Chicle de fresa ácida.

Ausencia. Que se clava. Como espina de esa bella flor, que te avisa de su fragilidad. No la toques, no. Déjala donde está. Ese aroma, ese porte, ese sabor, incluso. Así lo sintió. Como intocable.

Déjalo, en su tallo. No es tiempo de arrancar flores. No fue ese tiempo.

Sin saber que hay algo en la conciencia que guía. Que impidió la fusión perfecta. Al pasar el momento, los días, los meses. Llegarán a ser los años. Pero ese día, esa noche… ahora da sus frutos. Hay un aprendizaje detrás y todo vuelve a su lugar.
Ahora le llora, pero diferente. No es como llorar en la ausencia de la consciencia de quien la puso aquí, en el mundo. La que sigue llorando, sin despedida. Para el resto de su vida.

Y, sin embargo, aunque se pinchó el dedo en la espina y trató de evitárselo, hubo advertencias previas para ello, quedó prendada de la roca inaccesible, pero hubo despedida. Un remolino de dolor e incomprensión causaba estragos. Probó a odiar tras desangrarse, pero no estaba siendo justa y no podía. El espino silencioso que hizo florecer lágrimas.
Y así contagiada, callada, lloraba por los rincones, escondida del mundo, después de entender que amar puede estar en ocultar los trazos de la composición. De ese bello acorde que suena entre dos. Las notas que vibraron en los corazones amordazados estaban ahí. Fueron únicas para ambos, al menos para la flor del deseo, apartada, arrancada de cuajo. Ahí estaba el secreto. La paradoja fue que tiempo después, del dolor de ese desgarro renació la admiración. Se produjo una sensibilidad aterciopelada, de otro mundo. Terciopelo fuerte. No le gusta su tacto, le da dentera, le produce rechazo. Pero qué bonito, a lo lejos, el brillo de esa imponente tela.

Quién sabe quién o qué hizo germinar ese espino. Eso sí es triste. Saber que siempre habrá curiosidad insaciable por esas historias y estaciones que marcan una vida y que lo hicieron así de bello. Lindo, cruel espino silencioso que se creía matorral común. Que resiste a las heladas y ha hecho callo en las plantas de los pies desnudos, caminando por el pedregal.

Agrietando los pasos, siente miedo de haber perturbado su paz.
El reclamo, que llegó muy tarde. Y los frutos y las flores, en las riberas del río, que también le habían marchitado a la vez que hizo realidad un sueño. Le hicieron dudar de ser buena para incluso como araña que teje, para quedarse en el espino.
Y de no cuidarse bien ni de guardar la temperatura necesaria para no marchitar a las flores que brotaron; parecía la más paciente espera del mundo y quizá no fue eso. Quizá no debió plantar nada. Quizá todo el invernadero amenaza ruina con sus zarpas al acecho. Como todas las plantas de interior que no supo sacar adelante, cuando la mamá, que las cuidaba a mimo, marchó y dejó el vacío aquel tan grande. Inconmensurable.
Es decir, que sobre las dudas, más dudas. De ser o no capaz de dirigir su vida, cuando no había hecho otra cosa que coger la batuta, en sustitución y sin quererla. Que quería huir, se dijo muy pronto. Muy pronto el espino vio que se había pinchado en él el dedo equivocado. Cuando hubo quienes echaron leña y cerillas encendidas pero pensó que podría con ello. Ya se había hecho con el incendio tantas veces que creyó que tampoco esta vez se doblegaría a lo convencional.

Erró. Escuchó los vagos porqués del espino que, después de mucho callar, se despidió condecorando con el título que no era. Pero es lo que quedó. Quizá lo único que queda. Y una sonrisa. Que estaría cerca aunque aún no llega, porque el vacío tensa esa boca sin besar.

No veía lo bueno de eso, en aquel momento. Ni lo verá en aún demasiado tiempo. Porque quería volver atrás para abrazar las espinas, hacia una segunda oportunidad. Hacia el fluido que bombea el corazón triste y pisado. Aún late fuerte la rosa recia.

Ya nunca tendrán más reuniones; ha comprendido, por fin, que llorará por los rincones por no fundirse una vez más en flores y ramas, Que no podrá ser y que no habrá chance para la gran primavera esperada, junto a él.

Y que no importa que no la ame, al contrario. Aún así le hizo el mejor regalo: cuando tuviera dudas sobre sí misma, debía recordar sus palabras de la despedida y lo que él pretendía borrar de la huella de indecentes ecos, para darle sosiego.

Ya está pensando en ese sabor que ya casi no existe en su paladar. Le acusa de alejarse sin ser destino creíble. No había idealización pero tampoco es cobarde vivir penando. Opción del que se cree insignificante en la felicidad de la flor. Que se marchita por dentro e intenta colorear los pétalos de nuevo, al ser arrancada de la savia de su corazón, al ser sacrificada la alegría de unas caricias que ambos necesitan, desesperan por tener y no tienen.

Y pasa de ramo en ramo, la flor, aprovechada por quienes se benefician de nuestra renuncia a ser felices.

Unos tienen derecho, otros no. Su honestidad era tan pura, la de no querer herir, como injusta para la herida que no para de manar por la promesa rota de dejarse amar en un claro entre nubes.

La fresa ácida, que no madura y se corta antes de tiempo.
Un sabor de chicle favorito en la niñez, como presagio de vida.
El que no volverá a ser como era antes, en aquel kiosko de la esquina, porque ya no se hace nada más que sin azúcar, que es absurdo. Y porque no está el kiosko, estás lejos de allí y tampoco el barrio es lo que era.

Vivir dudando eternamente, de sus silencios. Y, aún así, adorar el agridulce de la incertidumbre. De si volver, acariciada por manos de espino que deja la vida pasar, ante advertencias de que ha surgido un amor imperecedero, aunque arranques la rosa que aromatiza, para dar muerte a la pasión de ese amor.

Duele que la rosa arderá en ira, en lucha desigual. Preferiría ser silvestre, no cultivada, como diente de león.

El montañero insomne.

Bajo su ruda apariencia, todo. En la superficie, nada.

Pero la superficie. Camisas rudas, tejanas o de cuadros y franela. Debajo de ellas la camiseta térmica, imprescindible para patear en invierno el bosque frondoso, a veces a bajo cero de temperatura, en grados celsius. Y aún así, él llevaba desabotonado el cuello, como desubicado en el espacio y el tiempo.

La rutina diaria de los habitantes giraba en torno a la madera, la ganadería y, en los últimos tiempos, también ocupándose del turismo rural, en aquel pueblo de la Demanda. En comunión todas las actividades con aquel hermoso e imponente paisaje que lo enmarcaba, de monte frondoso, haya, roble, pino albar, acebo. Inabarcable el sentimiento de majestuosidad de esas cumbres, antaño acogedoras de glaciares, que terminarían formando las afamadas lagunas de la zona y que, año tras año, acogían miles de visitantes.

Callado. Reserva era todo, como aquel paraje, pero en verdad, no de flamante título de parque natural. La jugada del destino, vivir allí donde se desheló el glaciar y llegarse de la mano de otro. Pensando que así era la vida, lo que toca. Su merecido final al lado de una laguna negra y fría.

Y así era que transcurrían los días, viendo la vida pasar y compartiendo con los lugareños. Activo y enérgico, de no parar un segundo el culo inquieto. Llegaban los veranos y el par de establecimientos que hacían el agosto con los turistas, hervían en muchedumbre de variada procedencia, edad, clase social. Lo evitaba todo lo posible, pero algún vecino en ocasiones lo animaba a tomar “un cacharro”, estando de paso por la plaza. Entonces accedía, para no resultar más raro de lo que ya sabía que pensaban que era, y escuchaba conversaciones en silencio, apoyando un codo en la rústica barra.
Con una oreja hacia el parroquiano conocido, que desarrollaba hilarantes teorías serranas o anécdotas de sus baños en las lagunas de mozo, y otra orientada a las salidas de pata de banco de los atractivos muchachos forasteros, con treinta años menos, quizá. Tomaban sus refrigerios a escasos metros de los del pueblo; juntos pero sin mezclarse, la gran mayoría de los que había visto las pocas veces que entraba a la tasca en temporada alta vacacional. Añoraba. Envidiaba esa edad. Pero al momento lo invadía un rubor. Aquél día unos intentaban ligar con las muchachas del grupo de amigos reunido, que alguna semana atrás habrían planeado aquella excursión de puente estival. Habían optado por alojarse en una casa rural del pueblo más cercano y ahora hacían mofa de la recia labriega que los había recibido y enseñado dónde estaba cada cosa. “Mercedes“, se dijo para sus adentros. Una gran mujer que estaba seguro de que se había desvivido por resultar una anfitriona accesible y amable.

A veces pensaba que no entendía el mundo. Aquellos niños grandes, que no sabían respetar a una mujer para ganarse a otras, algo tan elemental. Tres reían como hienas bobas, haciendo ojitos todas al mismo ejemplar bien parecido del grupo, mientras otros tres le daban cera, aplaudiendo su socarronería, como monos imitadores. Había una cuarta, con ojos muy grandes que no reía. Al contrario, empachada del cortejo del pavo, se acercó sola a la barra a pedir otra bebida y se sentó después con una guía sobre el parque en una mesa al lado de la ventana. Eso le gustó. Y otra vez para sí mismo: “Un verso libre siempre hay, por fortuna. Aunque el cruel azar lo descarte porque no hay hueco para él en el soneto de la vida”, pensó mientras decidía quedarse con ese sabor de boca. Dio las gracias al tabernero y despidió al compañero, enfilando hacia la puerta de la calle: “Hoy voy con prisa, pero otro día me toca a mi la ronda, da recuerdos a Nines”.

El queso en la ratonera.

El viento aullaba, a través de las rendijas de las ventanas, mal aisladas. Siempre el alisio, soplando su corazón solitario, hacía ver las cosas de diferentes maneras. En parte porque entraba en ese trance de perder la mirada al horizonte lejano, o entre las nubes que se movían más rápido. También sus ojos, vidriosos, se detenían en las copas de los recios dragos, cuyo leñoso tronco y robustas ramas resistían bien los soplidos, sujetando con terquedad las bailarinas y gruesas hojas.

Meses allí encerrada, sin noticias del final de aquello, sin poder hacer otra cosa que echar a volar la imaginación, oteando a lo lejos la isla vecina, que en días claros recibía la luz del sol y se dejaba ver ribeteada por el blanco de su litoral, las playas de arena blanca y fina y las imponentes dunas al Norte, al otro lado del río de mar, que separaba lo que antiguamente fue una sola porción de tierra unida y rodeada por el océano. Ansiaba volver a dejarse revolcar por la marea en la orilla, en días de oleaje medio. Era la mejor manera de entrar al agua, decía. “Así no cuesta: antes de que te lo pienses dos veces, que qué fría y no me baño ahora, ya estás remojada hasta la cintura por una ola traviesa”

El mar sanador. Y la puta agorafobia, como amante entrometida que te separa de tu dios. La luz, también, que colorea de turquesa el agua y permite ver el fondo marino a bastante profundidad. Y los meros, los peje-verdes, las viejas, las chopas, las rayadas e incluso las mantas. Los pulpos, las estrellas de mar… incluso las medusas. O el pólipo azulón de bonito nombre pero no tan bonita la consecuencia, si rozas sus urticantes tentáculos: la carabela portuguesa. Que maravilla el medio marino y cómo le gustaría a ella vestir de hombre… bueno, mejor dicho, de mujer rana.

Habrá desazón. Fuego sin remojar la hoguera, para que no hubiese quedado ni una chispa de pasión, tras la elección que la partió en dos y a la que él tenía no solo su derecho, sino que hoy asoma la posibilidad de una madurez muy superior, como superlativo fue un flash de amor irremediable, intenso y mareante. Que le hizo perder la cabeza por no haberlo expresado en el momento que debía aprovechar.

Pero: ¡qué provecho para un alma noble, si lo es, de colarse por el flanco débil, como es la evidencia de la soledad y el desamor en un momento de flaquear las fuerzas y mostrar sus quejíos, sus saetas de currante leal.

Consuela en la distancia. Y renuncia a ver más allá de los bosques.

Pero ya no queda nada en este lado, Poniente llama. Hay que buscar cumbre, cardón, más altura con laurisilva o quizá el volcán activo. Porque los apagados están cada vez más tibios, no se puede olvidar que hay otros fondos que explorar, la miseria acecha en este malpaís. No es el lugar, aunque lo fuera antes.

Un jameo escondido del dolor y del cierzo que llega hasta ti, estés donde estés. Que ha ahogado finalmente el deseo y se ha tragado la intensa luz, como un agujero negro. Por eso ya no sirve y ya no asomas la cabeza ni para sumergirte en la marea que te daba la vida.

Las sensaciones a flor de piel, tras la eclosión de los huevos de mamba, empujan hacia la búsqueda de nuevos seres que calmen la irritación, tras muchas alergias nuevas que se han sumado a la blanca piel, antes sana y tersa. Ahora son muchos surcos y enrojecimientos. Dermatitis y arrugas. Escuece y no hay cura, aquí.

Hace ya mucho que renunciar a los propios sueños está pasando factura.

Y es ahora o nunca. El siroco ha cambiado de dirección, de nuevo. No probará el queso, pero tampoco se quedará en la ratonera.