Esta sensación de libertad.

Aún con el dolor del golpe, tras la caída. Y quizá ese sea el único motivo para conceder la sonrisa al 2019.

Despertar del letargo, tras la hibernación, no es tarea sencilla, lleva tiempo.
Son ironías estas de la vida. Obligada por el devenir de los acontecimientos, mi trayectoria vital ha estado marcada por la espera, el posponer siempre y la paciencia que todo eso conlleva asociada. Claro, que todo tiene un límite y el vaso llega a rebosar. Creo que es esto lo que ha pasado. Veinte años eran muchos quedando casi siempre relegada a un segundo plano. Y digo casi siempre porque ser medio canaria es la excepción. Es el único de mis sueños logrados, aunque luego, con el paso del tiempo y aprendiendo y conociendo los problemas sociales de fondo, como en cualquier lugar de este mundo, la tristeza esa que siempre se me agarra, hace aparición. Pero eso no es Lanzarote sino mi manera de ser. Me habría pasado en cualquier sitio, volver a ese desencanto. Eso no quiere decir que me quiera ir. Tengo muy claro que es mi lugar en el mundo. Y tras un periodo profundo de duda y reflexión, sabiendo que la formación superior se complica y es más cara aquí para mis hijas, he vuelto a la claridad de ideas en cuanto a creer que es un sitio maravilloso para crecer. De momento nos quedamos. Burgos sería una fuente de problemas y focos de ansiedad que aún no estoy preparada para enfrentar. No sé si no me sacarán de la islita con los pies por delante como única manera posible, pero espero que ni eso.

Cuando fui madre sentí por un tiempo la necesidad de volver. Luego la sentí más cuando empezó a resquebrajarse mi relación de pareja. En esos días me quemaba la añoranza de mamá. Lloraba un par de veces a solas al día mínimo. Nadie lo supo. Los dos primeros años de vida de las mellis me tiraba las 24 horas del día a su cuidado, casi la mitad de ellas sola. Tenía muchas oportunidades, pues, para llorar amargamente mi soledad cuando menos la deseaba. La carga hormonal de un múltiple y todos los cambios que supone esa gestación son brutales. Yo deseaba con toda mi alma ser madre, pero la multiplicidad me pilló fuera de juego. No olvidaré nunca esa eco. Salí aterrada del hospital. Él como loco de contento. Yo aterrada. A él hasta la ginecóloga tuvo que decirle que frenara el entusiasmo, que no los iba a cargar él. Yo aterrada.

Y el terror no era solo por lo físico-hormonal-montaña rusa emocional-económico… No, no… yo ya tenía problemas serios y discrepancias por el orden y la limpieza de siempre, durante toda nuestra convivencia ha sido así. Yo me la vi venir gordísima y fue diez veces peor que mi previsión.

Sin embargo, aquí estamos hoy, separados, él llevando el tipo de vida que quería llevar, pero solo (eso no entraba en sus planes), y yo sin ni idea de qué hacer con mi vida ahora. Poner copas otra vez, supongo. Pero mis niñas conmigo. Ellas, de manera escogida, son las únicas que limitan mi libertad. Y para que ellas estén bien, en realidad la mejor manera es que yo lo esté. Me faltan unos pasitos para ser libre que no sé cuánto tiempo me va a llevar darlos. Pero la sensación de libertad va en aumento. Porque cada día soy más yo. Convencida de ello. Y de que se alejen todos aquellos a quienes no les guste esta mujer que soy. Con mis virtudes y mis defectos.

Porque no necesito ser una gran persona, me conformo con la normalidad de tener virtudes y defectos, como la mayoría, pero lo que necesito es ser una mujer libre, sin el deseo enjaulado. Y amar como siempre quise: sin ataduras ni exclusividad, por si el deseo falla sin remedio. Mi casa y mi independencia total de todos los yugos y mochilas que no son mías.
Ser yo. No quiero disfraces ni cumplidos vacíos de quien sale y se hace silencio.

El silencio no me gusta. O las voces de rol de las Chan jugando o música.
Siempre hay música.

Me gusta esta libertad que crece, aunque sea en mitad de una pandemia, que nos confinó y confinará.

La lengua bífida.

¿Qué hay de ese olfato, el olfato materno? El que guía al puchero que añoras de su mano imbatible en el sabor de un buen guiso. El que guía al olor a tabaco o tugurio, en la ropa del adolescente y también el que se percata de que el perro o el gato ha meado un montón de ropa sucia en el rincón del baño.

Ese olor en la cabeza de los niños, que despierta la esencia del ser humano, el lenguaje, con el que vendrán los “¡Cuánto os quiero, hijas mías, sois mi alegría de vivir!” El homo Sapiens, como decía Silvia en el programa de la Rosa de Los Vientos en el que trataron sobre “los ladrones de mentes”, el área reptiliana de nuestro cerebro, que no es ni la límbica emocional ni la racional. Cuatro intereses dominan en el cerebro reptiliano (las cuatro efes) Food(alimentarse), Fuck(reproducirse), Fly (necesidad de huir) y Fight(necesidad de luchar ante un peligro, huir o luchar, alternativamente).
Y así funciona también la gente en sitios como el antro. Seguimos desmitificando el amor romántico, amantes de Poe, sorry. No hay destino. Hay encontronazos aleatorios con quien nos pone perros y perras.

La reproducción. La hormona. Todo lo que la ciencia quita de romántico al verdadero amor. El olfato. Ahí se halla la necesidad de desvirtualizar a alguien con quien has conectado a nivel emocional en la vasta RED. Oler al otro para confirmar. Por eso hay relaciones fallidas en el momento en que avanzas a la cama. Por eso tiene que ser pronto antes que tarde. Hace nada había gente que creía firmemente en eso de conocerse primero… Que yo siempre he pensado: “pues eso digo, CONOCERSE PRIMERO”. Si no funcionan los besos, si no te saben tocar, si a ti tampoco te sale… no estáis en la onda necesaria, no se fluye… no hay nada que hacer. Y quien diga que eso no es cierto, que sí hay otras cosas más importantes, no sabe lo que es el amor. No ha experimentado la reacción química que pone en marcha el deseo, el fuego, que te pongas cachonda y digas guarradas en un chat a la persona deseada. Porque sin olor también hay que conocerse, por lo de la conexión emocional, porque en la expresión y en los ojos está el sustituto de olfatear la hormona sexual del contrario y las nuevas tecnologías, OH MY GOD! traen consigo esta maravillosa ventaja, que es conocerse previamente de muy diversas maneras, allanando el camino, en especial a los tímidos que somos desinhibidos en privado (sí, más que en público, ¿qué pasa?) o tras una personalidad construida en la red. Que puede ser más o menos fiel a la realidad.

El lado racionalista, cuando has decidido limitar tus relaciones íntimas a una precavida distancia de donde desarrollas tu vida como mami, sabe que falta la química del olfato. Sin el olfato, la conexión es a otro nivel, ojos y oído. Lo que te dicen también te seduce y te transforma, pero hay que saber las palabras concretas para despertar el interés. La intromisión, por ejemplo, te espanta.

Ojos y olfato.

Por eso no debiste ir, por la posibilidad de que pasara y aún así saliese mal, como salió. Él no cree en lo que tú sí, en que estando lejos, se diluye y se vuelve a encender con la cercanía. O tal vez sí…

La lengua bífida de las serpientes les ayuda a reconocer el terreno con dos puntos de referencia que su cerebro reptil procesa, extrayendo la información de las sustancias químicas del ambiente, del aire, del suelo. El sistema olfativo basado en su órgano vomeronasal, situado en el paladar, que procesa las moléculas recogidas por la lengua bífida, y que es defensivo. Aún así, la asociamos con la peligrosidad del animal, cuando en nada interviene a la hora de inocular el veneno neurotóxico.

La lengua bífida y su detector de cualidades organolépticas, mucho más fino, pues palatea el aire y de las moléculas que flotan extrae información del entorno.

Cómo le explicas eso a quien se resiste a probarla, por miedo. A quien no besas y te deja en ascuas con una promesa de reencuentro cuando en el primero todo falló, excepto la conexión de las miradas en un momento fugaz y tu olfato de haber encontrado al alma que buscabas, cruzando los años para llegar a él. Y se desmoronó todo. Una montaña precaria de mentiras te ha dejado arrasada de dolor. Aunque la lengua bífida teclea, también a pesar tuyo. No quieres rememorar momentos. No paras de pensar en una mujer desnuda sobre una cama revuelta de un hotel, llorando porque se fue muy frío y distante, más que lo encontró. Es decir. Ya vio que no la amaba ese día y que ella a él sí. Es muy cruel saber eso y anclar la voluntad de una persona a canciones y gestos tiernos que no se sienten. Llega un día en que es insostenible, un aciago 16 de diciembre en que se apagan las antorchas mantenidas a duras penas. Y el dolor es grande. Pero más por las maneras. Por la falta de coraje, por el tutelaje del “yo sé qué es mejor para los dos” escondiendo un “salgo de escena que se me va de las manos esto y no me conviene”.

Conjeturas y más conjeturas que se fueron apagando y ralentizando hasta casi desaparecer. Nuevas personas y búsquedas en la propia sexualidad, que se abre en flor y cada vez brinda más oportunidades de placer y modos de disfrutar del amor de manera más libre a lo que supuso atarse a una alianza en el dedo. Se apaga poco a poco el pilotito del hielo por desamor. Te acoge un alma herida en brazos, te escucha y te da lo que sabe que necesitas. Es simple: necesitas ser tú y no sentirte culpable por ello.

Ese fue el tremendo daño, al rechazar el rocío, y la lengua de esta mamba en sus labios. No quiso dar oportunidad a la dulzura y la ternura, que están irremediablemente mezcladas en el deseo de los amantes más puros. Yo sé lo que hizo. Él también, es perro viejo.
Fue cruel simplemente, porque primero estaba bien ser como soy. Me despertó y dio vida. Pero no lo suficiente. Llegó un momento en el que me hacía daño esperarle porque me hacía sentir mala persona por ser como soy. Por ser tal y como le llamé la atención cuando vino a mí. Por eso no alcanza lo de “gran persona”.

Esta lengua bífida busca la química de otros labios enamorados de mi manera de vivir el deseo. Y así me cuida porque me hace sentir bien, me abraza con su adoración por mi fuego incesante.

Y entonces reapareció con su cuenta con nombre de canción y su nick de personaje ricota, y descubres el sainete de que se escondía de ti, valiente canalla. No será difícil olvidar en brazos del amor y el deseo a la estratagema cínica y aprovechada de los que no van de putas ni ven porno.

Ahora aún alcanza menos lo de “gran persona”. Y gran mujer no es ninguna que degrada a otra sin conocerla y sin que le haya hecho nada. Ni que ella sepa ni que no, porque fuiste tú quien se lo hiciste, no yo. Yo era libre.

Sesenta y siete.

Veintiuno y dos semanas sin ti.

Una losa aún.
No me la levanto, mientras no me sienta del todo a salvo…

Estoy en plena galerna subida, un montón de incertidumbres y un pernicioso virus y los que vendrán. Y temo por tus nietas, claro.

Me preocupa en especial la mamba oscura porque es frágil emocionalmente. Y muy perspicaz, de las que te la dan con queso porque lo último que piensas es que está atendiendo o enterándose de la vaina que la rodea. Y al cuarto de hora te la suelta: “Que sé que estabais hablando de lo de la playa, la titi y tú, antes…”
La típica niña que tú dirías que “es más lista que un conejo”. Y pienso en lo que te gustaban a ti, pequeños, bebes… En cómo se te daban, lo que te querían todos los primos y los niños que han pasado por tu vida. Quizá los que peor hemos valorado eso en vida fuimos nosotros. Aunque no, en realidad. Nosotros siempre supimos que eras enrollada y avanzada a tu tiempo por colegas y amigos que te conocían. Por tu inmensa generosidad. Porque a cualquiera que entraba por la puerta ya le ponías un plato para comer en la mesa. Porque nos hemos llevado de vacaciones a primos, a amigas mías, colegas y novias de Javi, de Ra, de Ru, y de C. Al apartamento alquilado en la playa. Al pueblo. Tu casa era la de todos, mamá.

Muchas veces pienso en eso y siento mucha rabia. Es la catarsis eterna que me queda por hacer. Que pidieras que nos cuidaran y todo el mundo permitiera que los tres pequeños tuviéramos que independizarnos a las bravas y con una mano delante y otra detrás. Y tú sabías que así podía ser efectivamente, por parte de algunos, tal y como actuaron. Tampoco ya me sorprendió a mí, pocos años después de faltar tú, cuando salía del curro a tomar una al Quinta Avenida, trabajando al lado, y me dí de morros en la entrada con cuatro personas. Pero es que mi tío el comunista no tenía ni puta idea de dónde trabajaba la hija de su hermana muerta, como para pensar en tener la precaución de no ir adonde aumentaba la probabilidad de que le vieran. Mi tío el primogénito, que considera que hacer algo por mis hermanos es llamarlos a ellos para pintar la casa en vez de a otro. Por eso tiene el número guardado, en resumen.

Siempre supiste. Recuerdo tantas charlas ya mayor, mamá, contigo, cuando empezaste a tratarme como a una mujer. E igual yo contigo, que te sentía cerca y con confianza para decirte todo, lo que me parecía mal, lo que me agobiaba, lo que sentía si tenía algún problema, con amigas, con los chicos que me gustaban…

LA VIDA COMO UN CATÁLOGO DE EXPERIENCIAS INTERGENERACIONALES

Eso me angustia de las niñas. Que sean opacas para mí. Yo nunca lo fui para ti, mamá. Excepto con una cosa. De la que ahora me arrepiento haber callado, estaba asustada y temía mucho las consecuencias. No quise hacerte sufrir, en los últimos años… llevabas tiempo deprimida cuando llegó el diagnóstico de la enfermedad que fue letal.

Que no sean como yo no he sido para ti, ni mis hermanos. Eso sé muy bien de dónde procede y cómo se ha retroalimentado. Me culpo, como siempre, por eso hoy te recuerdo, como todos los días, pero más por escrito en uno como el 3 de julio, tu cumpleaños.

Sesenta y siete ayer, qué linda viejita resultona serías, mamá. De calle te los habrías llevado divorciada. Ahora veo mucho que antes no. Es triste, aún más triste.

Pero voy a besar unos ojos mientras cabalgo a su dueño, no me detendré.

Por ti. Por ellas.
Con ellas al sol y nadando en la marea es como veo tu sonrisa en mi mente y lo contenta que estarías, a pesar del último tramo, de lo andado en el camino. Sí lo creo, mamá. Aún te extraño. Será para siempre, imagino, esto ya. Pues vale, lo llevaré con alegría, pensando en esa sonrisa tuya viendo a tus nietas en la arena jugar.