con el no ofrecer pero no negar, a tu nieta la rubita, que no soltaba la teta y hubo que “amargársela”. No, no es cruel, aunque ya sé que te lo habría parecido.

Mujer dura, resiliente, pero dulce, contadora de historias, alguien dicharachera y reconocida en el barrio como auténtica. Eso aprendí. De puertas para dentro, ese pan con vino y azúcar, esos cigarros bajos en nicotina, que yo aborrecía. Para calmar el agobio de la soledad en la lucha, de las muestras de indiferencia a tu padecimiento.

Amargada nunca. El chiste a punto, la vacilada y el punto de encuentro. Y cuarenta días de hospital y una enfermedad que lo cambiaron todo. Una tristeza infinita con la que no quisiste vivir. Para eso no, pensabas.

Una última tarde, antes de perder la conciencia, de ti tal y como te habíamos conocido, inducida por los fármacos que acelerarían tu adiós pero que te devolvieron horas de alegría y planes para ir a los toros en Sampedros. Cada tarde invitada por una persona distinta que te quería acompañar, compitiendo entre ellos y devolviéndote la risa a carcajadas antes del inminente desenlace, que nos parecía increíble y que tú no sabías y nosotros sí.
“Horas, días, quizá una semana. Lo lamento mucho”, dijo la oncóloga.

Y tu cara feliz, jovial, mientras te llegaba la hora, mucho antes de la primera bajada de las peñas de ese año. Qué trago. Pero qué maravilla, también, que te fueras de ese modo.

Amargo mórdex, amargo amor, amargo el lúpulo.

Y mi rabia flotando estos días por amarguras superficiales, banales, idiotas, de personas que hablan del sabor amargo sin tener idea de qué es eso. De amargar vidas, pero solo las suyas. De gente que no le echa azúcar al vino en pan. Que sólo odian y por eso no saben amar. Que se creen dulces clementinas y son pomelos de dieta. Que no saben lo que tienen a su lado. Que se mienten y que engañan como resultado de eso. Que se erigen como narradores omniscientes y no llegan ni a personaje secundario del primer olvidado capítulo.

Gente que esparce hiel, mórdex, que no saben amar ni tocar ni abrazar ni dar sosiego al alma.

Lo peor de mis depresiones, mamá, es que escupo bilis y verdaderamente me odio por ello, al pensar en tu manera de ser y en lo que veo de menosprecio hacia ti cuando tengo unos ojos que son los tuyos en mis hijas, tus nietas.

Heridas que no cierran en sitios donde no me conocen.

Y yo caí en un amor cruel, mamá, y me siento estúpida. De un compañero de la pura amargura. Y la pura amargura lo apartó de mí. Me duele que haya conocido mi lado dulce y paliativo y haya escogido la hiel. Pero no permitiré que se quede. Se irá el ricino que dejó de ella.

No seré yo, pero a ti no te descalzan. Yo soy agridulce, no seré dulce, pero no soy amarga.

Con el tiempo dejará de doler y empezaré de nuevo, con tus ojos negros, con tus bailes y tu vida sin decisiones libres que no amargó lo suficiente. De qué se quejan, de qué. De algo muy negro, tal vez. Del dolor de los demás que no es amargo. Como el suyo. Ahí no convive ni siquiera el cariño, de puertas para adentro. Bien lo sé, lo he visto muchas veces en contraste con tu actitud vital.

Con una semana de untar pezones bastó. Y ya no volví a ver el Mórdex...

Porque sí: me sigo mordiendo las uñas cuando estoy nerviosa.

<< Dejadme de hablar no me hace reír, la gente normal se podría morir…
¡Qué sonrisa tan rara!>>
EXTREMODURO | AGILA | 1996

Ego sin alma.

Estaba ya fuera de juego. Una y otra vez las expectativas, que consistían en creer que si ayudaba a reflotar su auto-confianza, nunca lo olvidaría y lo tendría en cuenta en caso de necesitarlo ella. Porque le decía lo bueno, sus cualidades y puntos fuertes, pero no se callaba si lo veía hacer algo que estaba mal o que a ella no le habría gustado, a cualquier persona.
Y él decía que ella era adorable, dura por fuera, pero muy sensible y blandita por dentro. Sobre todo de puertas para adentro, en la intimidad del hogar, salvaguardando la relación de juicios de desconocidos, que por propia y precoz experiencia, sabía devastadores para dos que se aman. Muy orgulloso de estar con alguien con coraje y valiente, decía. Que la quería así como era, y que de esa manera de ser estaba enamorado, porque le había servido para crecer en humanidad. Era la cantinela.

Vivir al lado de alguien que, durante muchos años, repetía frecuentemente que la influencia de su gran corazón le hacía ser mejor persona. Y que la base de ese amor y las razones para estar agradecido y loco por ella derivaran directamente de comprender sus errores, propios de quien tiene graves problemas de autoestima por necesidades afectivas no satisfechas en la infancia. Una férrea y autoritaria figura paterna incapaz de amar incondicionalmente, todo el lote: lo que te gusta y lo que no de quien lleva parte de tu carga genética.
Por su parte, ella sólo hizo que creer en él, en sus palabras, aunque nunca pusiera límites a la intromisión continua ni la defendiera de quien le hizo un terrible daño a su confianza en sí mismo. Ser ella la parte fuerte del tándem y que llegara un día en el que él la descuidó, tal como si se hubiera convencido de que era como una piedra sin sentimientos, porque no se arredró ni permitió injerencias.
Descubrir un día que las injerencias se debían a que, a sus espaldas, él contaba la vida privada y familiar, presente y pasada de ella, desde su prisma adaptado a lo que querían oír, porque no era cierto que no necesitara su aprobación ya, como él decía. Les había abierto la puerta de atrás y había ido juntando granos. Sobre cuestiones familiares en las que ella era hermética. Más aún con gente como ellos, tan dados a opinar sobre la vida de los demás.
¿Por qué? ¿Para qué? Para ganar puntos perdidos con respecto a los otros, que sí habían sido, al menos en apariencia, los hijos modelo soñados. Para ganarse una confianza jamás tenida ni trabajada por los progenitores, sino todo lo contrario, ya que eran hijos temerosos de contradecir imposiciones absurdas y, por eso, ocultaban sus andanzas y mentían constantemente. Para que, si un día la historia de amor acababa, que fuera coherente el relato de “está loca y no sabe lo que dice“. O algo así.
Juego sucio. Porque ella no contaba lo que habían hecho desde que era un crío, los menosprecios, los “idiota” recibidos por un padre que menospreciaba a un niño excesivamente sensible “para hacerse un hombre”. De los que el Don entendía como tales.
Porque a él era a quien correspondía, algún día que nunca llegaría, poner las cartas sobre la mesa y decirles cómo le habían hecho sentir. No a ella. Enfrentar la realidad de sus nocivas relaciones familiares era cosa suya. Tendría que ser él, esa era la parte que le tocaba, donde ella no iba a intervenir nunca, porque sin hacerlo ya la culpaban del alejamiento de su hijo. Porque la escogió a ella para compartir su vida a distancia del juicio inquisitorial y la intimidad vedada. Por muchas ganas que a ella le dieran en ocasiones de “cantarles las cuarenta en bastos“. Por mucho que él supiera que ella a los suyos no les consintió nunca una mala palabra sobre él y que incluso sus relaciones con ellos se vieron afectadas, en forma de alejamiento, por criticarle incluso aunque fuera en protesta porque veían algún gesto de desprecio hacia su hermana, y trataran de defenderla. No lo permitió, ni lo alentó. Y, aunque así hubiera sido, jamás llegó el entrometimiento en sus vidas a estar ni remotamente cerca de la que sería familia política por un montón de años.

Haber vivido cómo le veía su entorno, con infravaloración y mofa de sus capacidades, criticando continuamente su aspecto físico, su valía, su manera de ser que no encajaba con el resto de la tribu. Contrarrestarlo; intentar ayudar en lo que estaba en su mano para quitar esas ideas nocivas sobre sí mismo que le lastraban. Apoyarle en todo lo que pudo. Todo. Siempre.

Y llegar el día en que necesitó que ocupara el mando y no permitiera que se lo hicieran a ella, en momentos delicadísimos en la vida de casi cualquier persona.
Naciendo la prole… hacer abuelos a dos personas que nunca pudieron perdonar que no les escogiera a ellos y la permanencia en la ciudad natal.

Sentir ese daño que le hicieron a él en carnes propias en el peor momento: durante cinco largas semanas metidos en su casa, imponiendo sus costumbres, invadiendo la intimidad de ella, incluso, con insólitas escenas de sobresalto, de transgresión de la alcoba conyugal del hijo, yendo a rezar por sus “pobres nietas” al templo, “que lo van a necesitar...”

Ver que lo permitía, que los disculpaba, que era ella quien debía ser tolerante con personas que fueron a su casa en modo vacacional. Que dijeron literalmente que había cogido un avión “para estar con él, cuidarlo y hacerle compañía…“, en palabras de la madre. Tal y como si fuera él el recién llegado a este mundo loco.
Hacerle compañía, que descansara de su paternidad estrenada por cesárea y echase la siesta mientras ella estaba sola, en el hospital y recién parida. No. Sola no. Si los enfermeros, enfermeras y auxiliares hablaran… Hasta el obstetra y el pediatra de maternidad iban a la habitación y quedaban perplejos de que casi siempre estuviera sola o con su hermana. La que estaba de mañana el día del alta se quedó con las ganas de decirle al nuevo papi cuatro cosas ese día. La que le ayudó con la lactancia, tres cuartos de lo mismo.

El día mismo que ingresó, horas antes de la intervención programada, para el pre-operatorio, hasta un celador les echó la bronca cuando no llevaban ni media hora en el hospital. Pero personas educadas y pacientes, que están curtidos en ver ese tipo de escenas, bastante tienen con el gran trabajo que hacen. Quedó en nada, finalmente … salvo un comentario confidente al día siguiente, cuando ella ya estaba más centrada en las nuevas vidas que dependían de su abrigo y protección.

La que no se calló fue la hermana, el día que llegaron con dos horas de retraso, alrededor de las cuatro de la tarde y después de echarse la siesta, para que ella pudiera llegar a clase del ciclo de artes gráficas que estudiaba. Sin haber pisado ninguno de los tres, ni papi ni abuelos, en toda la mañana. Otra loca más, según el Don. Montaron la mundial. Para qué detenerse más en esos pensamientos, fue duro y horrible enfrentarse, nada más parir, a la realidad de la familia que sus hijas tendrían que tratar. Porque, claro, ellas tampoco se salvarían del juicio continuo, ni siendo bebés siquiera.

Qué mes, qué angustioso le era aún recordarlo. La invasión brutal e irrespetuosa de la intimidad, como que fuera la propia casa de ellos, con sus mochuelos dentro. Porque así los veían y así los trataban aún. Con condescendencia y como que no fueran adultos.

Y no mejorar. Desde que la cagó cediendo con pasar por el aro del casorio, notaba claramente que Don y Doñita pensaban que eso les daba más derecho a invadir. A peor. Y peor. Y peor. Y empezar a afectarla gravemente. No ya el juicio continuo sobre ella, sino que protestar en privado para que él lo parara; Y no hacerlo nunca. Llegar a pedirle que se callase en momentos en los que se intentaba defender ella misma. Sufrir tanto por la falta de empatía y de reciprocidad en el amor, viendo cómo le importaba más que no pensara el Don que es un “calzonazos“, como por el empeño de negar la evidencia.

Y un buen día, empezar a escuchar comentarios hirientes. Sobre su físico. Sobre su familia más cercana y querida. Y lo peor: para defenderse del reproche de que no ayuda suficientemente ni con la prole ni con la casa, minusvalorar ese trabajo valiosísimo de cuidados y organización del hogar. Es decir: menosprecios claros a las “amas de casa” convencionales, ya que la suya era de otro tipo; una niña bien privilegiada por ser hija de un afín al régimen, que estudió y opositó y trabajaba fuera. Porque todo va pasado por el filtro de su hermética casa paterna, en la que ningún amigo se quedó nunca a dormir, al igual que no les era tampoco permitido a ellos. No fuera que vieran otro tipo y manera de funcionar que no era la de su núcleo totalitario. La de su madre, por ejemplo, respetando la intimidad de los hijos y dando más valor a la escucha y al conocimiento de los problemas que puedan surgirles, para dar apoyo emocional, que a las cosas materiales y los caprichos, que también los tenían y no siempre podían satisfacerse.

Menosprecio continuo, deliberado y mucho más agudo cuanto más desorden y suciedad les rodeaba, de los trabajos físicos y manuales.

Y empezar a morir el amor. Y ya no tener ganas de dar ánimos cuando viene a mendigar comprensión y empatía. Y perder él lo que tenía en ella, un apoyo incondicional. Era irremediable porque no sólo no hubo ni comprensión ni cariño ni apoyo ni responsabilidades asumidas como propias, sino que hubo machaque y abandono. Soledad y desamor. Hielo. Ahí ella ya no podía darle ánimos ni subir su autoestima. Era su turno. Le tocaba a él e hizo lo contrario de ayudarla a salir de esos complejos, en gran parte por él creados.

Y cuando cesó la admiración y ella, por sus problemas de salud, ya no pudo dar lo que le daba, amor propio y confianza en sí mismo, en lugar de tratar de arreglar el estropicio, optó por buscar a otras personas que de nuevo le hicieran sentirse el mejor. Pero por la vía de la adulación y el peloteo interesado. Cuando le advirtió de eso, no hacer ningún caso. Y cuando le dijo que esas personas destrozarían lo que quedaba en el brasero, no querer escuchar en absoluto las súplicas pero hacer como que sí y ocultar. Cada vez más. Mentiras por omisión y mentiras explícitas y evidentes.

El narcisismo extremo, el de quien cree que sus mentiras son verosímiles porque el de enfrente no es tan listo. A medio camino del Don.

El silencio perpetuo.

Cuándo empecé a callarme lo que me hería profundamente. Pues no sé concretamente la edad, porque mi memoria ha borrado el momento en el que sucedió el primer abuso sexual de uno de los miembros de mi familia. Un tío segundo, fallecido hace mucho tiempo ya. Creo que tenía seis años, como mis hijas ahora. Pero quizá siete u ocho, no estoy segura.

Cuándo empecé a ver que mi palabra valía menos que la de mis hermanos y los demás hombres de mi familia, en general, tampoco lo sé. También siendo muy niña.

Cuándo empecé a pensar que si contaba no me creerían… creo que con doce o trece años, más o menos.

¿Saben lo que es buscar a alguien que te escuche lo que te pasa y sientes y no te juzgue o piense que le estás pidiendo su opinión, como que fuera un debate? Yo no.
Ni siquiera los especialistas en psicología con que me he topado han tenido capacidad para ninguna otra cosa que no fuera técnica. Nunca, y digo nunca, me he sentido aliviada en consulta por ningún médico ni profesional de esa especialidad. Han sido una de atención primaria, que duró seis meses escasos en el centro de salud (en cinco años en el que es ahora de referencia tendría que hacer memoria para precisar cuanta gente distinta me ha atendido) antes de que la trasladaran a otro, y el de digestivo, después de diagnosticarme Doña Clara, los dos únicos que me han aliviado y comprendido de verdad.

La gente, aún queriéndote, no sabe escuchar lo que te pasa. Ni quiere. Quiere tener la razón y darte sus valiosos consejos. Aunque no los hayas pedido y aunque lo de valiosos no sea una percepción del receptor sino del emisor del puto consejo.

Estoy muy cansada. Muy agotada con eso.

La persona que más me odia del antro tuvo la osadía de decir, en la última pelea de bar de borrachos que quiso provocar, que estaba jodiendo la carrera al padre de mis hijas. Qué ignorante osadía machista. Es al revés, precisamente. Yo despegaba y destacaba en algo que se me da muy bien. Estaba hablado que iba a completar mi formación. Pero la Administración de Justicia es muy lenta. Y una vez acordado que sí, empezaron a llegar las sentencias del TSJ de Canarias y los éxitos. Todo 2019 a los sindicatos detrás para que pasara los autos de los procedimientos que ellos llevaban años sin ganar en la isla. Y entonces empezó no sólo a despreciarme, como hace ya tiempo hacía, sino que a tener celos y envidia y a dejar asuntos pendientes cada vez más gordos y complejos en el despacho, mientras yo estaba día sí y día también mala de ansiedad y de malestar gastrointestinal por el ritmo de vida que impone una persona con cero autonomía doméstica. Y llegaron entonces los cantos de sirena a nuestra barca y se metió en el marrón de la política.

Dejen de hablar sin saber de lo que les pasa a las personas que no dicen lo que les pasa.

Acepten un consejo que nadie me ha pedido.