Caí.

Al fondo del todo, a lo profundo, a esa ola de marejada que te revuelca y desorienta, enseñándote en una fracción de segundo lo delicado de la vida.

Llega sin avisar. Es un estado anímico, el previo, de apertura mental inconsciente. Al igual que se cierran ciertas vías cuando las necesidades están cubiertas, en el momento de la caída se atisba despreocupación. Una especie de desinhibición temeraria, desde el punto de vista de una tímida patológica. Así se llegó un día, con su cuenta de feminista de andar por casa, haciendo el gamberro, con ganas de vacilar, y puso avatares de payasa carnavalera, de lindo cuello, de oferta al vampiro.

En junio no había nada que hacer ya porque en junio había decisiones tomadas que no incluían tratar como una adulta a la del avatar de los ojos tristes.

Un día se dirimía lo que era lealtad en mi mente, tratando de descifrar dudas acerca de quiénes merecen lealtad en la vida de una persona. Y descubrí sobre mí misma que a lo único que reacciono explosivamente es a la confusión. Pueden darme la noticia más demoledora del mundo para cualquier ser, que si entiendo las razones que han llevado al desastre, el duelo será más llevadero. En cambio, cuando sucede algo traumático e inesperado y eres muy joven, no entiendes muchos de los códigos utilizados por la gente que te rodea. Para ellos Agustina era un personaje, alguien con carisma que no se callaba sus opiniones y apreciada por sus vecinos. Para mi era mi madre, muy joven, deprimida e infeliz cuando murió. Esa linea que la gente no entiende, entre saber de la cruda realidad de los Nadie, y vivirla. Tras años de tratar de entender, de desagregar confusión a los motivos por los que la muerte de mamá fue más causa de contratiempo para la felicidad de unos que la de otros.
Y desde la serenidad, pensando en qué opciones tenía, -pocas o ninguna-, ser benévola con todo aquello que quedó como pudo, pues no supe hacerlo mejor. Todos estos pensamientos que rodean al mismo hecho: prefiero el palo y la verdad. Pronto. En cuanto esté lista y sacada del horno. El tiempo es muy importante para mí, aunque para quienes solo miran la carrocería yo esté lozana y apetecible aún. El tiempo es importante hasta la extenuación, para esta loca Reina Momo. Y un señor gris me lo robó. Mientras yo le ofrecía, cual discípula del Gran Vampiro, un cuello del que luego no quiso beber. Él está sobrado de tiempo, por la inmortalidad del forajido en redes. Me ha robado no solo el corazón. Caí en darle mi tiempo, mientras decía cosas hirientes del tipo “las obsesiones no son buenas”. Caí en unos brazos que no querían abrazarme. Sólo llamar especial a lo puramente carnal, sin entender que el deseo, en el amor, trasciende a la piel. Se desea y quema, arde, aunque no se tenga cerca, lo que se ama. Se cae en la inspiración contemplativa, tiemblan músculos, se erizan pezones a distancia. Con una palabra. Con una canción.

Y el cínico lo sabe. Y no se da la vuelta, sigue de espaldas en el taburete de la barra. Pero habla alto. No quiere que le oigan solamente los que comparten su corro.

Ecuador: 21.

Los números, las fechas, las edades…

Porque yo 21 años tenía cuando se murió, ella 45, le faltaban dos semanas para los 46. Ahora tengo 42, y este año ya llevaré más tiempo de vida sin ella que con ella. Es la marca. La conjunción del paso del tiempo, una dimensión fascinante para mí, con la consecuencia natural de que para ella se parara el reloj, que consiste en acercarnos a su edad, en ese momento. Y “una se te va y otra se te viene”, expresión muy frecuente en madre.

Es extraño tener a veces la sensación de que cada vez echas más de menos, creándose un mundo onírico y edulcorado alrededor, que parece ser el motivo por el que las personas idealizamos, igual a la persona amada que al ser querido ausente. Mamá era terrible porque estaba enferma y no la ayudábamos. Terrible en el sentido de difícil de tratar cuando le daban las bajonas. También cuando estaba bien era maravillosa. Arrastraba muchos daños de la niñez. Estaba muy frustrada por no haber podido estudiar. A los nueve mi abuela no le dejaba ir a la escuela ya, con frecuencia, para que se quedara a atender las tareas del hogar mientras ella hacía otras labores fuera, como la colada en el río o ir al pueblo de al lado a hacer recados. Una infancia muy dura. Y siempre en mi memoria sus lágrimas, en el hospital provincial, tras el diagnóstico y la noticia del traslado a la primera planta del Yagüe, las trescientas camas, el viejo hospital, del que la última vez que estuve en la aldea vi un solar con escombros.
Las lágrimas no eran por el diagnóstico del linfoma, que afrontó con entereza al principio, sino por mi decisión ya tomada y comunicada en ese momento, de que dejaba la carrera para matricularme en un grado superior de FP, Análisis y Control de Calidad, donde encontré a la que fue mi mejor amiga durante años. Aquello le partió el corazón y me hizo prometerla algo que no cumplí. Que la retomaría cuando todo pasara. Y, en ese momento, que todo pasara significaba “cuando te recuperes de esto, mamá”. Corría abril de 1998, diez años desde el fallecimiento de su padre, mi abuelo Raimundo.

Y acercándome ahora a la edad de ella cuando me faltó, cuando son dos décadas más uno, ya, es un luto con duelo sangrante este. El de saber que te ha hecho falta en momentos decisivos de la vida. Como casarme sin estar ella, que nunca me lo perdonaré, mientras viva. Como ser madre.

Siempre pienso en la misma escena, en la del follón en la habitación del hospital el día del mal agarre con la lactancia de Lola. En qué habría cambiado de estar ella. A cuántas cosas probablemente no se habrían atrevido y cuántas otras tantas mamá no habría permitido, evitando el desastre, con antelación.
Es un apoyo que sencillamente no tengo ni he tenido, en todos los años de relación de pareja con el hombre más importante de mi vida, el padre de mis hijas. Y a lo que me he tenido que enfrentar, en este caso, es a la tristeza de siempre salir malparada y que quien se supone que te ama lo permita una y otra vez. Creía que, aunque nunca fui “santo de su devoción”, cuando les hiciese tíos y abuelos empezarían a respetarme algo. Craso error. Se creyeron con un incalculable poder de intromisión, por obra y gracia del mestizaje entre clases sociales… ellos eran quienes sabían lo que había que hacer, independientemente de lo que yo quisiera.

Y entonces pienso en ti, mamá. En la complicidad de la abuela con papá. Y en el abuelo, en quien te apoyabas porque él sí veía. En que se te llevó un poco la salud esa tristeza de que no estuviera él para darte su apoyo, su amor, su alegría. Su comprensión. Y murió de un cáncer durísimo. Aguantó tres años, luchó estoicamente, pasó perrerías. Dos cirugías. En la última la metástasis era invasión. Fueron de la creencia tradicional de que muriera en casa, en lugar de en el hospital. Para al final no querer estar en su propia cama. Pasó los dos últimos meses en una habitación para visitas con dos camas de noventa. No soportaba dormir con mi abuela. La ocurrencia tuvo como consecuencia mi primera imagen imborrable de la memoria: mi abuelo semi comatoso recibiendo una alta dosis morfina. Hay un hilo invisible que me conecta emocionalmente con ‘El paciente inglés’, la peli de Minghella, en la trama posterior al accidente, que consigue que la administración de los opiáceos me resulte un bálsamo. Se relaciona con esa estampa. Y mi abuelo avisando a los adultos de que estaba yo en la puerta, mirando, apuntándome con un dedo. En un hospital aquello no habría sucedido. Soy la nieta mayor y la que más tiempo compartí con él. Tenía once años, en ese momento. Recuerdo ir a casa de mis abuelos y estar él muy delgado y cambiado y yo no saber qué decir. Siempre fui tímida, pero con mi abuelo no. Pienso en que han conocido a la bisa, pero no al bisa. Pienso en mamá como abuela de mis niñas y se me parte el alma.

Lo que mejor habla del papá de tus nietas es que siempre, siempre que le hablaba de ti, me decía que estarías orgullosa. Y que siempre mostró curiosidad y escuchó con atención todo lo que le hablé de ti.

Mamá, he tenido miedo. Mucho miedo. Muchísimo. Y ya voy a tener que olvidarme un poco de este dolor de no estar tú para cuidarme a mi, tantos años, la mitad de mi edad, para no ponerlo como excusa para caer en la melancolía. Porque sé que no es bueno. Sabes que no es bueno y no he conocido disfrutona de la vida como tú mamá. Me habrías entendido todo lo que hice el año pasado. Pero no lo que sigo haciendo… ya no. Ya estarías de parte del que me enciende a diario, porque se enciende a diario conmigo; que te da lo bueno, puesto que ambos sabemos ya que para ninguno de los dos es justo que el otro se coma lo malo.
Que te habría dicho “muy bien, hija” a todo lo que le escribiste al vampiro en aquella misiva de mayo. Y que me lo habrías quitado a tollinas de la cabeza después de lo del cumple, cuando hizo una algarada por una bobada de mi propio culo, de cachondeo con mi ex en un chat. No tenía sentido, no lo entendí, no me lo explicó. Nunca lo explicó. Ahora que sabes que alterna en el antro, desde el mismo día que salió por la puerta de emergencia, con peña que muestra conversaciones privadas serias y las pasa a toda la parroquia. Ha visto todo y de todo. Ya no sirve justificarlo porque está en la inopia. Mamá te diría que no se justifica todo eso, ni con amor.
Si le enseño yo, pasado un año, a mi mama esa carta, si ella estuviera, me pondría a gilipollas que se queda sola. Entre carcajadas, para desdramatizar y que se me baje del pedestal ése en bata y pantuflas. “Pues a otra cosa, mi mariposa linda”
Y si viera a la Flor, de la que el abuelo se perdió todo. A las mambitas. Ella se pierde todo eso. Y yo tengo que pensar, empatizar con quienes me juzgan sin conocerme o con quienes juegan sucio. Con lo que encarna mi madre nadie empatiza, solo yo puedo en todos los inputs. Quien quiso, no pudo, y se le partió la vida. Solamente yo y tengo esa certeza. Nadie, ni mi padre ni mis hermanos pueden entender a mamá como yo hoy en día. Y de la comprensión que da la madurez y el recorrido por recuerdos anclados y otros difusos, junto con la experiencia vital, surge esta angustia de que se marchara con tanta premura. De la ausencia de felicidad en su vida, a pesar de adorar a sus hijos como nos adoraba, desde muchos años atrás antes de dejar de respirar en mi presencia.

Por ti mamá, siempre por ti, que me enseñaste la importancia de ello, estando y sin estar, que seré dueña de mis propias decisiones.
Y corro a los brazos de unos bellos ojos, que me dan amor y fuego, tal y como yo lo entiendo y quiero.

Cuando todo pase, que está cerca, iré con quien me muestra sus cielos, sus caminos, su bello corazón, sus manos y sus anhelos. En el está la cura de los últimos pedacitos estallados.
Ya llegan aviones. Ya saldrán de la islita, también, mamá. A buscar fuego y abrazos.

Inevitable.

O imposible.
Imposible, según su modo, sí. Según el de ella, no.
Por lo tanto imposible, al ser miradas distintas sobre la prioridad.
La prioridad es el amor propio, para no dañar al entorno, piensa ella.
Él, sin embargo, lo ve al revés: no dañar al entorno para tener amor propio.

Ella viene de ahí. Salió mal. No quiere decir que a todo el mundo, pero vamos, que al cabo de veintiún años que hará mañana, lo que decía la Agus: “ni agradecido ni pagado“. Así es como de repente se toma consciencia de que modificar un poco la trayectoria vital y decidir hacerse cargo de cosas que no eran su responsabilidad, es su cagada. Ha de vivir con ello, no es fácil. Por eso ahora quiere ser completamente dueña de sus decisiones y amarse más a sí misma. No cayendo en brazos de desesperados hipócritas.

Evitable era, como ha podido comprobar al mantenerla un año engañada, pensar ahora en todo el tiempo que él estaba cerca, sin ella saberlo. Ahora sabe que sí vio, sí estuvo. Mucho antes de eso, estuvo.
Duele más, no menos.
Ella piensa que debió confesarlo al despedirse.
Ella piensa que realmente no confiaba nada en ella.
Y ahora, por las fechas, puede que el motivo fuera estar ya igual de engañada que la madre de su prole. Con una doble vida en un lugar, el mismo lugar en el que ella se batía en duelo con sanguijuelas, del que él no quería ni escuchar mención… ¡Eso era!
La deshonestidad de estar yendo allí con otro traje, ¿mientras trataba de sacarla a ella de allí? (como último benévolo intento de redimirlo, desde el paternalismo más puro, o el sesgo más malpensado, no sé qué es peor).
Todas las cosas que ella ahora desconoce le llevan a pensar que sí, eso es: tomó su amor por obsesión. Le da la razón un poco con estas letras inevitables en su web personal. Pero… ¿acaso no está justificadísimo volver a caer en la melancolía cuando descubres un engaño de un año de duración que coincide con el aniversario de probar su piel y quedarte corta, cohibirte por miles de razones, por estar reciente lo tuyo y tener un corazón aún esclavo y compasivo con el carcelero, por estar él en una situación similar pero distinta, de intentar rehacer. Y aparecer tú.

Inevitable es pensar que era evitable si el mismo día que ella fue a buscarle hubiera obtenido un no rotundo. Que en absoluto fue así, por eso es un cínico cobarde.

Inevitable es que solamente sea ya un pronombre personal, ni siquiera un pseudónimo, una inicial. El borrado es muy lento, pero ella solo tiene que pensar en que tú eras la pasarela al del equívoco, que está esperando ansioso el rocío de sus labios.