Espontáneo.

Es una chispa. Que siento en la nuca y me recorre la columna vertebral, la espina dorsal del dragón que se contrae justo antes de escupir fuego.

En la tele hay un programa de crónica y reportaje sobre cine de finales del siglo XX. Muy interesante, pero denso, para mi gusto. Ella está en pijama, con ese atuendo desenfadado que tanto le favorece a su pelo rojizo revuelto en un moño de andar por casa. El tirante fino de la camiseta resbalando por el antebrazo, al descubierto la línea del hombro con el cuello. La miro desde la puerta, apoyado en el marco, cruzado de brazos. La observo mirar la pantalla con ojos chispeantes de curiosidad. Hablan de alguna anécdota entre Mira Sorvino y Woody Allen durante el rodaje de “Poderosa Afrodita” y a ella le encanta el cine del neoyorquino. Ríe. No se ha dado cuenta de que estoy viéndola en secreto, en su esencia. Me está poniendo cachondo sin hacer nada, podría decirse.

Me ha pillado. Salgo de mi propia ensoñación, mientras notaba el estado de inquietud y el calor en los bajos y, al mirar hacia el sofá de nuevo, tiene sus ojos clavados en mi…

¿Qué haces ahí parado…?
Mirarte.
¿Qué mirabas?
Tu cuello.
Bobo… ven conmigo aquí.

Tres pasos, un salto, cinco segundos y los dos juntos en el sofá. Con mantita. Me abraza. Apoyo la espalda en el tresillo y ella la suya en mi pecho, acurrucándose como gato enroscado. En un principio pienso en calmar el ansia que se encendió hace escasos minutos, de pie, mirando sin permiso su cara íntima, la más bonita y reservada para los privilegiados. Ese candor que me hizo desear follarla sobre todos los muebles de la casa. “No, así no te lo sacas de la cabeza…¡relax! Ay.”

Ella tiene otros planes distintos que yo, al parecer y de repente, pero no son ver el programa de Gasset, como yo pensaba. Sin más preámbulo que una mirada de reojo y una risita pícara, suspira y se toca por dentro de la camiseta, da un pellizquito en el pezón, se muerde el labio inferior. Y ahora me restriega su culo por mi entrepierna.

<<Ha habido un inesperado giro de guión…>>

Pierdo el tiempo dos segundos, los que me lleva chuparme dos dedos y meterlos dentro de sus bragas, ¡uf! ¡cómo está! ¡cómo me gusta su humedad caliente en cero coma dos!

“Yo pensando que no me veías…”
Y no te veía… pero te noté el temblor en la espalda al abrazarme. ¡Vamos! ¡¿Dime qué te estabas imaginando ahí de pie, sin yo hacer nada para ponértela así?!
“No te voy a decir nada, acércate que te lo explico sin hablar…”

Volver a la marea.

La admisión en Químicas, el aprobado heroico y las buenas notas de selectividad. La primera de la familia y Agustina hinchada como un pavo, cada vez que lo contaba a cada una de las muchas personas con las que compartió su alegría. Lo que no pudo ella.

La apertura del Resbalón, el “Día del Orgullo del Turista gay” y todas las payasadas, los eventos y buenos ratos y risas pasados en la primera aventura como autónoma con socia (y última) en el negocio de ‘Otros bares y restaurantes‘. Muchos sinsabores pero también una cena con sopa de marisco muy especial. Deudas y pavadas de novata que hoy te hacen sonreír con ternura, –“¡Y quién tuviera de nuevo esa edad…!”-. El balance es que saliste airosa y guardas buen recuerdo.

Tus compañeras. Con mayúsculas. Las guerreras, mayoría mujeres, claro: Gisela, Leti, las primeras, de ahí ya a Marta, la cocinera más amorosa, Merchi y Marino. Hace poco, de casualidad, hablaste con él por teléfono. Son cinco nada más, de los que puedas decir grandes compañeros, de los que no te dejan en la estacada. Es curioso, pensabas que más, en tanto tiempo, pero ves que no, claro, porque muy joven ya fuiste autónoma dos veces.

La apertura del ‘CAFÉ Zanetti, también. Todo lo que supuso y lo mal que estuve hasta que vi que salía a flote y por mi mano en la cocina, además. Fue una época muy bonita, llenando para dar menús a los currantes, en una pequeña cafetería de barrio orientada a las últimas promociones en construcción de VPO. Hasta que, entrando en 2007, la crisis acabó con el bonito sueño hecho realidad.

El Puerto de la Luz, de Las Palmas, iluminado en la noche, llegando en el ferry desde Algeciras.

Aquel primer polvo en el sofá de nuestro primer hogar en la isla, cuando acabábamos de cerrar la puerta en la cara casi al encargado de llevarnos hasta ella, porque era de la empresa para la que él trabajaría…

Senderos caminados con Audrey y baños desnudos en la marea, ganas de sentir la vida en cada poro. Que llegara la mambita, el primer verano a compartir. Compartir, con todo aquel que lo quiso, nuestra vida aquí. Los primeros atardeceres de asadero, con amigos.

Cuando dejó la empresa y emprendimos el otro viaje, ilusionadísimos. Y lo orgullosos que estábamos de los logros y las buenas críticas y acogida.

El positivo del predictor de 2013. Qué locura de sentimiento indescriptible, por más que tratara de hacerlo.

Los ojos de Candela, “Fueguito”, enfrente de mí, recién descubiertos para ella los de su mamá.

Haciendo trampa.

No escuches. Ni esas canciones ni los cantos satánicos de esa tribu. Quieres renegar, en eso estabas. Ni queso, ni vino, ni rock sensual. Se acabó.

Los acústicos no suenan como en el tiempo del vendaval… pero está el Jefe invadiendo el sonido de tus sentidos, por eso no vale. O sí, tal vez. No te desprendes del todo de lo que te dio vida, pero no está la potencia sonora que te exalta. Están las letras. Ves que con muchas de ellas sigues sin estar en sintonía. Discrepas, en lo fundamental, lo tienes claro. Ves una vida disoluta y que promueve las letras cínicas sobre el amor. Ves que no has conocido ese lado de la vida, tal vez. Sólo desde el otro lado de la barra.

Recuerdas los garitos en los que trabajaste, unos pequeños antros como los que se promueven en esas selvas sociales de ansia y salseo, de hablar de lo del otro que no tienes tú o de lo que es capaz nosequién que tú no. Aniquilando la competencia con palabras dardo. Que denigran. Y un día viste que tú no buscabas eso. Y te sentiste excluida una y otra vez. Ácido, agrio, sabores que amas y los llevas a tu vida social en redes. Cuando el juicio sibilino de la connotación está ahí. Para ti es evidente muchas veces. Y otras te despistas y no te enteras de una referencia a la actualidad vertiginosa. O lo contrario; algún puto snob te está vacilando con una referencia cultural que no pillas. Y tú feliz, en tu babia particular, que te da igual que se rían personas así, vamos, que no se enteran. Y así, alternando con esta peña, llegas a la conclusión de que el reservado de los locos outsiders está de puta madre, que qué se te ha perdido ahí a ti, en esa pista de baile en la que sólo hacen el bobo en un improvisado pogo, imponiendo los temas que les gustan a ellos al pinchadiscos. Que les hace más caso porque van hasta el culo del whisky que tú aborreces. Por sabor y por precio. Eres calimochera de vino y ron de caña. Y estabas al otro lado de la barra, en el viejo ‘Charol’, de la Plaza Roma, cuando los que arreglaban el mundo echando la tarde entera mamando cervezas, hacían lo mismo que los que ahora desbarramos en la red social, desde el sofá. Desde que el mundo es mundo, siempre los mediocres se quedan a ver cómo acaba la pelea, animando a uno de los contrincantes y sujetando de la chaqueta a los que quieren poner fin.

Tener muy vistas las peleas de bares. Los baños sin luces para dificultar las rayas de merca. Los que siempre la montan. Los que las matan callando, que pinchan y luego se lavan las manos de la que se ha liado. El guapo, el gracioso, el chino de la cuadrilla, el pesado baboso. La que liga más, la gordita enrollada y simpática, la del colegio de monjas descarada y la introvertida observadora…

Mejor paralelismo no pudo hacer ese día, sobre el sitio en que se conocieron. Pero no se dio cuenta de que a quien metía fichas era a la camarera del lindo escote. Él era especial, sin duda. Pero estaba muy ciego e interpretaba las cosas al revés de cómo eran, exactamente como ella ya había visto cientos de veces hacer. El prejuicio. En aquel primer pub cutre en que trabajó, la de manos al culo no autorizadas que tuvo que quitar. Un par de meses escasos desde la pérdida. Aún no había cumplido los veintidós.

<<Y pensaban que ella bailaba con todos…>>