Independencia.

Me declaro independentista. Desde ya. Desde el corazón y desde la razón.

Me declaro abiertamente favorable a que una mayoría no decida sobre la conveniencia de la dependencia o no de una minoría.

Me declaro hastiada del ‘depende de’. No en cuanto a relación matemática o física, en los más puros términos algebraicos, sino en el asunto de la traba, en la obstrucción, en el inquisitorial intento de impedir una decisión ajena, en el momento de llegar a un acuerdo en el que la concordia ‘depende de’ los deseos o necesidades de una de las partes.
No es cosa del terruño, que también, aunque dentro de la generalidad, sí hay una relación matemática que cuenta lo suficiente como para que la cosa patria quede en segundo plano.

Me declaro abierta y contradictoriamente independentista de todo aquello que cause situaciones dolorosas y exentas de toda lógica.

Me declaro odiosamente independentista según el cristal con que se mire, que no es lo mismo que ‘depende de’ el cristal con que se mire. Porque para mí no es odioso pero para otros con el cristal sucio puede ser incluso una abominación. Y no ‘depende de’ la cantidad de mierda que tenga el parabrisas, sino que simplemente es el guarro que conduce el que no hace el esfuerzo de limpiar para ver la transparencia…cristalina.

Me declaro abiertamente favorable a que una mitad no decida sobre lo que es conveniente para la otra mitad. Porque no será esta una decisión independiente sino que dependerá de sus más legítimos pero también de los más turbios intereses. Y ya está el ‘depende de’ en su forma futura tocando los bemoles… ¿ves?

Hay situaciones  que, desprovistas de toda conjetura posible, provocan necesidad de independencia. De las cosas, de los terruños, de las personas que hacen de las cosas y de los terruños lugares inhóspitos.

Me declaro independentista pero no soy independiente.

 

 

 

Abuela Agus.

Siempre, incluso en mis épocas de mayor actividad en la blogocosa, fui inconstante y vaga. En ocasiones no se trataba, para ser justa conmigo misma, de pereza o ausencia de ideas para escribir un post decente.

Cuando volví a escribir esta dirección en la barra de google hace un poco más de una semana, lo hice con la intención de echar la mirada atrás. Buscaba emociones de cualquier calidad. Daba igual si eran tristezas, risas, alegrías o tal vez rabia descontrolada. Buscaba un baño de ensimismamiento para salir de mi yo cotidiano.

Fue así como me percaté de una singular cuestión. Ha sido de esa manera como pude ver en qué grado me ayudaba este rinconcito mío que era compartido con pocos pero muy buenos.

Pasan los años y resulta que no sólo te has casado y has sido madre de dos personitas. El paso del tiempo, ese juez implacable pero también el mejor maestro que la vida puede dar cuando sientes que tus referentes o ya no están o están muy lejos, te hace pegar una voltereta triple mortal mientras te abofetea con lo que ahora contemplas como tierna ingenuidad.

Escribir de nuevo. ¿Cómo no hacerlo? Ni idea. Son recurrentes pensamientos los de “no voy a hacer esto”, “no escribiré de lo otro”, “más alegría y cachondeo”, “no pretendas tener siempre la razón”…

Pero es inevitable: ella siempre vuelve. Y tengo una necesidad aún mayor de dar trascendencia a su corta vida porque ahora la entiendo más. La entiendo mejor y la lloro con más congoja. Lloro ahora de hecho. Es muy jodido aplicar la razón cuando tu corazón sufre. Quiero volver a la templanza y escapar de los remolinos de la tristeza.

Necesito volver a la alegría para que ellas trasciendan y luchen plenas de luz y de risas.

Ni caridad ni solidaridad.

El otro día ayudé a un chico que se había quedado sin blanca y necesitaba echar gasolina al coche para poder ir a buscar a su pareja a la salida del curro, en el sur de la isla. Estaba pidiendo en la calle y sólo había conseguido dos euros en hora y media, me dijo. Le dí cinco pavos y empezó a darme las gracias emocionado y quería un número de contacto para poder devolverme el favor de alguna manera. “No es necesario, a mí también me ha pasado alguna cosa parecida y hago lo que me hubiera gustado que hicieran conmigo”, le dije.

Simple.

También el otro día alguien me contó que se encontró con una situación aún peor en la cola de caja del supermercado. Una chica con un niño pequeño estaba haciendo una compra básica y ninguna de las tarjetas que llevaba le eran aceptadas para pagar. Quien me lo contaba me dijo que le “dieron ganas” de pagarle los treinta euros del ticket. Pero no lo hizo aun pudiendo permitírselo. “¿Por qué?”, pregunté yo.

Seguramente por la alienante parábola aquella en la que la moraleja es no dar alimento al que tiene hambre o necesidad, si no que mejor le enseñes a pescar para que aprenda a ganarse el sustento. Ains.

Y cierto es que mejor ganarse el pan que tener que pedirlo. Muchas personas de tradición carcatólica y otras de no tanta estarían de acuerdo. Con la salvedad del importante detalle que supone la incertidumbre de si hay buena pesca el día en que tienes hambre  o de si acaso no haya pan para todos en el horno.

En este país de cultura judeocristiana, sin embargo, son precisamente quienes practican, profesan o son defensores de este tipo de preceptos, cuya doctrina habla de caridad, piedad y otras mierdas por el estilo, los que habitualmente no los llevan a cabo ni se percatan de tamañas contradicciones en su novela de referencia. Eso sí: ellos rezan. Punto. Suficiente. Y el que está en el mercadona esperando a la salida horas para que le dejes el euro en el carro es un jeta y seguramente no reza. O blasfema. Por eso le pasa lo que le pasa.
Políticamente, son igual de cínicos y cicateros. Muchos de estos votan opciones que no trabajan por las políticas sociales ni por el empleo digno o la formación, que serían en realidad las vías para “enseñar a pescar al hambriento”. Esas opciones que votan, además, son tremendamente conservadoras e insolidarias con los más desfavorecidos, cuando de lo que se trata es de contribuir al bienestar de la mayoría. Eliminan impuestos que gravan la propiedad y dan ventaja a los que más tienen. Piensan esos devotos votantes, sin lugar a dudas, en que a ellos no les toquen su vil metal.

Antes pensaba que, una gran parte, eran ignorantes. Pero, a la vista de lo que arroja la estadística, después de una crisis devastadora para los servicios públicos (a los que ellos acuden como el que más) y que ha traído como consecuencia una terrible desigualdad social, sólo puedo pensar que quien está en contra de la igualdad es mezquino, aunque también sea estúpido. Que uno no quita lo otro.

Y no digo más salvo que no podía volver de otra manera que cagándome en los cristofrikis egoístas de mierda que gobiernan en este país y a los que los sustentan. Como adelanto al 20D, o algo.