Despacio, a fuego lento.

Esta tendencia, -diría que casi innata-, de entregarme al amor de manera irreflexiva, imprudente…
De no ir a lo práctico y pensar en las consecuencias, en el dolor del fracaso y el desgaste emocional que eso implica, cuando sale mal.
Incluso debería valorar la cantidad de cicatrices y zarpazos en la patata; el estado previo y la huella que dejaron otros, que afectará sin duda a las nuevas relaciones que alumbren el horizonte.


Y deberá ser muy intenso el rayo de luz, porque con el tiempo te arriesgas menos, incluso en casos como el mío.
O mejor dicho: Amo y es difícil porque está lejos.
Probablemente sea mi amante más complejo, pero no por la distancia en sí, que también (obviamente), sino por inocular una extraña y nueva capacidad en mí: reflexionar acerca de mis orígenes en positivo, algo que nunca me ha sido fácil… (Valgan las páginas de este blog personal como muestra de ello =).

Es sabio, de una manera sencilla, austera, exquisita, todo al tiempo.
Al expresarse así de bonito fue que me conquistó.
Me había fijado en él. Me parecía atractivo.

Y un buen día se dirigió a mi. Como nunca nadie lo había hecho antes. Fue instantáneo, casi. Yo me dije “Ay” muy rápido, me picaba mucho la curiosidad.

Como una adolescente“…

Ir entendiendo su conducta íntegra, su respeto escrupuloso. Y querer que esté bien. Que ría. Que siga disfrutando de la música, de la vida que merece tener, del amor de los suyos.

Estar bien los dos. Amarnos, a veces. Sentir que me piensa, desde lejos. Deseos y anhelos que me ilusionan y encienden. Pero en calma, con paciencia. Me ayuda a verlo. Hace unos meses estaba ciega de dolor y ansiedad, para verlo.

Igual que con mis amores chinijos: calma, paciencia. Que sonrían siempre.

Tiempo y cocción lenta. Los buenos cacharros de barro.
Y cada vez guardarme más y proteger lo que surgió.

Pandora (preámbulo ii)

(Continúa desde aquí )

[…]

Cerraron detrás de sí los auxiliares de clínica. A tal tiempo me levanté del sillón, con intención de ir a preparar lo necesario para el aseo de mamá, como desde hacía cinco días, tras la intervención y posterior aislamiento con un sólo familiar acompañante. Era un protocolo de rutina con la higiene, la alimentación y los hábitos diarios, para mantener bajo control posibles infecciones que podían comprometer su vida en cuestión de pocas horas. Yo estaría una semana completa, siete días, y mi padre los seis siguientes hasta que le dieron el alta.

– ¿Adónde vas tan deprisa? Si no me cuentas lo que te ha pasado, no voy al baño…

– ¡¿Qué?! Mamá, no seas más cría que tu hija pequeña, haz el favor…

– Pues más atada en corto estoy, ya ves tú… De momento me tienen que volver a limpiar el culo, que no puedo sola, por lo visto.

Se hizo el silencio por unos segundos. La falta de autonomía era especialmente dolorosa para ella; le recordaba a los dos últimos meses de vida del abuelo, postrado en cama con la morfina, apenas diez años atrás. Una inundación del lagrimal sincera y repentina en sus ojos negros y cansados, que amenazaba con desbordarse, me ablandó la coraza.
Yo sabía, por sus enseñanzas, que, “de casta le viene al galgo” y “valerse por uno mismo” siempre fue seña de identidad y orgullo de aquella “hija, sobrina y nieta de pastores“, raíces que llevaba a gala allí donde fuere. No iba a ser menos con todos aquellos del personal hospitalario con quien trató y estrechó lazos, como siempre y en cada uno de los centros sanitarios y servicios y consultas externas por los que tuvo que hacer su particular ‘via crucis’.
Siempre serán insuficientes los torpes esfuerzos que se puedan hacer juntando letras para expresar con justicia el carisma de mamá, su encanto personal tan particular y apreciado, aún con un carácter rotundo y fuerte, muy adelantado al de las mujeres de su época. Problemático para su salud, siempre he pensado.

– Vale, mamá. Lo siento, soy tonta… no llores. Te lo cuento y después vamos a la ducha. Si en realidad no tiene importancia. Sólo que le he notado raro, distante… Y me ha dicho que hablaríamos cuando vuelva y poco más. No sé a qué se refería. Pero que será porque sabe que tengo que hablar desde dentro de la habitación, por el aislamiento… no sé. Que me como la cabeza sin un motivo real, mamá. No te preocupes por esta bobada, que en dos días estamos en casa otra vez y lo importante es que te recuperes del autotrasplante, que salga bien todo… ¡Aaaaay, mamaaaa! ¡No me llores! ¡Ven que te te achuchoooo! (levantando los brazos hacia ella, teatralmente, para hacerle reír)

– Jajajajaja, qué boba eres hija, ¡ahora no me vengas con gansadas! Pues vaya tardecita, aquí, con una tía más alta que un mayo, callada y taciturna, mirando al infinito por la ventana… ¡Anda que no se te rifarán, vida mía, con 21 primaveras y la cara que tienes y las tetas y todo en su sitio! Ahora me verás a mi, como todos los días el cuadro que soy en pelotas, no me jodas, que me dan ganas de darte un empellón así … (haciendo el gesto de pegar una colleja, palma y brazo estirados, aspaviento de derecha a izquierda) que te, que te… ¡mira! ¡no sé qué te hago!

– Lo que quieras mamá, me dejo lo que quieras, cuando salgamos de aquí y te recuperes de todas estas “aventurillas” para contar, me dejo hasta que me des con un palo. Ahora pa la ducha, ¡vaaa!


Corazones Terrón.

(Por si las dudas)
Ese día. Ese día me rompí un poco más. Además de la felicidad de tu piel, ocurrió.

No eres responsable de esto. No lo sabías. Recuerdo una vez que hablábamos de ser más o menos auténticos en la red. Está marcada a fuego esta conversación en mi mente por ser tras nuestra primera reconciliación tras un desencuentro importante. Yo te decía que si eres transparente en Internet, das armas al enemigo, te conviertes en vulnerable diana, eres blanco fácil de la hostilidad. Tú decías que eres igual fuera que dentro y te contesté que yo también, pero que me traía problemas. Pero, hoy… permite que lo dude.

No porque no crea en ti, en tus palabras, en tu honestidad que infravaloras. En quien no creo es en mi. Desde hace ya demasiado tiempo. Porque cuanto más brava y rabiosa me muestro virtualmente, más rota estoy. Y solo estoy bien, de verdad, cuando domina el tono jocoso en mi expresión. Aunque ahora resulta que de eso, dependiendo de con quién te topes, tampoco te puedes fiar. El humor cuando realmente es cinismo, como modo de vida, es una pantalla, un bluff. También es algo que se puede ver con facilidad en el narcisismo enfermo que recorre las RRSS. Humor como pose. Para joder al otro o a la otra a los que tienes tirria. El “dientes, dientes, que es lo que les jode” pantojil.

Total, que voy de dura y soy de blandiblú por dentro. Un chicle de esos relleno con jarabe repugnante, que está como un leño por fuera, hasta el punto de que te puedes dejar un piño a la primera masticada. Esa es la realidad que me dificulta la relación social en redes hoy, además de mis problemas de control de la ira. Me duele la falta de empatía puesta por escrito a diario por tanta, tantísima, demasiada gente. Pesa tanto que te olvidas de los buenos con demasiada frecuencia. Es malsano. Un remolino de confrontación imparable, a cada nueva cuenta que se abre. Porque son reflejo de lo que se VIVE, con mayúsculas intencionadas, fuera, muy a mi pesar. Y digo esto porque la realidad supera a la ficción y también a la mierda que aflora en las redes sociales.
Lo que me lleva a una conclusión desesperantemente negativa y pesimista, como yo misma aún estando de buen rollo, porque mi favorito es el humor negro: QUÉ JODIDA ESTÁ LA GENTE DE INFELIZ Y NECESIDADES BÁSICAS NO CUBIERTAS (véase salud mental o física, techo, cacho de pan que llevarse a la boca incluso, AMOR…)

Aquel día, cuando detuviste mi reproche, amor, habría necesitado saber al menos, de tu voz, que finalmente querías estar allí. Que he sabido después que sí, quizá, pensando en tus palabras y tu manera de actuar. Pero el silencio lo envolvió todo y todo fue más tierno por eso, a pesar de las circunstancias y el tiempo TAN ESCASO.

Y soy frágil. Insegura. Sentimentaloide, con deje despectivo por los líos que me trae. Cada día más, se me antoja, en el último año. Casi a diario tengo motivos para sentirme un felpudo. Y todos los días tengo motivos para luchar contra mi cabeza y decirme “No, los tengo bien plantados, yo puedo, yo voy a poder con esto porque he pasado mil y una ¡anda ya…! ¡Soy la hostia en vinegar!”(…)
El exceso de responsabilidades prematuras me ha convertido en esto. En alguien que se auto engaña y auto anima a diario a seguir por el camino del resquebrajamiento. Pero no podrán reprocharme que no pido ayuda y no muestro ese lado salvaje, animal, hostil, de herida abierta.

Para la lucha, estoy sola. Ya puedo espabilar porque esto es un deja vù en toda regla, adaptado a los tiempos, pero vivo lo que mamá. Y en este punto era donde el cruce de caminos es decisivo para el final de la historia.

A los corazones terrón sólo les salva el AMOR PURO. El deseo trufado de ternura, la risa sincera y el interés real por el bienestar del otro. Es sólo querer que rías, que no estés triste. Y aprovechar los round que haya. Cuando los haya. No dañarte con mi verbo ni mi indiferencia, ni por nubarrones propios ni extraños, de quien me pise antes de cruzar el umbral de mi alma. No soy un felpudo, pero me apaleo. No me valgo, tengo miedo de herir y abro las púas.

Los terrones en el café caliente y amargo se disuelven con facilidad. Como mi corazón.