Catwoman de verde.

Con pinturas de guerra. En el avatar de súper-heroína felina con sombra y purpurina verdes. En la foto antes de embarcar… de camino a ti. Hizo lo que fue a hacer. Un trámite. La derrota es tuya, que no lo abrazaste con el fuego que trajiste de regreso al volcán.

Eso temía él, antes de verte, esos fantasmas de dejarlo todo y plantarla de cagadas. Se dice tonto y la tonta fuiste tú. Ahora lo ves. Que no se lo demostraste. Tú llevabas los tuyos propios y pesaron más que tu propia felicidad. Hiciste tu propio fracaso y le reprochaste a él. La oscuridad que vendría, tras de no poder volver a veros.

Típicas alegorías de preguntas y cuestiones en las que re loco acabaría tratándote de bobita linda. Y tú enfadada. Porque eras tú, con él. Puramente tú. Incluso arrebatada, eras tú. Y él lo sabe. Por eso le hacías reír. Por eso le amas. Porque…¿entendió?

No es eso, nunca fue. Sí es en parte, guardarte en canciones secretas. Pero no soy yo quien tiene problema en compartirte y el Indio es un embustero ahí porque no es la preferencia. Es ser libre contigo, que me lo espoleas, aún sin estar en mi vida y añorando esos susurros siempre.
Nunca fuimos sino amantes, excepto cuando debimos haberlo sido. Así de al revés está hablar de lo nuestro, sin empezar. No será poco tiempo el que te ame, pero no creo en la suerte, mi rosa oscura, mi soñador…

Esta duele, te quedas con lo valioso, te lee, o eso tú has dicho. Pero lo cierto es que no fui yo la gran mujer y no preguntaste si yo pretendía ser éso. O si simplemente quería estar a tu lado cuando quisieras estar conmigo, sin necesitar preferencia (¿Cómo sería eso posible?) ni estatus de ningún tipo.
Días con una mano, en el año. Como mucho.

¿Quién se entregó, quién no? Ay, no soy yo de santos, sí de reproducciones.
Tu vileza y tu bisutería macarra de lucir en el antro, viejo indio, ¿a mí me quisiste vender ese queso? Nunca dudé de la falsedad. La tuya también. pero hay corderos vestidos de lobos, también. Caníbales de sirenas varadas que se tornarán mambas, reviradas en la ira del amor negado.

Silencio ante el dolor hace poso. El temblor del que habla es el volcán. La islita es voluptuosa y te mimetizas con ese carácter… lo de no entender la oscuridad te suena blando y no puedes pasárserla y te da igual ya todo, Rai. Esta no se la pasas a Pájaro Guía porque se ha pasado de naïf, que llevas treintaypico de años viendo la cara oscura de las personas. Parece un acomodado comunero de tres al cuarto el pobre viejo Alberto.

No interpretas nada más que un lindo tema que no compartes en lo que tú lees de metáfora existencial errada, de viejo de vuelta de todo. De repente una negrura, pero de lado oscuro claramente reconocible, la sinrazón. Asociada a la muerte de una manera tan trágica, que me recuerda mi propio eterno y exasperante duelo no resuelto por cien mil cosas a la vez y que se resumen en una: ausencia de libertad para decidir. Por dos veces. Los muertos en vida. Las imposiciones morales de los demás, los juicios sobre los caracteres forjados por una vida aleatoriamente compleja, como tantas otras historias humanas sobre el Planeta Azul.

Favorita. Impactante por la coincidencia con mi filia. Maravillosa. Alguna paralela, otras con otras personas de tu vida. Mi deseo y tus dudas, y al revés. Demasiado poco: los dos estábamos aterrados, la pequeñita mamba aún saliendo del huevecito.
Ironías, nada, ni bien ni mal, en realidad sin dar otra oportunidad a otro deshielo de nuevo. Nada hablado con sinceridad.

Con un vestido floreado, no con una falda. Y no era la muerte. Era la que vio lo que pasaba entre bambalinas, recién te encontraba. Y recuerda comprar ese trapo, no por moda, sí por querer sentirse bonita de nuevo para alguien que se fijaba como ella necesitaba. Pero fue una mujer muy débil, en el peor momento. Sabe que la de la Guadaña espera al segundo fracaso. El tiempo es inexorable, las modas ni rozan la relevancia de aquel.

Hay aún muchas interpretaciones fallidas por el léxico, pero la sonrisa sí está en los ojos. Y diría que el perro viejo que utiliza el rock para ligar con zorronas dio con una idiota que dejó el pabellón de loca del coño en el antro, bien alto. A cuentas de caer (o no, pero qué mas da ya todo) en las garras de un avatar personaje del carpe diem. Por decir algo. Cinismo a raudales o no entendí nada, tras la cruz de la confusión.

Esta me echa fuera, me parece cobarde y no hay encandilada ya ninguna en ese antro. Cuando ha caído el telón de lo que quizá ya no fuese. Pero… ¿era y participaba de esa competencia por la popularidad?
Aumenta la confusión. Cuando nunca estuviste preocupada por tu reputación ahí, pero de manera auténtica. Le veías la cara, la dimensión paralela de la que estabas más o menos out del círculo del salseo. Sin ver, ingenua, el peligro, metías a veces la nariz.
Resulta que reflexionas sobre algo que alguien importante en tu vida te repetía mucho: “Que tú no te querrás enterar de lo de los demás, pero los demás sí quieren enterarse de lo tuyo…”

Galimatías con vida laboral incluida en una estampa retro turística del Lanzarote de los 60, y de los sonidos más bellos plasmados. Aunque en roles inversos de género, es una linda representación de la perturbación que suponen los clientes tras la barra que te atraen o viceversa en un gremio que tiene un código de comunicación universal y todo es nostalgia y también mucho tiempo atrás.

Historietas de parias que se auto excluyen en tiempos en que nadie sabe y todo el mundo sabe dónde hay que estar. Todo el mundo sabe lo que es el amor pero nadie lo sabe. Todo el mundo sabe qué es la lealtad pero nadie es leal. Todo el mundo sabe lo que es la locura y te dirán lo que has de ser y hacer para que te tomen por cuerdo. Si te interesa o no es lo de menos. Lo harán, te dirán. Incluso con el silencio te dirán.

Sí son mejores que nada. Me expresan. Soy yo. Puedo arrepentirme de algún mensaje que llegó por ser feo, porque te doliera verte en un espejo que yo sujetaba. Y estaré equivocada, muerta en vida, pero sigo siendo de expresarme y no callarme. ¿Miedo y deseo lo empujan? No es eso, nunca fue. Me enamoré más el día que le vi la herida sangrante. El día en que la abrazaste a ella y su silencio. Un silencio nada inocente, justificado, quizá. No lo sé ni lo podré saber nunca, ni tampoco lo quiero saber. Pero la que has dejado de amar, la que sufre tus silencios, sufre por los silencios del amor que no recibes, porque no está, cada día. Porque estaría, seguro estuvo, pero ya no está. Yo estaba a todas y hacía mucho que no amaba. No quiero un hijo, no quiero un padre, no quieras una gallina ponedora.
Ama a quien te hace sentir vivo.

Eso es todo lo que el queso y los pasteles dio de sí, sentado enfrente de la muerte. No sé si volveré a escuchar otro, si publicara nuevo.

Rechazaste las pinturas de guerra que me pusieron ante ti, finalmente. Nunca me llegó nada, ni me dibujaste. Dices que te gusta una cosa y buscabas otra, amor. Nunca llegó nada

Sin reservas.

Ningún hueco por explorar.

Ningún hambre, ninguna sed que saciar.

Sin reservar nada a nadie ya, sin contenerse por si llega alguien después.

O vuelve alguien. Alguno con el que no se cerró la cosa. O cerró mal, con dolor. O que simplemente siempre hubo tensión y no llegó el polvo. Pero que ahora sabes que si se te presentara la oportunidad, no la dejarías pasar. Que demasiados polvos van ya rechazados para la historiaza fantástica de los casi veinte que te marcaste. Como feliz monógama. Que no sabes cómo te has dejado liar, cuando podría haber sido todo tan distinto. Y ya no sirve. Es tiempo que se perdió, intermitentemente… sí, inevitablemente así es y será. Siendo para ti el valor temporal oro en lámina fina, a proteger y optimizar sobre todas las demás cosas. “Ya estás más cerca de la edad de ella“. Así que sí, decididamente:

Sin reservas.

Así has de amar la próxima vez. No darás detalle de él a nadie de ninguna de las maneras. Y todo lo que dibujes, excepto sentimientos humanos, será un personaje, un avatar alejado de su porte atractivo exterior, de sus dedicaciones y aficiones. De él nada reconocible para nadie más que, en todo caso, Ustedes Dos, que son los que saben…

Sin reservas a lo que me produce en el sistema nervioso. Cuando en una tarde de mensajes de texto acabamos excitados y a mí me recorren escalofríos por toda la columna, al leerle, hasta que noto cómo mi sexo se contrae de repente de manera consecuente y placentera y mis piernas empiecen a moverse, nerviosas también.

Sin reservas a la vida que ya nos limitan las nuevas epidemias y problemas de salud de la ciudadanía mundial, como el originado por la COVID-19, y otras enfermedades infecciosas, en oleadas, en aumento por el cambio climático. También hay otra causa potencial para el colapso de los sistemas de salud pública, que es la cada vez mayor resistencia de algunas bacterias a los antibióticos.
Tenemos que vivir, vivamos, sin reservas. Antes de que sea tarde…

Sin reservas de corazón, ni de trozos de piel guardados.
Sin reservas a la entrega total, al intercambio de roces de turgencia y excitación voluptuosa de manera inmediata, tras la primera situación propicia para la atracción sexual ya inconfundible y manifiesta. Cuando quizá tras un saludo inicial tímido, ante unas pocas personas más, se haya limitado a un abrazo discreto y a un lánguido pico seguido de un más sugerente pero escueto susurro: “Vayámonos de aquí

Así es como sin reservas, sabes que rápido buscaréis cualquier sitio para estar a solas. Sin nadie más alrededor, sin ropa, sin frío, con los cuerpos pegados en la primera fricción eléctrica. Podría ser en el primer sitio con un cerrojo, un baño del aeropuerto. O quizá el encuentro no sería en terminal de transportes. Quizá estáis tomando algo, y que el calentón lo propiciara, no quiere decir que ninguno de los dos prefiriese, pero el baño de un garito de rock cualquiera puede acoger hasta esa situación sin que eso afecte negativamente, -más bien al contrario,- a la escena final en una cama pulcra e impersonal en la que lo de menos sea el mobiliario de la habitación en cuestión. Lejos. Sin reservas, para eso ha de estar lejos. Y volviendo a los cuerpos…

Sudando en horizontal, ella de espaldas a él, desnudos y pegados, él la agarrará por la cintura con una mano, mientras con la otra retira la melena del hombro y del cuello de ella. La besará en la piel liberada del cabello y notará el estremecimiento de ella, desde la nuca hasta el culo, que ondea hacia atrás. La erección será cada vez mayor, en la ensoñación de que llevarán un buen rato ya encamados, mojados él y ella y como locos por follar, antes de lamer, comer, tocar meter dedos y muchas otras cosas. Es una ensoñación que trata de ser realista, en función de todo lo acaecido antes, en cuanto a ponerse cachondos a distancia. Con cuatro letras por conocerse tan bien ya el uno al otro. Sin reservas, en este particular…

Es ese deseo, provocado en conversaciones previas, lo que te lleva irremediablemente a querer tenerlo entre las piernas y ponerle las tetas en la cara. Sin reservas. Y lo que surja y que me ponga del revés o como quiera darme. Porque desear los arrebatos y los fluidos del otro, y que me apetezca comerle, es eso, ya:

Sin reservas

Ternura no hubo.

En Macondo comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver…

Y el día que acepta su locura para soportar, o mejor dicho, porque ya no puede soportar más que le digan todo el rato que se inventó el cielo de tanto que lo idealizó y que no había nada del otro lado. Como que alguna vez Ella no habría sabido que, de los tres, al menos tenían el deseo y el humor. Eso estaba clarísimo que lo habían tenido. Mucha risa y mucho deseo recíproco.
Y la duda de la loca, que no mala, fue si estaba de ida y vuelta la ternura.

Pero no hubo ternura de él. Es lo que se empeña en demostrar o ella nada en comprender.
Los bandazos, las dudas, los miedos. Los tímidos. Y toda esa selva, esa mascarada de egos que dicen lo mismo, piensan parecido a ti. Pero no le pueden dar estatus de cuerdos a los pensamientos de una macarra. Lo que se ha dado en convertirse en una gamberra, que descubre con indiscreciones de patio de vecinos o de la ESO y el BACH, lo cínicos y doble moralistas de una sociedad educada en una represión nacional católica que hasta a los conscientes de ello les cuesta reconocer. Lo permeables que son a esas mierdas de juzgar.
Que sea el antro el sitio donde te tienen que poner carteles con luces sobre lo que es caballerosa pretensión de aviso, como que no termina de verse que pueda haber pervertidas a las que no les importe que haya otras. Que entiendan las cosas de dos como de dos y distintas dependiendo de la gente que entre o salga de ahí. Y pervertidos. Adorables personas calientes.

Debería ser fácil ver cómo juzgan tu manera de sentir las relaciones afectivas y sexuales humanas, en ese sitio en el que te has acostumbrado a estar ya, aunque mejor con cerrojo. Cuando ya tienes un recorrido. Parece claro lo que quieres y lo que no.

Dosis de gran concentración de ternura, que pueden darse en contadas ocasiones en la vida. Pero pueden ser un combustible para ser feliz más etapas, junto con la soledad y a veces la tristeza de los que ya no pisan.

Ternura no hubo y por eso nunca quizá se irá el miedo, detrás de desatarse la ira. Sentiría ella ternura pero no hubo la de él y teme su desprecio. Así es.
Pero ternura no hubo y la metáfora es una locura de ella, que no fue confusión si no su alucine de vivir los instantes vitales que la componen.

Ternura sí hubo: la de Ella.

No es tierno apartar el rocío de unos labios desesperados porque ganó el miedo en todo. No estaba la ternura, no.
Y las risas de después ya no sabes. Hiciste borrón y está funcionando en la memoria, aunque se resiste y trata de repasar los chats que ya no están. Nunca ha vuelto.

Echas de menos esa ternura que no hubo, al parecer, loca.

Buscarás otra piel, otras bocas que deseen tu fuego, con paciencia para el corazón desbocado, tras el deshielo…